miércoles, 13 de septiembre de 2023

 

FANTASMAS EN SAN IGNACIO, SINALOA

RAMON ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Casi todos los pueblos con caserones antiguos cuentan con un lugar “encantado” como la casa de tres pisos que se encuentra frente a la plazuela en el municipio de San Ignacio y el cerro de la capilla frente al pueblo. Esta circunstancia demuestra que, muy probablemente, no hay casas encantadas, y que es la mente de las personas que creen en casas encantadas lo que realmente está encantado. Con este trabalenguas quiero decir que, si realmente el número de casas encantadas fuese el que nos venden los parapsicólogos, hace ya siglos que los científicos habrían demostrado que tal encantamiento es cierto, y se habría producido el descubrimiento más importante de la historia de la ciencia: la existencia real de un más allá del que proceden esas almas desencarnadas.

Por lo visto, los fantasmas tienen querencia por los inmuebles vetustos con suelos de madera y con multitud de corrientes de aire. Np asusta cuando de leyendas se trata y se asegura que hay espíritus morando el lugar. Seguramente la cultura popular de las películas de terror tiene bastante que ver con estas experiencias: la gente ya sabe las cosas que los espíritus se dedican a hacer y saben cómo se comportan. Al final, de una forma u otra, el testigo de lo “insólito” repite como un loro lo que le han contado, lo que ha escuchado en un programa de radio o visto en una reconstrucción en forma de teatrillo barato de un programa televisivo nocturno y dominical.

Uno de estos lugares encantados, popular por la publicidad gratuita que los moradores autóctonos le han hecho en lo que va de siglo, es el cerro del diablo y la casa de tres pisos. La leyenda cuenta que un señor de apellido Escobosa, siglos atrás se vio tentado a pedirle dinero al diablo y salió por la noche al cerro de la mesa para invocarlo y que a cambio de ello, el diablo se llevaría a toda sus generaciones hasta el cerro conocido como del diablo. Ahí, se construyo una capilla mortuoria con la esperanza de que el diablo no se presentara por ninguno de ellos. El rumor se ha convertido en una parte pintoresca de quienes visitan el pueblo.

Es una historia sencilla, típica y fácilmente explotable por los que adornan la realidad hasta convertirla en un producto comercial apto para el eterno reciclado de los media de ramo paranormal, que cada vez consiste más en una crónica de sucesos truculentos para impactar a quienes se aburren con la cultura. Y el hecho de que desde el propio ciudadano común determina la existencia de esta historia que encaja con su existencia que aunque es en sentido negativo, es para los que la aceptan una invitación al miedo aceptado puerilmente que en todo este cuento hay visos de realidad inexistente.

¿Pero acaso los lugares encantados son propiedad de quienes venden rumores y creencias supersticiosas como si fueran los principales problemas que interesan a la ciencia contemporánea?; no, así que cualquier persona con un poco de sentido crítico y curiosidad puede acercarse y hacer algunas preguntas y comprobaciones tendentes a dar una visión distinta de la que imprimen las revistas mensuales a todo color. Se trata de comprobar qué hay de cierto en los relatos que nos transmite ese ciudadano anómalo que es el “Difundidor del misterio”.

Hace unos años atrás, fui a ver qué había por allí, a comprobar qué ocurría. Quería averiguar si lo que me habían contado los locales era cierto o era un cuento chino. Subí al cerro y solo encontré unas cuantas tumbas saqueadas. La noche siguiente entre a territorio de la casa de tres pisos para sentir de cerca su misterio y procurando aguantar la risa para que nuestros pelos del cuello se pudieran erizar convenientemente. Aquí está la crónica, amigos del misterio, de lo que pude experimentar aquella noche.

Aquello era acojonante; era acojonante que un periódico publicase semejante estupidez y no le pegase un tirón de orejas (con retorcimiento del lóbulo) a su autor, por tomarle el pelo al lector de manera tan ridícula y basta.

Nada más entrar nos recibió el profesor Manolo Bastidas Peña, que no tenía aspecto extraño, ni mirada aviesa, si sonrisa sospechosa, ni su sombra se movía por voluntad propia; era una persona normal, una persona que vivía a un lado de la casa de tres pisos y cuando le pregunte sobre la casa y sus fantasmas me dijo que: jamás había sentido nada extraño en el lugar, ni visto fantasma o cosa rara alguna aunque conocía la leyenda que acompaña al lugar.

En seguida llego el profesor Juan Blancarte Salcido, y éste sí había sentido cierta “incomodidad” en el patio que hay a la entrada de la casa, como una especie de malestar o sospecha. Es un ejemplo típico de cómo interpretan las personas determinados momentos del día –mejor de la noche- en lugares que la rumorología paranormal etiqueta de encantados.

A continuación inspeccionamos todo la casa. Las maderas crujían, las corrientes de aire se dejaban notar en muchos rincones de la casa, los estores de las ventanas golpeaban las paredes al compás de las rachas de viento que se colaban por las rendijas, y muchas voces llegaban a nuestros oídos, voces de la gente que pasaba por la calle, claro, amortiguadas por los gruesos muros del inmueble.

No es de extrañar que algunos “testigos de los insólito” hayan interpretado estos detalles como pruebas de extrañas presencias.

Como ya había visitado en otras ocasiones la casa de tres pisos intente amedrentar a otros compañeros de la infancia sobre la posible percepción que de ella tienen y comprobé que es inútil convencer a los moradores del pueblo de que en esa casa pasan cosas extrañas.

Las personas admiten que suceden cosas extrañas, raras, sensitivas y hasta un dolor de estomago produce, se dice que han visto presencias femeninas envueltas en una sábana blanca. Aclaro que no era mi intención convertirme en caza fantasmas, sino más bien inspeccionar el rincón aquel, pero creo que al final no logre el objetivo que me aportara una sola prueba válida de que existe un más allá dentro de la misma.

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