martes, 12 de septiembre de 2023

 

LA MUERTE ME LLEVO A LA IGLESIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- UNAM

Un día de tantos bañados de muerte fui a la Iglesia a misa de cuerpo presente de un amigo que no creía en los curas (Siempre lo externo, y soltaba la carcajada cuando le decía que lo bañarían de agua bendita el día que muriera) Las puertas grandes y macizas me hicieron reflexionar en ese límite entre los dos mundos, el de la vida cotidiana como si toda ella estuviera llena de espíritus y el desconociminero del camino de la muerte. Me senté en una gran banca de madera, muy incómoda, por cierto.

El tiempo fluye de manera diferente aquí, como una mezcla de pasado, presente y futuro. La persona es traída cuando niño a la pila bautismal, y muere con una facilidad que a muchos les da miedo por lo fugaz, rápido con lo que las enfermedades te entierran (Cáncer, por ejemplo) Pero están conscientes que se acerca el momento con el paso del tiempo.

La Iglesia encierra profundos misterios creando vagas sensaciones en la mente de las personas. Aquí sentado comienzas a meditar sobre tu propia vida.

La vida ahora tiene ritmos tan intensos que no dejan tiempo para buscar a Dios. Preferimos otras cosas o más bien vamos donde nos lleva la velocidad del ritmo, de las masas que determina todos nuestros movimientos y reacciones. Hay personas que dicen que no creen en Dios y que nunca han leído una sola página de los evangelios.

Se ríen de la antigua idea de que al morir iras al cielo argumentando que el ser humano ya anda en Marte y no lo ha visto. Pero profesan en las cartas, el tarot y otras creencias. De hecho, la mayoría de la gente acepta el horóscopo con sus predicciones astrológicas. Unos más se preguntan ¿Qué quiere Dios de nosotros?

Mi amigo estaba en su ataúd ante el altar, aquel que cientos de veces tomando café en un restaurante me decía que necesitaba el deseo de poder creer las palabras de la iglesia, creo que se trataba del hambre de “Fe” una realidad que es más grande y más profunda que la que nosotros mismos podemos crear a través de la existencia. Pero la iglesia debe ser algo diferente, vivo y serio, que la gente pueda encontrar a su alrededor en la vida.

Si solo queremos y esperamos que la iglesia nos ofrezca un encuentro con nosotros mismos, si simplemente nos proyectamos en la iglesia, entonces es solo una imagen de nosotros mismos con lo que nos encontramos, y no un despertar profundo de la existencia. Pero la duda de que Dios exista se ha convertido en la mayor negativa mundial.

La duda, incluso de nosotros mismos y de nuestra propia experiencia de la profundidad de la realidad. Como si el mundo no estuviera allí en absoluto en sus propios términos, con el sufrimiento, la alegría y toda la gloria, reunidos en lo que antiguamente se llamaba el destino del humano; lo que enfrentamos, lo que nos golpea cuando la vida se nos presenta tanto con sufrimiento como con felicidad.

Todas las cosas más importantes se nos dan, por así decirlo, el amor, la vida misma y, por lo tanto, también la fe. Uno no puede luchar activamente por la fe cumpliendo ciertas condiciones. Esa fue la experiencia de Lutero en el monasterio, cuando se sentía perdido al no poder hacerse lo suficientemente bueno para experimentar la fe. El gran descubrimiento de Lutero, sin embargo, fue que Dios no exige, sino que da. ¿Dudamos de nuestra fe?

Lutero se hundió más y más en su propia perdición; al enfrentar su fe con sus propias dudas. Hoy no creemos ni en nosotros mismos cuando sufrimos. Sí, resistimos y pensamos que la vida es difícil y, de hecho, pasa factura. A menudo no podemos hacer nada con todo lo que la vida nos da y exige. Pero también pensamos que es probablemente porque somos demasiado frágiles, y vulnerables.

No debemos sentirnos mal, tristes, frágiles, infelices y pesimistas. La vida se ha convertido en una peculiar mezcla de entretenimiento y miedo a las cosas serias y más profundas de la vida. No es porque no hagamos nada para ser felices. Las recetas son diversas. Pero todavía no es fácil ser humano, incluso para las personas que compran capsulas de melatonina para su felicidad o las que ingieren las píldoras de la ansiedad, que no son otra cosa que píldoras para el miedo e incertidumbre en relación con las condiciones generales de vida. La vida debería ser realizable y las dificultades, el sufrimiento son un mal funcionamiento de la existencia.

Cuando los antiguos dioses griegos realmente querían castigar a la gente de esa época, comenzaron por averiguar qué era lo que más deseaba el humano. Después de eso, cumplieron este deseo a la perfección. De hecho, es un castigo, cuya ironía completa podemos estar experimentando hoy. Se nos ha dado prosperidad económica, crecimiento, enormes oportunidades de consumo, una riqueza de oportunidades sin igual en términos de experiencias, entretenimiento y autorrealización personal. 

El humano vive con enorme miedo a la vida a su fracaso, y no ser lo suficientemente bueno, a no poder seguir el ritmo. Hay ansiedad extrema, depresión, pesimismo, sentimiento de derrota, duda, miedo a no llegar nunca a la vida auténtica, a uno mismo, al propio núcleo y al fondo de la vida. Quizás fueron los dioses griegos quienes cumplieron nuestro deseo de convertirnos en una de las sociedades más placenteras del mundo y permitieron llevar la vida sin responsabilidad, ni obligacion alguna, ni con nosotros mismos.

La filosofía nos enseña que el humano crea su propio mundo y existencia, es su propio “Yo” Pero lo más grande escapa a nuestro control. El humano piensa en la vida, la muerte, el amor, el sufrimiento, la gracia y la misericordia. En la iglesia puedes notar en la decoración sus símbolos, lo que es más profundo y lo que no está presente, como algo más que indicios o carencias en nuestro mundo de la vida diaria, (Gracia, misericordia, perdón, culpa, muerte, sentido)

. Lo que ocurre en la iglesia no se trata sólo de encontrar la fe por las propias fuerzas, sino de escuchar las palabras y creer en el sentido y la profundidad que pueden dar a la propia vida. El símbolo de la iglesia nos conecta con las preguntas existenciales más profundas de la vida.

-Mientras me siento en una de las filas de las bancas, solo y con la música de órgano rugiendo en la sala, experimento al observar los símbolos el cómo las palabras de la iglesia me evocan preguntas existenciales, por así decirlo: ¿qué es importante en mi vida y en relación con el mundo?

La predicación de la Iglesia ciertamente no es irrelevante para nosotros, los llamados modernos, porque responde a algo en nuestras condiciones de vida. En la iglesia estamos llamados a una forma diferente de escucha existencial en medio de un mundo donde fácilmente te puedes confundir sobre qué es lo más importante, de qué tenemos que vivir, no económicamente, sino humanamente.

Cuando la gente de hoy va a la iglesia, a menudo lo experimentan como si cruzaran un límite hacia algo fundamentalmente diferente. Creo que esto se debe a que la iglesia deposita ese algo que llamamos tranquilidad a nuestros miedos existenciales, y nos hace creer que nuestros familiares al morir van a un lugar de paz. La iglesia es una especie de memoria existencial que puede ayudarnos a recordar algo importante. Si la iglesia es percibida como diferente, quizás sea precisamente porque nosotros, como sociedad, hemos sido golpeados por una carencia existencial y espiritual generalizada.

La Iglesia y sus palabras pueden darnos la oportunidad de escapar del calor interior existencial de la muerte, donde en todas partes sólo nos encontramos con nosotros mismos y con nuestro mundo creado por nosotros mismos, y cuanto más extremo lo sentimos al grado que nos va quemando el alma, por un éxito que en realidad no existe o una perfección ficticia que se borra con el paso del tiempo y nos deja sin inteligencia.

Todo el mundo habla de que es auténtico, pero todo se ha vuelto superficial, donde cuestiones existenciales, como el amor se convierte en entretenimiento televisivo inferior y el dolor se convierte en enfermedad. Diría que esta superficialidad impide al humano ser él mismo y volverse auténtico. Todo lo serio se convierte en sátira, ironía y entretenimiento, o en un obstáculo innecesario y molesto en el camino. Pero con esto, también falta algo necesario en la existencia humana, a saber, la experiencia de la seriedad, la profundidad y el valor vulnerable de la vida, algo que la sociedad actual en realidad contrarresta con un pronunciado desprecio por la fragilidad y la llamada debilidad.

En nuestra sociedad de alta velocidad, no hay lugar para la contemplación y la reflexión, y por eso es que experimentamos la vida como algo demasiado duro, tan duro que también tenemos que volvernos duros. La iglesia, actúa como caja de resonancia. Sus palabras, su espacio, los himnos y los rituales del servicio, todo nos recuerda que el humano es algo y más que el éxito o el fracaso en el mercado laboral, en el sistema educativo, en la vida de consumo. La iglesia llama no solo a la adoración, sino también al autoexamen y al compromiso con la vida en un sentido más profundo.

-Mi amigo salió en su ataúd y me quede allí sentado un buen rato meditando. Para muchos de nosotros, es en el detalle, en lo aparentemente insignificante, donde se encuentra el mensaje, la verdad y el fundamento: la vida sólo se vive, sólo es posible, porque hay una gracia en la vida. Sabemos que debemos convertirnos en polvo, pero la gracia se encuentra en lo que se nos da: el amor, el prójimo, la vida misma, la alegría, nuestra participación en la existencia.

El coraje de vivir ante la seriedad de la vida, lo que la sostiene, la experiencia de la fe.

Para los moribundos, los enfermos, los que sufren la Iglesia les significa mucho, los ayuda a que la vida no les sea tan pesada para poder seguir adelante o morir. Si solo queremos y esperamos que la iglesia nos ofrezca un encuentro con nosotros mismos, si simplemente nos proyectamos en la iglesia, entonces es solo una imagen reflejada de nosotros semejantes con lo que nos encontramos, y no un despertar profundo de la perspectiva de la vida.


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