AGRESIVIDAD ESCOLAR
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
La muerte violenta de un
adolescente a manos de un compañero de su misma edad en una escuela secundaria,
ha consternado y asombrado a muchos, los más de los cuales sin nexo alguno con
los implicados. Más allá del crimen que enluta a dos familias (la del
victimario sufre también sin duda) sus circunstancias, sirve para cuestionar,
una vez más, los valores de la sociedad donde vivimos, la enseñanza de nuestros
hogares y la disciplina de los centros docentes. Ante un delito así, todos nos
sentimos espantados y juzgados, hasta los que no tienen hijos y ni somos
responsables de la conducta de menores.
Cuando ocurre un hecho
como éste, es alarmante, todos somos inducidos a la reflexión y a todos se nos
plantean difíciles interrogantes. Para quienes fuimos niños o adolescentes hace
medio siglo poco más o menos, la posibilidad de que un pleito entre alumnos
termine de este modo es un signo brutal del cambio de los tiempos con la
grotesca deformación de la época más bella de la vida. ¿Qué persona mayor de
cincuenta años puede asociar una pelea de escolares con un crimen sangriento?
¿Quiénes de los que fuimos a la escuela en la década del sesenta o en la
primera mitad del setenta del pasado siglo imagina a policías escolares
registrando a los niños en busca de armas blancas o de fuego en las entradas
como si fueran los peores delincuentes? ¿Cómo entender la necesidad de un
detector de metales a las puertas de las escuelas?
Sin embargo, éstas y
otras anomalías se han ido convirtiendo en la norma. La violencia se ha vuelto
parte del currículo. Yo creo que la culpa hay que repartirla entre la falta de
rigor institucional que socava hogares y colegios, y la enorme cantidad de
violencia que transmiten a diario los medios de difusión masivos. El fin de la
disciplina escolar y familiar se les agradece a psicólogos y educadores que, en
ánimo de humanizar la enseñanza, destruyeron las normas que habían regido por
milenios y puesto que ya esta doctrina de permisión dura más de tres
generaciones terminó por subvertir el orden doméstico.
Deseosos de impedir el
abuso infantil “noble iniciativa” que, en principio, es loable, los
legisladores criminalizaron los castigos corporales aplicados por padres y
maestros, los cuales habían constituido, por siglos incontables, el primer muro
de contención de la sociedad organizada y cuyo valor conocimos y apreciamos los
que fuimos criados con ellos, a los que fuimos educados en la honorabilidad, el
respeto, obediencia a los mayores, la dignidad, decencia, vergüenza, la
cortesía.
No hay que olvidar que
disciplina también es un látigo. ¿Cuándo dejaron los niños de ponerse de pie a
la llegada de los mayores? ¿En qué momento empezaron los padres a permitir que
sus hijos no se sentaran a la mesa a la hora de cenar y comieran con un plato
en la mano frente al televisor? ¿Cuándo el temor a un foetazo o a un buen jalón
de orejas dejó de ser el primer factor disuasivo frente a la indisciplina en el
aula?
En la ausencia de estos
hábitos y de los métodos para imponerlas tenemos que buscar la razón de esta
generalizada irreverencia ante las instituciones y el orden y jerarquías
establecidos que, en último término, se traduce como irrespeto por la vida
misma. La muerte de este estudiante en la secundaria de Culiacán tiene su
origen último en el quiebre de las normas disciplinarias que pedagogos,
pensadores y activistas de izquierda, ``progresistas'', ayudaron a desmontar
para perjuicio de todos, entronizando el libertinaje en casas y planteles.
El estudiante muerto esta
semana, como tantos y tantos otros, hay que ponérselo en la cuenta a los
ideólogos del beneplácito. El otro factor, no menos poderoso, es la avalancha
de violencia que alcanza a los más jóvenes a través de la televisión, el cine e
incluso las canciones que se transmiten por la radio. Una violencia que enseña
a menospreciar el valor de la vida y que ilustra en detalles la comisión de
crímenes sangrientos. Se trata de un morboso y permanente aprendizaje que ayuda
a enriquecer a una industria que se llama del espectáculo.
La proyección de ciertos
filmes, al igual que la letra de ciertas canciones, constituye, creo yo, un
abuso flagrante de la libertad de expresión. Si esto se mira en el contexto del
derrumbe del orden tradicional en hogares y escuelas el resultado es
previsiblemente explosivo y toda la sociedad organizada, su víctima. No basta,
en mi opinión, que nos horroricemos, lamentemos y condenemos un crimen en
particular y pidamos severas sanciones para el criminal. Este triste caso será
una cifra más en una pavorosa estadística mientras la sociedad no exija de sus
líderes una reforma a fondo que censure la violencia mediática y que devuelva a
padres y maestros el poder para imponer las normas.
Reconoce la necesidad de
proporcionar y mantener un ambiente seguro que permita al estudiante
concentrarse en el proceso de aprendizaje. Varios estudios nacionales sobre la
seguridad escolar han demostrado que un ambiente seguro contribuye
significativamente al desarrollo académico del estudiante. La estabilidad y la
seguridad en la escuela son tan importantes para su desarrollo como lo son la
estabilidad y la seguridad en el hogar.
Las escuelas Públicas
requieren urgentemente programas de enseñanza de las artes. En la actualidad,
son muy pocas las que cuentan con un maestro para esta enseñanza en la mayoría
de las escuelas el maestro tiene muy pocas horas y un sueldo mísero que no le
alcanza ni para el camión para asistir a dar clases.
Dicho énfasis está basado
en nuevos estudios que demuestran los beneficios de integrar las artes con las
matemáticas, la lectura y las ciencias en el programa académico del estudiante.
Estudios nacionales muestran que los dos hemisferios del cerebro son los que
motivan los diferentes modos de pensar. La parte izquierda del cerebro es la
responsable de los hechos lógicos, racionales, prácticos y concentrados en los
detalles; la parte derecha del cerebro se concentra en lo creativo, artístico,
impetuoso, en la fantasía, donde cuenta significativamente la imaginación.
Diversas investigaciones
actuales han probado que para que los estudiantes puedan contar con un “cerebro
completo” en su orientación y su desarrollo, el programa académico debe
reflejar un componente que incluya las artes, la creatividad y las destrezas de
la imaginación y que no sea solo en el papel en donde quede esto. Se deben
desarrollar las destrezas cognitivas del estudiante.
Nuestra comunidad cuenta con una rica
tradición artística, pero esto de nada sirve. No podemos permitir que eso se
pierda con el tiempo. Con el apoyo del congreso, de nuestros maestros,
estudiantes y padres de familia se debe instrumentar un programa que promueva
las artes en las escuelas. ¿Razón?, como mencioné anteriormente, enriquece las
mentes y el conocimiento de nuestros jóvenes en el proceso educacional.
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