DEBATE EDUCATIVO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
La educación al margen de
la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda
fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido y se
presentan como frustrados en la sociedad por la misma “Odian a los maestros”.
El niño tiene necesidad de autoridad y la busca.
Si no encuentra a su
alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso.
Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no
deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y
tiránicos que son los hijos de los otros “Los nuestros son unos angelitos”,
cuando están groseros, impertinentes, malcriados, habituados a llamar siempre
la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.
Pero tratándose de los propios, es más difícil
un juicio lúcido, apegado a la realidad en su actitud social. No se sabe bien
si imponerse o rebajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de
tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y
una manotada (que después deja más incómodos a los padres que al niño). Por
detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos y
prevenciones.
A los padres actuales,
les da horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún
riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque
daños materiales. En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos, nos
queremos más a nosotros mismos que al niño (a), anteponemos nuestro bien al
suyo, al que dirán si lo corrijo.
De ahí que, si por encima
de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al hijo(a) a
reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la
crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se le corrigiera
utilizando la influencia. Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no
esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de
educar sin ejercer la autoridad (que no es autoritarismo) y exigir la
obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que
se les pide.
Por eso, es importante
que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a
los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el
olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente o
hagan berrinches desgastantes tanto en público como en privado.
Como consecuencia, un
criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas
y muy fundamentales y nunca arbitrarias, lograr que siempre se cumplan… y dejar
una enorme libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los
hijos no coincidan con las nuestras: “Podré no estar de acuerdo contigo pero
defenderé hasta la muerte, tu derecho a decirlo”(Voltaire) ¡ellos gozan de todo
el “derecho” a llegar a ser aquello a lo que están llamados… y nosotros ¡no
tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo! A veces,
sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de
malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se
siente nervioso y todo le molesta.
Se compromete así la
propia autoridad sin que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a
los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con
buenos ojos y hasta se le festejo. Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento,
de juego inventivo y de libertad. Interviniendo de manera continua e
irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo fastidiosa “Tanto va el
cántaro al agua, hasta que se rompe”.
Por otro lado, la
convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes
impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las
rabietas o a que no lleguen a producirse, ya que se la pasa midiendo hasta
donde lo dejan llegar. (Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es repetir
veinte veces la misma orden ¡lávate los dientes, báñate, vete ya a dormir,
apaga la televisión, has la tarea, apúrate porque vas a llegar tarde a
clases…sin exigir que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste
psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar la mayor parte del
día bregando con los hijos, al tiempo que disminuye o elimina la propia
autoridad “Las vuelven locas”.
Hay que estar atentos al
modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el
volumen de la voz deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad y el
joven lo sabe de antemano esbozando una sonrisa pícara, sarcástica de “le voy
ganando” Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y
oposiciones “Todos gritan, nadie escucha”.
Demos las órdenes o,
mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando claramente en que
vamos a ser obedecidos. Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy
importantes. Para las demás peticiones resultará preferible utilizar una forma
más blanda: ¿serías tan amable hijo de…? ¿Podrías, por favor hija…? ¿Hay algún
Padre que sepa hacer esto?
De este modo, se
estimulará a los hijos a ser responsables, y se les dará la ocasión de actuar
con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción
de tener contentos a sus padres. A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo
mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por
ejemplo, sabes que tu cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una
jaqueca insufrible, hablaras a solas con el niño y le dices: Mamá (o papá)
tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido hacer el menos
ruido posible….
Quizá sea oportuno darle
una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando,
para recompensar sus desvelos… sin olvidar que, en este, como en los restantes
casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación. Firmeza,
por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de
sugerirla o reclamarla. -Saber regañar y castigar. -Los ánimos y las
recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación.
Un reproche o un escarmiento,
dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos
injustificados, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho. Sensata e
inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos. La
política del “dejar hacer” es típica de los padres débiles o cómplices.
También en la educación, la “manga ancha” viene
dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad (haz lo
que quieras, con tal de que me dejes en paz) que no son sino otros tantos modos
de amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al
demandar la conducta correcta) de los hijos.
Pero resultaría pedante, o incluso neurótico,
un continuo y sofocante control de los hijos, regañados y castigados por la más
mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres. Para
que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no humillante.
Hay por tanto que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y
después cambiar el tema de la conversación.
En efecto, no se debe
exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie una culpa,
sobre todo si están presentes otras personas ¿lo hacemos nosotros, los adultos?
Verdad que a nadie le gusta. Convendrá también elegir el lugar y el momento
pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el
propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia.
Por otro lado, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros
de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato.
Naturalmente, hay que
evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor,
sino también que tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos escolares,
conviene saber juzgar si se deben a irresponsabilidad o a limitaciones
difícilmente superables del hijo. Cuando se reprenda es menester además huir de
las comparaciones: “Mira cómo obedece y estudia tu hermana…”. Las
confrontaciones sólo engendran celos y antipatías.
Tener que castigar puede y debe disgustarnos,
pero a veces es el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor
“todo lo sufre” Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada
disminuya el amor del hijo respecto a nosotros. A veces se oye responder al
muchacho castigado: ¡No me importa que me castigues, lo seguiré haciendo! Puedes
entonces decirle, con toda la serenidad “No es mi propósito molestarte ni
hacerte padecer”
La solución no es un régimen policial,
compuesto de controles y de castigos. Es menester que los hijos interioricen y
hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a
distinguir claramente lo bueno de lo malo. Y para ello no basta con decirles:
¡Esto no está bien! o, menos todavía, ¡Esto no me gusta! Se corre el riesgo de
transformar la moral en un conjunto de prohibiciones arbitrarias, carentes de
fundamento. Por el contrario, es muy importante educar en positivo, como se
suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la
humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones.
Para lograrlo, hay que esforzarse por vivir la
propia vida, con todas sus contrariedades, como una gozosa aventura que vale la
pena componer cada día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la
maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para obrar
correctamente. Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la
intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a
preguntarse el porqué de un determinado comportamiento.
A tenor de sus
respuestas, se le hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que
los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y
angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza,
nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de
nuestros actos. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con
las que hemos vuelto la espalda a los buenos actos para con las otras personas,
provoca un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar de
nuevo el amor que perdona.
Para formar la conciencia
puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las
situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica
del examen de conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los
primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que crece, hay que
dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones,
diciéndole “Yo, que tu, lo haría de este o aquel modo y, en su caso, explicándole
brevemente el porqué.
*** Este es un alumno que
le pregunta al profesor: ¿Cuánto pesa la tierra? Y el profesor le dice: Buena
pregunta, voy a buscar y mañana te lo digo. Ese día el profesor buscó la
respuesta por todas las enciclopedias, los Twitter, you-tube, face, y al día
siguiente preguntó si alguien lo había encontrado, y como nadie dijo nada lo
dijo él: La tierra pesa 128.239.496 toneladas. Y el alumno que le hizo la
pregunta le volvió a preguntar: ¿Con gente o sin gente? Voy a buscar y mañana
te contesto.
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