viernes, 3 de mayo de 2024

 

DEBATE EDUCATIVO

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

La educación al margen de la autoridad, en otro tiempo tan pregonada, se presenta hoy como una breve moda fracasada y obsoleta, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido y se presentan como frustrados en la sociedad por la misma “Odian a los maestros”. El niño tiene necesidad de autoridad y la busca.

Si no encuentra a su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso. Incluso cuando juegan entre ellos, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos de los otros “Los nuestros son unos angelitos”, cuando están groseros, impertinentes, malcriados, habituados a llamar siempre la atención y a no obedecer cuando no tienen ganas.

 Pero tratándose de los propios, es más difícil un juicio lúcido, apegado a la realidad en su actitud social. No se sabe bien si imponerse o rebajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una manotada (que después deja más incómodos a los padres que al niño). Por detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos y prevenciones.

A los padres actuales, les da horror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales. En definitiva, aunque no lo advirtamos ni deseemos, nos queremos más a nosotros mismos que al niño (a), anteponemos nuestro bien al suyo, al que dirán si lo corrijo.

De ahí que, si por encima de tantos temores prevaleciera el deseo sincero y eficaz de ayudar al hijo(a) a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se le corrigiera utilizando la influencia. Con base en lo expuesto hasta aquí, y aun cuando no esté de moda, es menester reiterar de modo claro y neto la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad (que no es autoritarismo) y exigir la obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide.

Por eso, es importante que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente o hagan berrinches desgastantes tanto en público como en privado.

Como consecuencia, un criterio básico en la educación del hogar es que deben existir muy pocas normas y muy fundamentales y nunca arbitrarias, lograr que siempre se cumplan… y dejar una enorme libertad en todo lo opinable, aun cuando las preferencias de los hijos no coincidan con las nuestras: “Podré no estar de acuerdo contigo pero defenderé hasta la muerte, tu derecho a decirlo”(Voltaire) ¡ellos gozan de todo el “derecho” a llegar a ser aquello a lo que están llamados… y nosotros ¡no tenemos ninguno a convertirlos en una réplica de nuestro propio yo! A veces, sin embargo, se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y todo le molesta.

Se compromete así la propia autoridad sin que sea necesario, abusando de ella… y se desconcierta a los muchachos, que no saben por qué hoy está vedado lo que ayer se veía con buenos ojos y hasta se le festejo. Cualquier niño sano tiene necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo fastidiosa “Tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe”.

Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que no lleguen a producirse, ya que se la pasa midiendo hasta donde lo dejan llegar. (Lo más opuesto a esto, como ya he insinuado, es repetir veinte veces la misma orden ¡lávate los dientes, báñate, vete ya a dormir, apaga la televisión, has la tarea, apúrate porque vas a llegar tarde a clases…sin exigir que se cumpla de inmediato: provoca un enorme desgaste psíquico, tal vez sobre todo a las madres, que suelen pasar la mayor parte del día bregando con los hijos, al tiempo que disminuye o elimina la propia autoridad “Las vuelven locas”.

Hay que estar atentos al modo como se da una indicación. Quien ordena secamente o alzando sin motivo el volumen de la voz deja siempre traslucir nerviosismo y poca seguridad y el joven lo sabe de antemano esbozando una sonrisa pícara, sarcástica de “le voy ganando” Un tono amenazador suscita con razón reacciones negativas y oposiciones “Todos gritan, nadie escucha”.

Demos las órdenes o, mejor, pidamos por favor, con actitud serena y confiando claramente en que vamos a ser obedecidos. Reservemos los mandatos estrictos para las cosas muy importantes. Para las demás peticiones resultará preferible utilizar una forma más blanda: ¿serías tan amable hijo de…? ¿Podrías, por favor hija…? ¿Hay algún Padre que sepa hacer esto?

De este modo, se estimulará a los hijos a ser responsables, y se les dará la ocasión de actuar con autonomía e inventiva, de sentirse útiles… y experimentar la satisfacción de tener contentos a sus padres. A veces es necesario pedir al hijo un esfuerzo mayor del acostumbrado; convendrá entonces crear un clima favorable. Si, por ejemplo, sabes que tu cónyuge está particularmente cansado o lo atenaza una jaqueca insufrible, hablaras a solas con el niño y le dices: Mamá (o papá) tiene un fuerte dolor de cabeza; por eso, esta tarde te pido hacer el menos ruido posible….

Quizá sea oportuno darle una ocupación, y dirigirle una mirada cariñosa o una caricia, de vez en cuando, para recompensar sus desvelos… sin olvidar que, en este, como en los restantes casos, hay que arreglárselas para que el niño cumpla su obligación. Firmeza, por tanto, para exigir la conducta adecuada, pero dulzura extrema en el modo de sugerirla o reclamarla. -Saber regañar y castigar. -Los ánimos y las recompensas no son normalmente suficientes para una sana educación.

Un reproche o un escarmiento, dados de la manera oportuna, proporcionada y sin arrepentimientos injustificados, contribuirá a formar el criterio moral del muchacho. Sensata e inteligente debe ser la dosificación de las reprimendas y de los castigos. La política del “dejar hacer” es típica de los padres débiles o cómplices.

 También en la educación, la “manga ancha” viene dictada a menudo por el temor de no ser obedecido o por la comodidad (haz lo que quieras, con tal de que me dejes en paz) que no son sino otros tantos modos de amor propio: de preferir el propio bien (no esforzarse, no sufrir al demandar la conducta correcta) de los hijos.

 Pero resultaría pedante, o incluso neurótico, un continuo y sofocante control de los hijos, regañados y castigados por la más mínima desviación de unos cánones despóticos establecidos por los padres. Para que una reprensión sea educativa ha de resultar clara, sucinta y no humillante. Hay por tanto que aprender a regañar de manera correcta, explícita, breve, y después cambiar el tema de la conversación.

En efecto, no se debe exigir que el hijo reconozca de inmediato el propio mal y pronuncie una culpa, sobre todo si están presentes otras personas ¿lo hacemos nosotros, los adultos? Verdad que a nadie le gusta. Convendrá también elegir el lugar y el momento pertinente para reprenderle; a veces será necesario esperar a que haya pasado el propio enfado, para poder hablar con la debida serenidad y con mayor eficacia. Por otro lado, antes de decidirse a dar un castigo, conviene estar bien seguros de que el niño era consciente de la prohibición o del mandato.

Naturalmente, hay que evitar no solo que la sanción sea el desahogo de la propia rabia o malhumor, sino también que tenga esa apariencia. Tratándose de fracasos escolares, conviene saber juzgar si se deben a irresponsabilidad o a limitaciones difícilmente superables del hijo. Cuando se reprenda es menester además huir de las comparaciones: “Mira cómo obedece y estudia tu hermana…”. Las confrontaciones sólo engendran celos y antipatías.

 Tener que castigar puede y debe disgustarnos, pero a veces es el mejor testimonio de amor que cabe ofrecer a un hijo: el amor “todo lo sufre” Ningún temor, por tanto, a que una corrección justa y bien dada disminuya el amor del hijo respecto a nosotros. A veces se oye responder al muchacho castigado: ¡No me importa que me castigues, lo seguiré haciendo! Puedes entonces decirle, con toda la serenidad “No es mi propósito molestarte ni hacerte padecer”

 La solución no es un régimen policial, compuesto de controles y de castigos. Es menester que los hijos interioricen y hagan propios los criterios correctos, que formen su conciencia, aprendiendo a distinguir claramente lo bueno de lo malo. Y para ello no basta con decirles: ¡Esto no está bien! o, menos todavía, ¡Esto no me gusta! Se corre el riesgo de transformar la moral en un conjunto de prohibiciones arbitrarias, carentes de fundamento. Por el contrario, es muy importante educar en positivo, como se suele afirmar; lo cual equivale, en mi opinión, a mostrar la belleza y la humanidad de la virtud alegre y serena, desenvuelta y sin inhibiciones.

 Para lograrlo, hay que esforzarse por vivir la propia vida, con todas sus contrariedades, como una gozosa aventura que vale la pena componer cada día. En tales circunstancias, al descubrir la hermosura y la maravilla de hacer el bien, el niño se sentirá atraído y estimulado para obrar correctamente. Además, interesa hacer comprender lo decisiva que es la intención para determinar la moralidad de un acto, y ayudar a los hijos a preguntarse el porqué de un determinado comportamiento.

A tenor de sus respuestas, se le hará ver la posible injusticia, envidia, soberbia, etc., que los ha motivado. El denominado complejo de culpa, es decir, la obscura y angustiosa sensación de haberse equivocado, acompañada de miedo o de vergüenza, nace justo de la falta de un valiente y sereno examen de la calidad moral de nuestros actos. La clara percepción de las propias concesiones y faltas, con las que hemos vuelto la espalda a los buenos actos para con las otras personas, provoca un remordimiento que activa y multiplica las fuerzas para buscar de nuevo el amor que perdona.

Para formar la conciencia puede también ser útil comentar con el niño la bondad o maldad de las situaciones y hechos de los que tenemos noticia, así como sugerirle la práctica del examen de conciencia personal al término del día, acaso ayudándole en los primeros pasos a hacerse las preguntas adecuadas. A medida que crece, hay que dejarle tomar con mayor libertad y responsabilidad sus propias decisiones, diciéndole “Yo, que tu, lo haría de este o aquel modo y, en su caso, explicándole brevemente el porqué.

*** Este es un alumno que le pregunta al profesor: ¿Cuánto pesa la tierra? Y el profesor le dice: Buena pregunta, voy a buscar y mañana te lo digo. Ese día el profesor buscó la respuesta por todas las enciclopedias, los Twitter, you-tube, face, y al día siguiente preguntó si alguien lo había encontrado, y como nadie dijo nada lo dijo él: La tierra pesa 128.239.496 toneladas. Y el alumno que le hizo la pregunta le volvió a preguntar: ¿Con gente o sin gente? Voy a buscar y mañana te contesto.

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