LA FEMINISTA: SOR
JUANA INES DE LA CRUZ
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Una de las primeras poetisas de la literatura en lengua
española, poseía una mente extraordinaria y una sed insaciable de conocimiento.
Pero en la España del siglo XVII, las ideas sobre el propósito de la mujer
estaban muy alejadas de sus aspiraciones. La monja mexicana, que escribió bajo
el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz, se convirtió en una de las figuras más
famosas de la literatura en lengua castellana de la segunda mitad del siglo
XVII.
Juana Inés de Asbaje y Ramírez nació el 12 de noviembre de 1648
(quizás 1651) cerca de la Ciudad de México, en el pueblo de San Miguel de
Nepantla. Sus padres, el capitán español Pedro Manuel de Asbaje, considerado
vasco, y la hija de un importante terrateniente local, Doña Isabel Ramírez de
Santillana, no estaban casados. Quizás el capitán tenía familia legítima en
España. Por estas razones, Juana y sus dos hermanas mayores figuraban en los
libros parroquiales como “hijas de la Iglesia”, es decir, ilegítimas, y no
tenían derecho a dote ni al casarse ni en caso de ingresar en un monasterio, y
las mujeres sin dote no eran aceptadas como monjas.
Su padre, Pedro de Asbaje aparentemente abandonó Nueva España
poco después del nacimiento de su hija menor, porque ella nunca lo mencionó. La
muchacha fue criada en la finca de su abuelo, quien no sólo poseía el noble
apellido de Santillana y una considerable fortuna, adquirida por varias
generaciones de colonos, sino también una gran biblioteca. Según los biógrafos
de Juana, fue su abuelo quien sentó las bases de los futuros intereses de su
nieta, pues él mismo era una persona bastante culta para su círculo. Y aunque
su hija Doña Isabel era analfabeta, sus tres nietas, las hermanas de Asbaje,
asistieron a la escuela primaria “Escuela de los Amigos”, donde les enseñaron a
leer.
La más pequeña, Juana, llegó por primera vez a esta
institución a los tres años, cuando un día su hermana mayor la llevó con ella.
La niña le dijo a la maestra que su madre la había enviado a estudiar. Ella,
por supuesto, no lo creyó, pero le dio a la niña una tarea para que no
molestara a los demás. Al terminar la lección, para sorpresa de la maestra,
Juana completó la tarea y después de eso comenzó a continuar sus estudios a
escondidas de su madre. Cuando se descubrió el secreto, ella ya sabía leer con
fluidez.
A los seis años ya había aprendido a escribir, coser y
bordar, lo que constituía la educación completa de una mujer en aquella época.
Casi al mismo tiempo, Juana se enteró de que había una universidad en la Ciudad
de México donde se podían aprender “todas las ciencias”. Sin pensarlo dos
veces, le pidió a su madre que le cortara el pelo, la vistiera de niño y la
enviara a la escuela. No hace falta decir que se rieron de ella y la
rechazaron. Sin perder sus ganas de aprender, Juana aprovechó la biblioteca de
su abuelo, quien alentó y apoyó su sed de conocimiento de todas las maneras
posibles. Pero también en este caso quedó decepcionada, porque la mayoría de
los libros resultaron estar en latín. Comenzó a tomar lecciones de latín y, en
consecuencia, a familiarizarse con las obras de Platón, Aristóteles y Erasmo de
Rotterdam en el original.
Cuando no aprendía lo que deseaba en el tiempo que se fijaba
se cortaba el pelo como castigo y expreso “pues una cabeza estúpida no merece
adornos externos, mientras que su mejor adorno es el conocimiento. Pero mi
cabello volvió a crecer más rápido de lo que pude completar la tarea” A los
ocho años, Juana ya había leído toda la biblioteca de su abuelo, incluidas
obras de filosofía, teología y medicina, y, lo que es más sorprendente,
dominaba el contenido de esos libros. La lectura se convirtió en su pasatiempo
favorito y nada, ni los castigos ni los regaños, podían impedirlo.
A los nueve años se separó de su familia: su madre la envió a
la Ciudad de México a vivir con su tío y su tía, parientes ricos con acceso al
palacio del virrey. Sólo podemos adivinar qué motivó esta decisión. Tal vez
Juana había entrado en un período de “edad difícil” y su madre estaba cansada
de luchar con su carácter decisivo y explosivo. O tal vez quería librarse de la
excesiva atención de los vecinos hacia la familia en la que crecía la “niña
extraña”, o tal vez comprendió que en el pueblo la evidente singularidad de su
hija se arruinaría o daría lugar a algo inaceptable.
De una forma u otra, Juana se trasladó a la capital de la
colonia. Sin embargo, la costumbre de enviar a los niños a vivir con parientes
ricos, especialmente en la capital, donde podían adquirir prestigio social y
construir una carrera, era generalmente aceptada. Pero por lo general se
trataba de niños y adolescentes de unos doce años. Las muchachas, por supuesto,
también eran sacadas a la sociedad, pero no antes de que comenzaran a buscar
una buena pareja para ellas. Así que el caso de Juana era inusual. Por lo que
sus parientes adinerados vieron el talento de la niña y le dieron a Juana la
oportunidad de estudiar. El nuevo curso de autoformación incluía literatura,
ciencias naturales, matemáticas, filosofía, teología y lenguas extranjeras.
Según la propia Juana, estudió sin maestros, sólo con libros.
Pronto, la gente en la Ciudad de México comenzó a hablar de
una niña extraordinaria con una memoria asombrosa y talentos versátiles. A todo
esto, se sumaban otras cualidades que ahora eran muy importantes para una
chica. Juana creció y se convirtió en una belleza. En 1664, el nuevo virrey,
don Antonio Sebastián de Toledo Molina, marqués de Mancera, llegó a la Ciudad
de México procedente de España, junto con su esposa, doña Leonor Carreto. Juana
fue presentada en la nueva corte y en muy poco tiempo se ganó a la noble pareja
que la virreina la nombró su primera dama de compañía.
Ocupó este cargo durante aproximadamente cinco años,
encontrándose así en el epicentro de la vida cultural mexicana. Y, en
consonancia con su estatus, sus deberes cortesanos y su carácter, tomó parte
más activa en los entretenimientos de la alta sociedad. El nuevo virrey recibió
con agrado todo lo referente a la cultura. El virrey estaba feliz de desempeñar
el papel de un monarca ilustrado y benévolo. En aquellos tiempos era común en
España celebrar torneos de poesía, y en México también, por consiguiente, y en
ese oficio nadie podía crear estrofas más elegantes, rimas más precisas y
metáforas más extrañas que Juana. Ella, escribió poesía no sólo en español,
sino también en lengua azteca y en latín. Tambien escribió para
representaciones, para conciertos nocturnos, para festividades de la iglesia y
para funerales.
Juana tuvo sus
detractores. Un día, alguien inició el rumor de que sus conocimientos eran superficiales
y que solo podía convencer a la gente de que los tenía, ya que no era difícil
para una chica tan hermosa hacer esto. Para refutar tales calumnias, el virrey
decidió organizar un examen público, en el que Juana fue interrogada sobre
todas las ramas del conocimiento por las mejores mentes de México: científicos,
poetas, historiadores y teólogos. Se desenvolvió con brillantez en las tareas
más complicadas, y cuando después el confesor le preguntó si no estaba
orgullosa de esta victoria, Juana respondió: “No más que si hubiera conseguido
hacer el dobladillo mejor que la maestra de costura”. En cuanto a su vida
personal, Juana tenía muchos admiradores, y casi todos ellos eran serios
aspirantes a su mano y corazón. Por supuesto, ella misma estuvo enamorada más
de una vez: para llegar a esta conclusión, basta con abrir un volumen de sus
poemas.
Así que los habitantes de la capital sólo podían sorprenderse
cuando preguntaban por qué la primera belleza del país no se casa. Su dudoso
origen y la falta de dote no eran obstáculos insuperables: su madre, era de
buena familia, su cercanía a los gobernantes era un buen sustituto de un título
y bien podría haber recibido una dote sustancial, si no de parientes ricos, al
menos de mecenas de alto rango. Pero Juana rechazó a todos los pretendientes.
La respuesta tal vez pueda encontrarse en sus poemas. En algunos escribe sobre
un gran amor y la separación y se culpa a sí misma por amar demasiado. El tema
de otros: “El que amo no es el que amo”.
En el siguiente ciclo, ella reprocha a su corazón la
infidelidad, el hecho de que incluso el amor más fuerte pasa, o bien dice que
hay que olvidarse del amor y confiar en la razón, porque el amor se convertirá
en odio hacia el antiguo amante. A pesar de cierta artificialidad en la forma
de las obras poéticas de Juana, no hay razón para dudar de la sinceridad de sus
sentimientos “Estuvo enamorada, y no fue correspondida” Por lo que se dio
cuenta que el matrimonio que ella deseaba no estaba en el camino. En el México
del siglo XVII, una joven de 16 años era considerada prácticamente una
solterona.
Por lo que decidió seguir el camino de encerrarse en un
monasterio. Fue a su confesor el padre Antonio Núñez de Miranda, a quien Juana
“le reveló sus dudas y temores”, y este la apoyó en su elección. Más tarde
escribió: “Me di cuenta de que este estado implicaba muchos deberes que eran
repulsivos para mi temperamento (me refiero a los externos, no a los
principales)” Juana creía en Dios, conocía las Escrituras y la literatura
teológica, pero lo más probable es que no poseyera ni un don místico ni un
sentimiento vivo de Dios (esto lo pueden confirmar versos de su poesía y las
anotaciones de su diario) Sus escritos se enfocan en la vida profana, ella
creía que todo es comprendido mediante la razón, y desde ahí explicado y
armonizado.
En agosto de 1667, Juana hizo su primer intento ingresando al
monasterio de San José de la Orden de las Carmelitas Descalzas, pero la
disciplina de ellas le resulto ser demasiado y por el trabajo físico con gran
esfuerzo, hizo que enfermara, y los médicos aconsejaron que abandonara el
monasterio durando solo tres meses con las carmelitas. Un año despues, en
febrero de 1669, Juana ingresó en el monasterio de la Orden de San Jerónimo y
después de un breve noviciado, tomó el velo con el nombre de Juana Inés de la
Cruz (en la tradición católica, al tomar el velo, el nombre dado en el bautismo
no cambia, pero el apellido, es decir, la conexión con la familia, se corta,
para dejar lugar a otra unión).
La aportación a la dote al monasterio corrió a cargo del matrimonio
virreinal, y la ceremonia de la tonsura se convirtió, como solía ocurrir en la
vida de Juana, en un acontecimiento público, al que muchos vecinos de la Ciudad
de México querían asistir, debido que el virrey la virreina asistieron Esta
orden no era tan estricta y permitía que las monjas tuvieran sirvientas,
bienes, libros, su propio espacio para vivir (Comodidad) Había en promedio una
100 monjas que eran atendidas por 500 sirvientas. Una monja podía gozar de la
comodidad de cocina propia, baño con agua caliente, habitaciones para estudio y
descanso y una sala para recibir a los invitados. Había suficiente espacio para
las criadas.
Sor Juana de la Cruz colocó en su espacio una biblioteca de
4.000 libros, así como instrumentos musicales, instrumentos astronómicos y
hasta un microscopio. Aquí impartió a sus alumnas clases de música y arte
dramático (una materia extraña para enseñar a niñas en un monasterio, pero así
lo dicen las fuentes), aquí realizó trabajos científicos, mantuvo
correspondencia con personas destacadas de todo el mundo y recibió a numerosos
invitados.
Muy pronto el monasterio de San Jerónimo se convirtió en un
brillante salón intelectual. La comunicación con el marqués de Mancera y doña
Leonor continuó: el matrimonio virreinal, y por tanto su numerosa comitiva,
tenía la costumbre de acudir a vísperas a la iglesia del monasterio, tras lo
cual se detenían en las habitaciones de sor Juana para disfrutar de sus
conversaciones. El monasterio acogía con frecuencia conciertos, concursos de poesía
e incluso bailes. Hay que decir que el entonces Arzobispo de la Ciudad de
México, Fray Payo Enríquez de Rivera, era un hombre muy ilustrado y un gran
admirador de los talentos de Sor Juana Inés.
En el monasterio Sor Juana aprendió a tocar varios instrumentos
musicales y escribió un tratado sobre armonía musical, alcanzó fama en la
pintura, se convirtió en una experta en teología ética y canónica, medicina,
derecho canónico y civil, astronomía y matemáticas superiores. Ella
constantemente enviaba sus bordados y muestras de arte culinario como regalos a
sus numerosos amigos, sin olvidar incluir una nota con poemas divertidos con el
regalo. En 1673, el marqués y la marquesa de Mancera partieron hacia España. En
cierto momento Sor Juana fue elegida, abadesa, y enseguida priora, pero rechazó
este último puesto. El año 1680 marcó la llegada a la Ciudad de México del
nuevo virrey, el marqués de Laguna, y su esposa, María Luisa, condesa de
Paredes.
Pronto sor Juana se hizo amiga de María Luisa, y se expandió
un rumor en que ellas eran amigas íntimas. Y que, en sus nuevos poemas, la
condesa Paredes empezó a aparecer bajo los nombres de Philips y Lysis. En 1686
terminó el período del Virreinato de Laguna, y con la partida del noble
matrimonio, comenzaron a acumularse nubes sobre la cabeza de Sor Juana. El
nuevo arzobispo de la Ciudad de México, el padre Francisco Aguiar y Ceijas,
era, un misógino, y opositor al teatro secular. En 1689, Juana escribió otro
drama profano, “El amor es un gran laberinto”, y la marquesa de Laguna lo
publicó en España en una colección de sus poemas bajo el título “El diluvio de
la primavera castalia, de la décima musa de México, sor Juana”.
Ese mismo año, Juana, a petición de la marquesa, escribió el
drama religioso “El Divino Narciso”. Un año después, en torno a su nombre se
desarrolla una intriga, acompañada de un fuerte escándalo. El obispo de Puebla,
Fernández de Santa Cruz, a quien consideraba un viejo y confiable amigo, le
pidió que escribiera una refutación de un famoso sermón escrito hace 40 años
por el monje jesuita Antonio Vieira.
Sor Juana respondió a la propuesta con una larga carta en la
que demolió magistralmente aquel viejo sermón en todos sus aspectos. Para ella,
este trabajo era simplemente un entretenimiento más: un ejercicio de retórica y
lógica utilizando un ejemplo del campo de la ética teológica. Y entonces, de
forma completamente inesperada, sin conocimiento ni permiso de Sor Juana, se
publicó la carta privada -sin indicar el nombre del editor, con un prefacio-, cuyo
autor se escondió bajo el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz” Fue ese un gran
Error de sor Juana ya que atacaba a un eminente y reconocido Jesuita, al padre
Antonio Vizira, el defensor de los derechos de los indígenas, por cuyo nombre
juraban todos los jesuitas mexicanos.
Contrario a lo que sucedió en la colonia de la nueva España,
la publicación fue un gran éxito: los mejores teólogos de las universidades de
España y Portugal saborearon con placer los argumentos irrefutables con que la
monja mexicana destruyó completamente los argumentos del famoso padre y le
enviaron entusiastas felicitaciones. Pero las autoridades eclesiásticas en
México la acusaron de orgullo y desprecio por el mandamiento monástico de la
obediencia.
Nadie en esa época se atrevía a pelearse con los Jesuitas, ya
que ellos se encargaban en pacificar a los nativos, y alegremente se
convirtieran en esclavos de los colonos españoles. Además, en ese momento el
nuevo obispo era un misógino que detestaba a las mujeres, y ello llevó a que su
confesor se enojara con ella, y dejara de visitarla al monasterio. Pero Sor
Juana fiel a su libertad escribe y publica su última y quizás más famosa obra,
“Respuesta a Sor Filotea”. Se vio obligada a defender el honor de una mujer,
poeta y científica, profundamente ofendida por la publicidad poco ceremoniosa
de una carta privada y los deseos expresados en el prefacio.
Usando su vida como ejemplo, intentó mostrar cuán necesarios
pueden ser el conocimiento y la creatividad para una mujer. Defendió apasionadamente
el derecho de la mujer a la educación, argumentando que toda mujer cristiana
tiene derecho a conocer las Sagradas Escrituras y comprenderlas en su
totalidad, lo que, a su vez, es imposible sin una educación profunda e
integral. Ella admitió que no podía evitar escribir poesía, porque le resultaba
mucho más fácil expresarse a través de la poesía que a través de la prosa.
Desgraciadamente, esta “Respuesta”, compuesta con las
expresiones más refinadas, más bien irritó que tranquilizó a sus líderes espirituales.
Continuaron insistiendo en que ella, en cumplimiento de sus votos monásticos,
renunciara a las actividades mundanas, así como a la teología pública. Sor
Juana, mostrando la debida humildad, vendió todos sus bienes y dio el dinero a
la caridad, hizo voto de no tocar la pluma ni el papel. El arrepentimiento, o
más bien la humillación que el orgullo, terminó para Sor Juana el 17 de abril
de 1695. Una epidemia de peste estalló en el monasterio y, mientras cuidaba a
las hermanas, ella también se contagió.
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