miércoles, 2 de abril de 2025

 

LA FEMINISTA: SOR JUANA INES DE LA CRUZ

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Una de las primeras poetisas de la literatura en lengua española, poseía una mente extraordinaria y una sed insaciable de conocimiento. Pero en la España del siglo XVII, las ideas sobre el propósito de la mujer estaban muy alejadas de sus aspiraciones. La monja mexicana, que escribió bajo el nombre de Sor Juana Inés de la Cruz, se convirtió en una de las figuras más famosas de la literatura en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XVII.

 Juana Inés de Asbaje y Ramírez nació el 12 de noviembre de 1648 (quizás 1651) cerca de la Ciudad de México, en el pueblo de San Miguel de Nepantla. Sus padres, el capitán español Pedro Manuel de Asbaje, considerado vasco, y la hija de un importante terrateniente local, Doña Isabel Ramírez de Santillana, no estaban casados. Quizás el capitán tenía familia legítima en España. Por estas razones, Juana y sus dos hermanas mayores figuraban en los libros parroquiales como “hijas de la Iglesia”, es decir, ilegítimas, y no tenían derecho a dote ni al casarse ni en caso de ingresar en un monasterio, y las mujeres sin dote no eran aceptadas como monjas.

 Su padre, Pedro de Asbaje aparentemente abandonó Nueva España poco después del nacimiento de su hija menor, porque ella nunca lo mencionó. La muchacha fue criada en la finca de su abuelo, quien no sólo poseía el noble apellido de Santillana y una considerable fortuna, adquirida por varias generaciones de colonos, sino también una gran biblioteca. Según los biógrafos de Juana, fue su abuelo quien sentó las bases de los futuros intereses de su nieta, pues él mismo era una persona bastante culta para su círculo. Y aunque su hija Doña Isabel era analfabeta, sus tres nietas, las hermanas de Asbaje, asistieron a la escuela primaria “Escuela de los Amigos”, donde les enseñaron a leer.

 La más pequeña, Juana, llegó por primera vez a esta institución a los tres años, cuando un día su hermana mayor la llevó con ella. La niña le dijo a la maestra que su madre la había enviado a estudiar. Ella, por supuesto, no lo creyó, pero le dio a la niña una tarea para que no molestara a los demás. Al terminar la lección, para sorpresa de la maestra, Juana completó la tarea y después de eso comenzó a continuar sus estudios a escondidas de su madre. Cuando se descubrió el secreto, ella ya sabía leer con fluidez.

 A los seis años ya había aprendido a escribir, coser y bordar, lo que constituía la educación completa de una mujer en aquella época. Casi al mismo tiempo, Juana se enteró de que había una universidad en la Ciudad de México donde se podían aprender “todas las ciencias”. Sin pensarlo dos veces, le pidió a su madre que le cortara el pelo, la vistiera de niño y la enviara a la escuela. No hace falta decir que se rieron de ella y la rechazaron. Sin perder sus ganas de aprender, Juana aprovechó la biblioteca de su abuelo, quien alentó y apoyó su sed de conocimiento de todas las maneras posibles. Pero también en este caso quedó decepcionada, porque la mayoría de los libros resultaron estar en latín. Comenzó a tomar lecciones de latín y, en consecuencia, a familiarizarse con las obras de Platón, Aristóteles y Erasmo de Rotterdam en el original.

 Cuando no aprendía lo que deseaba en el tiempo que se fijaba se cortaba el pelo como castigo y expreso “pues una cabeza estúpida no merece adornos externos, mientras que su mejor adorno es el conocimiento. Pero mi cabello volvió a crecer más rápido de lo que pude completar la tarea” A los ocho años, Juana ya había leído toda la biblioteca de su abuelo, incluidas obras de filosofía, teología y medicina, y, lo que es más sorprendente, dominaba el contenido de esos libros. La lectura se convirtió en su pasatiempo favorito y nada, ni los castigos ni los regaños, podían impedirlo.

 A los nueve años se separó de su familia: su madre la envió a la Ciudad de México a vivir con su tío y su tía, parientes ricos con acceso al palacio del virrey. Sólo podemos adivinar qué motivó esta decisión. Tal vez Juana había entrado en un período de “edad difícil” y su madre estaba cansada de luchar con su carácter decisivo y explosivo. O tal vez quería librarse de la excesiva atención de los vecinos hacia la familia en la que crecía la “niña extraña”, o tal vez comprendió que en el pueblo la evidente singularidad de su hija se arruinaría o daría lugar a algo inaceptable.

 De una forma u otra, Juana se trasladó a la capital de la colonia. Sin embargo, la costumbre de enviar a los niños a vivir con parientes ricos, especialmente en la capital, donde podían adquirir prestigio social y construir una carrera, era generalmente aceptada. Pero por lo general se trataba de niños y adolescentes de unos doce años. Las muchachas, por supuesto, también eran sacadas a la sociedad, pero no antes de que comenzaran a buscar una buena pareja para ellas. Así que el caso de Juana era inusual. Por lo que sus parientes adinerados vieron el talento de la niña y le dieron a Juana la oportunidad de estudiar. El nuevo curso de autoformación incluía literatura, ciencias naturales, matemáticas, filosofía, teología y lenguas extranjeras. Según la propia Juana, estudió sin maestros, sólo con libros.

 Pronto, la gente en la Ciudad de México comenzó a hablar de una niña extraordinaria con una memoria asombrosa y talentos versátiles. A todo esto, se sumaban otras cualidades que ahora eran muy importantes para una chica. Juana creció y se convirtió en una belleza. En 1664, el nuevo virrey, don Antonio Sebastián de Toledo Molina, marqués de Mancera, llegó a la Ciudad de México procedente de España, junto con su esposa, doña Leonor Carreto. Juana fue presentada en la nueva corte y en muy poco tiempo se ganó a la noble pareja que la virreina la nombró su primera dama de compañía.

 Ocupó este cargo durante aproximadamente cinco años, encontrándose así en el epicentro de la vida cultural mexicana. Y, en consonancia con su estatus, sus deberes cortesanos y su carácter, tomó parte más activa en los entretenimientos de la alta sociedad. El nuevo virrey recibió con agrado todo lo referente a la cultura. El virrey estaba feliz de desempeñar el papel de un monarca ilustrado y benévolo. En aquellos tiempos era común en España celebrar torneos de poesía, y en México también, por consiguiente, y en ese oficio nadie podía crear estrofas más elegantes, rimas más precisas y metáforas más extrañas que Juana. Ella, escribió poesía no sólo en español, sino también en lengua azteca y en latín. Tambien escribió para representaciones, para conciertos nocturnos, para festividades de la iglesia y para funerales.

 Juana tuvo sus detractores. Un día, alguien inició el rumor de que sus conocimientos eran superficiales y que solo podía convencer a la gente de que los tenía, ya que no era difícil para una chica tan hermosa hacer esto. Para refutar tales calumnias, el virrey decidió organizar un examen público, en el que Juana fue interrogada sobre todas las ramas del conocimiento por las mejores mentes de México: científicos, poetas, historiadores y teólogos. Se desenvolvió con brillantez en las tareas más complicadas, y cuando después el confesor le preguntó si no estaba orgullosa de esta victoria, Juana respondió: “No más que si hubiera conseguido hacer el dobladillo mejor que la maestra de costura”. En cuanto a su vida personal, Juana tenía muchos admiradores, y casi todos ellos eran serios aspirantes a su mano y corazón. Por supuesto, ella misma estuvo enamorada más de una vez: para llegar a esta conclusión, basta con abrir un volumen de sus poemas.

 Así que los habitantes de la capital sólo podían sorprenderse cuando preguntaban por qué la primera belleza del país no se casa. Su dudoso origen y la falta de dote no eran obstáculos insuperables: su madre, era de buena familia, su cercanía a los gobernantes era un buen sustituto de un título y bien podría haber recibido una dote sustancial, si no de parientes ricos, al menos de mecenas de alto rango. Pero Juana rechazó a todos los pretendientes. La respuesta tal vez pueda encontrarse en sus poemas. En algunos escribe sobre un gran amor y la separación y se culpa a sí misma por amar demasiado. El tema de otros: “El que amo no es el que amo”.

 En el siguiente ciclo, ella reprocha a su corazón la infidelidad, el hecho de que incluso el amor más fuerte pasa, o bien dice que hay que olvidarse del amor y confiar en la razón, porque el amor se convertirá en odio hacia el antiguo amante. A pesar de cierta artificialidad en la forma de las obras poéticas de Juana, no hay razón para dudar de la sinceridad de sus sentimientos “Estuvo enamorada, y no fue correspondida” Por lo que se dio cuenta que el matrimonio que ella deseaba no estaba en el camino. En el México del siglo XVII, una joven de 16 años era considerada prácticamente una solterona.

 Por lo que decidió seguir el camino de encerrarse en un monasterio. Fue a su confesor el padre Antonio Núñez de Miranda, a quien Juana “le reveló sus dudas y temores”, y este la apoyó en su elección. Más tarde escribió: “Me di cuenta de que este estado implicaba muchos deberes que eran repulsivos para mi temperamento (me refiero a los externos, no a los principales)” Juana creía en Dios, conocía las Escrituras y la literatura teológica, pero lo más probable es que no poseyera ni un don místico ni un sentimiento vivo de Dios (esto lo pueden confirmar versos de su poesía y las anotaciones de su diario) Sus escritos se enfocan en la vida profana, ella creía que todo es comprendido mediante la razón, y desde ahí explicado y armonizado.

 En agosto de 1667, Juana hizo su primer intento ingresando al monasterio de San José de la Orden de las Carmelitas Descalzas, pero la disciplina de ellas le resulto ser demasiado y por el trabajo físico con gran esfuerzo, hizo que enfermara, y los médicos aconsejaron que abandonara el monasterio durando solo tres meses con las carmelitas. Un año despues, en febrero de 1669, Juana ingresó en el monasterio de la Orden de San Jerónimo y después de un breve noviciado, tomó el velo con el nombre de Juana Inés de la Cruz (en la tradición católica, al tomar el velo, el nombre dado en el bautismo no cambia, pero el apellido, es decir, la conexión con la familia, se corta, para dejar lugar a otra unión).

 La aportación a la dote al monasterio corrió a cargo del matrimonio virreinal, y la ceremonia de la tonsura se convirtió, como solía ocurrir en la vida de Juana, en un acontecimiento público, al que muchos vecinos de la Ciudad de México querían asistir, debido que el virrey la virreina asistieron Esta orden no era tan estricta y permitía que las monjas tuvieran sirvientas, bienes, libros, su propio espacio para vivir (Comodidad) Había en promedio una 100 monjas que eran atendidas por 500 sirvientas. Una monja podía gozar de la comodidad de cocina propia, baño con agua caliente, habitaciones para estudio y descanso y una sala para recibir a los invitados. Había suficiente espacio para las criadas.

 Sor Juana de la Cruz colocó en su espacio una biblioteca de 4.000 libros, así como instrumentos musicales, instrumentos astronómicos y hasta un microscopio. Aquí impartió a sus alumnas clases de música y arte dramático (una materia extraña para enseñar a niñas en un monasterio, pero así lo dicen las fuentes), aquí realizó trabajos científicos, mantuvo correspondencia con personas destacadas de todo el mundo y recibió a numerosos invitados.

 Muy pronto el monasterio de San Jerónimo se convirtió en un brillante salón intelectual. La comunicación con el marqués de Mancera y doña Leonor continuó: el matrimonio virreinal, y por tanto su numerosa comitiva, tenía la costumbre de acudir a vísperas a la iglesia del monasterio, tras lo cual se detenían en las habitaciones de sor Juana para disfrutar de sus conversaciones. El monasterio acogía con frecuencia conciertos, concursos de poesía e incluso bailes. Hay que decir que el entonces Arzobispo de la Ciudad de México, Fray Payo Enríquez de Rivera, era un hombre muy ilustrado y un gran admirador de los talentos de Sor Juana Inés.

 En el monasterio Sor Juana aprendió a tocar varios instrumentos musicales y escribió un tratado sobre armonía musical, alcanzó fama en la pintura, se convirtió en una experta en teología ética y canónica, medicina, derecho canónico y civil, astronomía y matemáticas superiores. Ella constantemente enviaba sus bordados y muestras de arte culinario como regalos a sus numerosos amigos, sin olvidar incluir una nota con poemas divertidos con el regalo. En 1673, el marqués y la marquesa de Mancera partieron hacia España. En cierto momento Sor Juana fue elegida, abadesa, y enseguida priora, pero rechazó este último puesto. El año 1680 marcó la llegada a la Ciudad de México del nuevo virrey, el marqués de Laguna, y su esposa, María Luisa, condesa de Paredes.

 Pronto sor Juana se hizo amiga de María Luisa, y se expandió un rumor en que ellas eran amigas íntimas. Y que, en sus nuevos poemas, la condesa Paredes empezó a aparecer bajo los nombres de Philips y Lysis. En 1686 terminó el período del Virreinato de Laguna, y con la partida del noble matrimonio, comenzaron a acumularse nubes sobre la cabeza de Sor Juana. El nuevo arzobispo de la Ciudad de México, el padre Francisco Aguiar y Ceijas, era, un misógino, y opositor al teatro secular. En 1689, Juana escribió otro drama profano, “El amor es un gran laberinto”, y la marquesa de Laguna lo publicó en España en una colección de sus poemas bajo el título “El diluvio de la primavera castalia, de la décima musa de México, sor Juana”.

 Ese mismo año, Juana, a petición de la marquesa, escribió el drama religioso “El Divino Narciso”. Un año después, en torno a su nombre se desarrolla una intriga, acompañada de un fuerte escándalo. El obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, a quien consideraba un viejo y confiable amigo, le pidió que escribiera una refutación de un famoso sermón escrito hace 40 años por el monje jesuita Antonio Vieira.

 Sor Juana respondió a la propuesta con una larga carta en la que demolió magistralmente aquel viejo sermón en todos sus aspectos. Para ella, este trabajo era simplemente un entretenimiento más: un ejercicio de retórica y lógica utilizando un ejemplo del campo de la ética teológica. Y entonces, de forma completamente inesperada, sin conocimiento ni permiso de Sor Juana, se publicó la carta privada -sin indicar el nombre del editor, con un prefacio-, cuyo autor se escondió bajo el seudónimo de “Sor Filotea de la Cruz” Fue ese un gran Error de sor Juana ya que atacaba a un eminente y reconocido Jesuita, al padre Antonio Vizira, el defensor de los derechos de los indígenas, por cuyo nombre juraban todos los jesuitas mexicanos.

 Contrario a lo que sucedió en la colonia de la nueva España, la publicación fue un gran éxito: los mejores teólogos de las universidades de España y Portugal saborearon con placer los argumentos irrefutables con que la monja mexicana destruyó completamente los argumentos del famoso padre y le enviaron entusiastas felicitaciones. Pero las autoridades eclesiásticas en México la acusaron de orgullo y desprecio por el mandamiento monástico de la obediencia.

 Nadie en esa época se atrevía a pelearse con los Jesuitas, ya que ellos se encargaban en pacificar a los nativos, y alegremente se convirtieran en esclavos de los colonos españoles. Además, en ese momento el nuevo obispo era un misógino que detestaba a las mujeres, y ello llevó a que su confesor se enojara con ella, y dejara de visitarla al monasterio. Pero Sor Juana fiel a su libertad escribe y publica su última y quizás más famosa obra, “Respuesta a Sor Filotea”. Se vio obligada a defender el honor de una mujer, poeta y científica, profundamente ofendida por la publicidad poco ceremoniosa de una carta privada y los deseos expresados ​​en el prefacio.

 Usando su vida como ejemplo, intentó mostrar cuán necesarios pueden ser el conocimiento y la creatividad para una mujer. Defendió apasionadamente el derecho de la mujer a la educación, argumentando que toda mujer cristiana tiene derecho a conocer las Sagradas Escrituras y comprenderlas en su totalidad, lo que, a su vez, es imposible sin una educación profunda e integral. Ella admitió que no podía evitar escribir poesía, porque le resultaba mucho más fácil expresarse a través de la poesía que a través de la prosa.

 Desgraciadamente, esta “Respuesta”, compuesta con las expresiones más refinadas, más bien irritó que tranquilizó a sus líderes espirituales. Continuaron insistiendo en que ella, en cumplimiento de sus votos monásticos, renunciara a las actividades mundanas, así como a la teología pública. Sor Juana, mostrando la debida humildad, vendió todos sus bienes y dio el dinero a la caridad, hizo voto de no tocar la pluma ni el papel. El arrepentimiento, o más bien la humillación que el orgullo, terminó para Sor Juana el 17 de abril de 1695. Una epidemia de peste estalló en el monasterio y, mientras cuidaba a las hermanas, ella también se contagió.

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