MI MADRE, Y SUS
ENSEÑANZAS
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Mamá ¡Cuánto hay en esta palabra! Es suave y brillante, como
el primer rayo de sol de la mañana. Las palabras “mamá” y “vida” están
inextricablemente unidas, porque es mamá quien nos da este milagro asombroso:
la capacidad de ver, sentir y amar. Su dulce mirada contiene todo el universo
del amor maternal, cuyo calor calienta el alma incluso en los días más oscuros.
Recuerdo mi primera infancia, cómo mi madre me tomaba suavemente de la mano
cuando daba mis primeros tímidos pasos hacia una vida desconocida y enorme para
mí. Con qué cuidado me mecía en una cuna de madre hecha de palo de venadillo
colgada de una viga, y ella tarareando suavemente una canción de cuna, infundía
en mi alma paz y confianza.
Su calidez quedó grabada para siempre en mi memoria,
convirtiéndose en la personificación del cuidado genuino y del amor sin
límites. Pasaron los años, y muchas cosas fueron cambiando tanto en el mundo
con en mí, sin embargo, una cosa permanece constante, mi madre sigue siendo una
fuente de fortaleza e inspiración para mi vida. Sus méritos a menudo pasaron
desapercibidos, porque el amor maternal es silencioso y su servicio no tiene límites,
estaba en todas partes, como el viento que trae consigo la frescura de un nuevo
día.
Mi madre fue mi primera maestra. Ella me enseño no sólo cosas
sencillas como atarse los cordones de los zapatos o sostener una cuchara, sino
también valores verdaderos. De nuestras madres aprendemos lo que es la
receptividad, la capacidad de perdonar y la lealtad sincera. Pasan los años y
una y otra vez recurrimos a su sabiduría como un faro inquebrantable en el
océano de la vida. Cuando crecemos, a veces nos olvidamos de decirle un simple
“gracias” a nuestra madre. Pero es a ella a quien debemos agradecer nuestra
fortaleza de espíritu, nuestra capacidad de afrontar las dificultades y el
hecho de que siempre creyó en nosotros, incluso cuando el mundo entero parecía hacernos
rendirnos.
Una Madre es la persona que te aceptará como eres, te
comprenderá sin palabras y te apoyará en cualquier situación. Ella está
presente en cada momento significativo de nuestras vidas, regocijándose por
nuestros éxitos y viviendo nuestros fracasos como propios. Su corazón está
lleno de amor, cuidado y calidez que lo abarcan todo y que se vuelve más brillante
con el paso de los años. Así que no nos olvidemos de esto, valoremos cada
minuto que pasamos con mamá y apreciemos sus cuidados. Después de todo, el amor
de una madre es un verdadero milagro que ocurre sólo una vez en la vida y dura
para siempre.
Recuerdo cómo durante mi infancia mi madre siempre estaba
ahí. Ella fue la persona que me guio por el camino correcto, me protegió de los
problemas y me cuidó con todo su corazón. Sus manos suaves, como por arte de
magia, podían calmar cualquier dolor y su voz te envolvía en calidez, como una
manta acogedora en pleno miedo. Mi madre no sólo me crió, ella me enseñó a amar
este mundo, a valorar cada momento y a encontrar alegría en las cosas simples.
Hablando con ella aprendí muchas cosas nuevas, bebí de su amor desinteresado, y
descubrí horizontes desconocidos para mí.
Admiré su paciencia y su fuerza: sabía cómo afrontar
cualquier dificultad sin demostrar lo mucho que le costaba. La vi sufrir en
silencio, tragarse sus lágrimas, y admire su capacidad de perdonar, apoyar y
dar amor incondicional me convirtió en la persona que soy hoy. En cada acción,
en cada palabra, se podía sentir ese profundo cuidado que era la base de todo
lo que ella hacía.
Recuerdo especialmente nuestras largas conversaciones
nocturnas en su cuarto antes de dormirse, cuando compartía con ella mis sueños,
y planes para el futuro. Siempre admire su optimismo, su alegría, su fe
religiosa. Todos esos recuerdos son los que han quedado guardados en mi cabeza para
siempre como el monumento más preciado de nuestra relación. Con el paso de los
años, comencé a notar cómo los rasgos de mi madre aparecían en mis acciones y
palabras. Sus enseñanzas y principios eran tan profundos y verdaderos que se
convirtieron en parte integral de mi vida. Ahora que ya no está a mi lado, me
doy cuenta de lo importante que fue el amor y el apoyo diario que recibí.
Mi madre siempre decía que lo más importante es el amor a los
hijos. Pude ver en ella un amor que no necesitaba de palabras pomposas, sino
que lo expresaba en acciones, en miradas y gestos. Es este amor incondicional el
que trato de transmitir a sus hijos, enseñándoles a través del ejemplo cómo ser
amables, compasivos y fuertes. A muerto, y siguen pasando los años desde su
partida, pero las lecciones de mi madre y su imagen siempre están conmigo. Estoy
agradecido al destino por darme una madre como ella, que supo inculcarme sus
mejores cualidades. Su recuerdo vive en mí, en mis acciones y decisiones,
recordándome que la fuerza más importante en este mundo es el poder del amor
maternal.
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