martes, 8 de abril de 2025

 

MI MADRE, Y SUS ENSEÑANZAS

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Mamá ¡Cuánto hay en esta palabra! Es suave y brillante, como el primer rayo de sol de la mañana. Las palabras “mamá” y “vida” están inextricablemente unidas, porque es mamá quien nos da este milagro asombroso: la capacidad de ver, sentir y amar. Su dulce mirada contiene todo el universo del amor maternal, cuyo calor calienta el alma incluso en los días más oscuros. Recuerdo mi primera infancia, cómo mi madre me tomaba suavemente de la mano cuando daba mis primeros tímidos pasos hacia una vida desconocida y enorme para mí. Con qué cuidado me mecía en una cuna de madre hecha de palo de venadillo colgada de una viga, y ella tarareando suavemente una canción de cuna, infundía en mi alma paz y confianza.

 Su calidez quedó grabada para siempre en mi memoria, convirtiéndose en la personificación del cuidado genuino y del amor sin límites. Pasaron los años, y muchas cosas fueron cambiando tanto en el mundo con en mí, sin embargo, una cosa permanece constante, mi madre sigue siendo una fuente de fortaleza e inspiración para mi vida. Sus méritos a menudo pasaron desapercibidos, porque el amor maternal es silencioso y su servicio no tiene límites, estaba en todas partes, como el viento que trae consigo la frescura de un nuevo día.

 Mi madre fue mi primera maestra. Ella me enseño no sólo cosas sencillas como atarse los cordones de los zapatos o sostener una cuchara, sino también valores verdaderos. De nuestras madres aprendemos lo que es la receptividad, la capacidad de perdonar y la lealtad sincera. Pasan los años y una y otra vez recurrimos a su sabiduría como un faro inquebrantable en el océano de la vida. Cuando crecemos, a veces nos olvidamos de decirle un simple “gracias” a nuestra madre. Pero es a ella a quien debemos agradecer nuestra fortaleza de espíritu, nuestra capacidad de afrontar las dificultades y el hecho de que siempre creyó en nosotros, incluso cuando el mundo entero parecía hacernos rendirnos.

 Una Madre es la persona que te aceptará como eres, te comprenderá sin palabras y te apoyará en cualquier situación. Ella está presente en cada momento significativo de nuestras vidas, regocijándose por nuestros éxitos y viviendo nuestros fracasos como propios. Su corazón está lleno de amor, cuidado y calidez que lo abarcan todo y que se vuelve más brillante con el paso de los años. Así que no nos olvidemos de esto, valoremos cada minuto que pasamos con mamá y apreciemos sus cuidados. Después de todo, el amor de una madre es un verdadero milagro que ocurre sólo una vez en la vida y dura para siempre.

 Recuerdo cómo durante mi infancia mi madre siempre estaba ahí. Ella fue la persona que me guio por el camino correcto, me protegió de los problemas y me cuidó con todo su corazón. Sus manos suaves, como por arte de magia, podían calmar cualquier dolor y su voz te envolvía en calidez, como una manta acogedora en pleno miedo. Mi madre no sólo me crió, ella me enseñó a amar este mundo, a valorar cada momento y a encontrar alegría en las cosas simples. Hablando con ella aprendí muchas cosas nuevas, bebí de su amor desinteresado, y descubrí horizontes desconocidos para mí.

 Admiré su paciencia y su fuerza: sabía cómo afrontar cualquier dificultad sin demostrar lo mucho que le costaba. La vi sufrir en silencio, tragarse sus lágrimas, y admire su capacidad de perdonar, apoyar y dar amor incondicional me convirtió en la persona que soy hoy. En cada acción, en cada palabra, se podía sentir ese profundo cuidado que era la base de todo lo que ella hacía.

 Recuerdo especialmente nuestras largas conversaciones nocturnas en su cuarto antes de dormirse, cuando compartía con ella mis sueños, y planes para el futuro. Siempre admire su optimismo, su alegría, su fe religiosa. Todos esos recuerdos son los que han quedado guardados en mi cabeza para siempre como el monumento más preciado de nuestra relación. Con el paso de los años, comencé a notar cómo los rasgos de mi madre aparecían en mis acciones y palabras. Sus enseñanzas y principios eran tan profundos y verdaderos que se convirtieron en parte integral de mi vida. Ahora que ya no está a mi lado, me doy cuenta de lo importante que fue el amor y el apoyo diario que recibí.

 Mi madre siempre decía que lo más importante es el amor a los hijos. Pude ver en ella un amor que no necesitaba de palabras pomposas, sino que lo expresaba en acciones, en miradas y gestos. Es este amor incondicional el que trato de transmitir a sus hijos, enseñándoles a través del ejemplo cómo ser amables, compasivos y fuertes. A muerto, y siguen pasando los años desde su partida, pero las lecciones de mi madre y su imagen siempre están conmigo. Estoy agradecido al destino por darme una madre como ella, que supo inculcarme sus mejores cualidades. Su recuerdo vive en mí, en mis acciones y decisiones, recordándome que la fuerza más importante en este mundo es el poder del amor maternal.

 

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