SAN IGNACIO, LA
TIERRA DONDE NACÍ
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
San Ignacio, la tierra donde nací y crecí tiene un
significado especial para mí. No es sólo el lugar de mi existencia en la
infancia, sino también la fuente de mi identidad, esa profunda conexión con el
pasado y el presente que no se puede romper, y te sujeta con una cadena de
eslabones que nunca logras romper. Cuando me levantaba temprano por la mañana y
el sol apenas comenzaba a iluminar el horizonte, mi corazón se llenaba de
calidez y paz. Es un momento especial en el que mi pequeño mundo despertaba y
podía sentir la tierra misma respirando por mis tiernos pulmones el aire puro
que bajaba de los montes, y mi cuerpo absorbiendo los rayos de la mañana.
Todo lo veía con mis ojos infantiles cómo la naturaleza cobraba
vida: los árboles todavía estaban cubiertos por una ligera brisa o escarcha y
el campo detrás de mi casa casi temblaba en anticipación de un nuevo día con
muchos pájaros cantando alegremente entre las ramas mientras las gallinas iban
bajando una a una del árbol de guamúchil en medio del patio de mi casa.
En mi tierra natal la naturaleza es rica y diversa. El bosque
que comienza más allá del río está lleno de vida. Aquí se puede escuchar el
canto de los pájaros y el susurro del viento en las copas de los árboles. En invierno
es frio que taladra los huesos, en verano agrada con su sombra fresca y en
otoño se viste de hojas secas como fondo de oro. Este lugar es como un
maravilloso templo de la naturaleza, donde cada rincón tiene su propia melodía.
Me encanta pasar tiempo aquí, caminando entre los árboles, respirando el aire
fresco lleno de aromas de hierbas y olor a tierra mojada.
El río que atraviesa nuestro pueblo es un lugar especial.
¿Cuántas veces vine aquí cuando era niño a nadar o simplemente a sentarme en la
orilla, admirando el suave fluir del agua, o jugar lanzando piedras que
revotaran sobre sus aguas? Este río, con sus tranquilos remansos y sus rápidos,
se convierte para mí en un símbolo de vida, continua y cambiante. La historia
de mi tierra también merece respeto. ¿Cuántas generaciones han pasado por estos
caminos, cuánto trabajo se ha invertido en sus campos y pueblos? Sus casas de adobe, lodo y ladrillo, a pesar
de su antigüedad, conservan recuerdos del pasado. Cada piedra, cada árbol,
banqueta, cada casa tiene su propio cuento, cada rincón narra sus historias de
alegría y tristeza, esperanzas y logros.
Mi tierra natal es un lugar donde me siento parte de algo
grande y significativo. Aquí aprendí a valorar las cosas sencillas, como una
conversación sincera con un vecino, el pan caliente del horno o el olor de la
hierba de quelite recién cortada para darle de comer a mis burros. Es un lugar
donde me siento seguro y pertenezco, donde cada camino y cada árbol guardan un
pedazo de mi infancia. Es imposible olvidar, porque es la base de mis raíces,
la cuna de mis ancestros, mi alma pura y sin manchas de la infancia. Aunque el
destino me lleve lejos de aquí, una parte de esta vasta y hermosa tierra,
vivirá siempre en mi corazón.
Es aquí donde pasé mi infancia, las primeras caricias de mis
padres, aquí donde experimenté mis primeras alegrías y tristezas, y donde
aprendí a comprender y apreciar el mundo que nos rodea. San Ignacio, no es solo
un punto geográfico en un mapa, son recuerdos vivos que nos acompañan a lo
largo de nuestra vida. Cada mañana en mi pueblo comenzaba con una sorprendente
sinfonía de sonidos: el canto de los pájaros, el rumor del viento en las copas
de los árboles, el chapoteo mesurado del agua en el río, el balido de las vacas
por sus calles, y el grito de su arreador. Aquí, cada casa, cada calle, cada
rincón está lleno de historia.
Recuerdo cómo en verano mis amigos y yo corríamos por campos,
y en las tardes jugamos a las escondidas en los callejones oscuros de la calle
libertad la cual en verano se llenaba de bichos negros que llamábamos meones
por el olor apestoso que dejaban en nuestro cuerpo al orinarnos, y los sapos aparecían
por cientos a darse su banquete con ellos. En la juventud construimos castillos
de arena en lograr los sueños de grandeza, a la orilla del rio, y encendimos
fogatas en la noche en el cerro de la mesa. Este fue nuestro mundo entre juegos
y bromas pudimos conocer la naturaleza y formar parte de su gran y diverso
mundo.
En otoño, los árboles se pintaban de un color cenizo y caían
sus hojas que crujían bajo la pisada de nosotros. Recuerdo el olor del pan
recién sacado del horno en la panadería de la “Tiruta” Los jóvenes nos
reuníamos en las noches para compartir historias y sueños. En invierno el frio
nos hacía recogernos temprano en el hogar, los arboles amanecían bañados de
escarcha, y los niños con mocos, y los dientes titiritando por el frio. Mi
madre en su estufa nueva, a veces me preparaba un chocolate caliente como cena
acompañado de una conchita de pan o una arepa. La primavera era hermosa, se
llenaba de mariposas revoloteando por las calles, era como si la naturaleza
cobrara vida y las mariposas fueran flores volando.
Todo esto fue despertando en mi tierna alma infantil un
sentimiento de nueva esperanza y alegría. En ese pueblo quedaron mis raíces, mi
inspiración y fortaleza, mi historia, las enseñanzas a valorar lo pequeño y lo
grande, lo sencillo y lo significativo. Incluso después de viajar lejos por
años, mis pensamientos y sentimientos añoran regresar y siempre vuelven en
recuerdos.
El secreto de nuestra existencia se esconde en nuestro lugar
de origen, y cuanto mayor nos hacemos, más sentimos su importancia en nuestras
vidas. Un viejo guamúchil en medio del patio donde dormían las gallinas era lo
primero que veía por la ventana al despertar a un nuevo día. Un guamúchil con
encanto especial como si con el canto de las gallinas y gallos el tiempo se
alargara hasta la eternidad y cada sonido, cada sombra y cada color adquirieron
un nuevo significado.
Un viejo guamúchil, que extendía sus poderosas ramas a lo
largo del patio, se erguía en el centro de este despertar. Sus hojas brillaban bajo
los primeros rayos, como si estuviera cubierto de un verde esmeralda. Entre sus
ramas estaban escondidos los nidos de los pájaros, protegidos del viento y la
adversidad. Abajo en la tierra una noria llena de agua cristalina, la cual con
la puesta de tubería de cobre la tapo con madera mi padre, ya que cuando se
quemaba la bomba de agua del pueblo, la volvíamos a utilizar. En esa noria
sacaba agua en un balde mediante una soga pegada en una horqueta atravesada, y
recuerdo que el agua siempre estaba fría, y clara.
Al amanecer comenzaba un nuevo día, lleno de esperanza y
posibilidades escondidas en cada momento que pasaba. La gente, como todos,
esperaba ansiosamente un nuevo comienzo, cargada de nueva energía y lista para
afrontar el futuro con el corazón abierto bañado de armonía y buenos propósitos
para con su prójimo demostrándoselo dándole los buenos días. En estos momentos
de tranquilidad llenos de luz y vida, la verdadera belleza del mundo se reveló
en toda su plenitud, recordándonos el ciclo eterno de la naturaleza.
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