LA ESCUELA y LOS PROFESORES
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Ex director de “La escuela Normal del
Pacifico” Ex Director General “Instituto Pedagógico Hispanoamericano.
Se
acabaron o se fueron aquellos tiempos de alumnos obedientes, eventos sanos y
alegres, la paciencia de los profesores, el día de su graduación que dábamos
las gracias por los excelentes profesores. Aquellos profesores amables,
comprensivos, honestos, cariñosos, con quien nos divertíamos y nos permitían
ser felices. El hecho es que estábamos en la escuela y nos sentíamos como en
casa. El profesor se esforzaba porque sus estudiantes fueran gloriosos despues
de abandonar el aula y continuar sus estudios en otra aula.
Hoy,
digamos gracias con una sonrisa por aquellos momentos que han sido tan
importantes en nuestra vida. Aquellos profesores tranquilos y cálidos que se
preocupaban por nuestra salud, felicidad y alegría. Pero los años han pasado y
aquel hogar en donde nos divertíamos, entreteníamos se quedó esperándonos, nos
despedimos y no regresamos. Pero nunca olvidaremos lo que hicieron por
nosotros.
Ahora
inscribimos a nuestros hijos o nietos en esa misma escuela con la esperanza en
que sean igual de felices como lo fuimos nosotros. Pero ya no son los mismos
profesores, aquellos se jubilaron y murieron, aunque nos gustaría dejarlos en
aquellas manos, ya no podemos. Pasamos por muchas manos, aprendimos mucho.
Fueron los años más felices de nuestra infancia. Cada día era un nuevo
descubrimiento. Cada día era como un día de fiesta. Todas las jornadas con los
amigos.
Llego
el día que nos graduamos, le dimos la gracias al profesor, debíamos cambiar de
aula y profesor, nos angustiábamos ante esa incertidumbre, nos poníamos tristes
al separarnos de algunos de nuestros amigos que sus padres los cambiaban de
escuela. Algunos nos acostumbrábamos a la maestra, otros se enamoraban de ella.
De adultos entendimos el encanto y cariño de su trato y la amabilidad por ello
la hicimos nuestra profesora favorita.
Hoy
ambicionamos que nuestros hijos o nietos les tocara en suerte una semejante a
ella, pero es imposible medirla en el tiempo. El hecho, es que la llevamos en
la mente apreciándola por todo lo que hizo por nuestra vida. Gracias a su
trabajo, nos convertimos en personas honestas, útiles, dignas, y eso es lo que
nos preocupa con respecto a nuestros hijos y nietos. Sabemos que estarán bien
con el profesor que le toque, sin embargo, añoramos el nuestro. Aquel que nos
ayudó, nos comprendió, nos trató con paciencia, amabilidad, el que nos alababa
por nuestra inteligencia, que nos dio amor a cada momento en abundancia.
Nuestros hijos y nietos crecen rápido, ahora
nos damos cuenta que no podemos seguirles su ritmo, pero es nuestra
responsabilidad estar al pendiente, cuidarlos y darles consejos. Unos
profesores de palabras tiernas, de formas sinceras, llenos de buenos
sentimientos, y agradables deseos. En lo personal les agradezco su generosidad,
constancia y paciencia al tratar con sus alumnos traviesos, inquietos.
Agradezco a mis profesoras de prescolar que me cuidaban y aún recuerdo cuando
nos ponían a cantar mientras una de las profesoras tocaba el piano. A los de
primaria por la paciencia, atención y cuidado mostrado a los niños, los
recordare por siempre.
A
los de secundaria por ser los más sinceros y sus deseos de bienestar, salud,
felicidad para con mi persona, pese a mi resistencia en doblegarme por todas
mis travesuras que cometía un día sí y otro también. Todos y cada uno me
ayudaron a soportar mi cambio de puberto adolescente. Algunos despues de
terminar la Universidad, los busque para agradecérselos personalmente, pero ya
no los encontré, unos fallecieron (Que Dios los tenga en su gloria) otros se
marcharon. Quiero reconocer que dejaron su huella marcada como fierro para
marcar becerros en mi corazón. Aunque en su momento no los entendí, pero más
tarde supe de su valía. - Saludos a todos a donde quiera que estén.
Recuerdo como en secundaria se esforzaban en
trasladar conocimientos a nuestras mentes, a pesar de las limitadas capacidades
de la escuela (Salón improvisado en una jaula de gallinero con 40 alumnos
dentro). Algunos se molestaban por detectar que estábamos distraídos, deseaban
que estuviéramos escribiendo en el cuaderno mientras este hablaba o dictaba, y
que nadie lo interrumpiera o se distrajera. Era ese afán por educarnos, para
que pudiéramos tener un excelente grado de éxito.
Nos
enseñaban hablar correctamente, y nos explicaban las reglas de su materia. Nos
hacían preguntas. Nos hacían exámenes y se paraban en la puerta observando que
no hiciéramos trampas copiándole al compañero. Unos incluso nos retaban a que
mientras contestábamos el examen abriéramos el libro por 15 minutos para que
buscáramos las respuestas. No podíamos desperdiciar un segundo, de inmediato lo
hacíamos, se acababa el tiempo antes de que respondiéramos la mitad de las
preguntas.
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