miércoles, 7 de mayo de 2025

 

VIDA Y MUERTE DE LA “MADRE”

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría de Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 ¡Para que amarte y jurarte amor eterno vida? ¡Después de todo, no eres mía! ¡Lo sé! Desde el momento que comprendí lo que es la muerte de una persona muy querida “Mi madre”, y que sigo añorando. Entonces ¿Para qué amarte tanta vida? ¡Si, no eres mía! En ti, aprendí a sufrir, aprecié el amor, el engaño, el abandono, el silencio. ¿Por qué amarte, si no eres mía? Cuando perdí por primera vez mi felicidad, me di cuenta que no importaba cuanto hiciera y que la felicidad tampoco era mía, aunque la aprecie y busque creyendo que era mía. Creí qué encontrar la felicidad me haría dueño eternamente de ella, no soñaba siquiera que me la despojarías, y comprendí de nuevo ¡Después de todo, no era mía, solo fue prestada para que yo naciera!

 Fue entonces que en mis reflexiones me preguntaba ¿A quién amar, sin sufrir, a quien encontrar para que estuviera conmigo compartiendo esa felicidad? Los primeros pasos en el amor los días de la mano de mi madre, pero la muerte me dejo patente que todo es en vano, que puedes amar, ser amado, pero la vida se encargara de quitártelo todo. Aprendí que los sentimientos obedecen durante cierto tiempo, y que la tierra llama siempre a su tierra. Aprendí que el cielo seguirá como si nada hubiera pasado, y que el fuego del amor y la vida lo apagará con llanto.

 Al final de la vida solo quedaran cenizas, y personas que compartieron contigo esos instantes, dándole sufrimiento a tu cabeza mientras esperan su propia muerte. Aprendí que la vida no se puede manejar de ninguna manera, y que los sentimientos nadie es capaz de atarlos con nudo gregoriano. La vida y la muerte están ligadas con cadenas de material más fuerte que el mismo hierro, oro y plata asociados, son como esa cadena sin candado que no tiene llave, y al momento de nacer se tira en un camino desconocido para que los sentimientos, el odio, la ira los acompañen persuadiéndolos en que es inútil aferrarse a un sentimiento de amor. Son ellos quienes se encargan en hacer añicos esos sentimientos y les proporcionan alas para que las personas vivan atormentadas por la culpabilidad.

 Siendo niño, me tumbe bajo el manto de las estrellas sintiendo que si llegaba a ellas sería la victoria de mi vida, pero el tiempo se encargó en convencerme en que soñaba y el único camino que estaba marcado eran mis cenizas. Era extraño que esos instantes me motivaban para estar allá arriba entre el pálido cielo y las centellantes estrellas, fue entonces que me pregunte ¿Cómo se verá desde arriba hacia abajo? Lo mismo me sucedió al ver la muerte de dos hermanos, enseguida mi padre y detrás a mi madre, descender a una tumba ¿tendrá, sed, hambre, miedo? ¿Cómo se cuidará del agua cuando la lluvia llene su tumba? Fue entonces cuando la lluvia amarga del alma comenzó a caer sobre mis sentimientos ahogando mi conciencia.

 Las gotas derramadas enseguida desbordaron por mis ojos en amargas lágrimas. Muchas de ellas las tuve que beber, y salían con mayor fuerza cuando trataba de balbucear palabras de dolor por lo que sentía con en el alma destrozada esa muerte. ¿Cómo podría a partir de ese momento comunicarme con mis seres amados? Mi mente no tenía esa respuesta, me dejaba solo en el camino de la amargura. Decidí dejar que las gotas amargas continuaran por años bañando mi alma en la espera de que secaran por si solas, pero ese momento nunca llegó, y seguí atrapado en el sufrimiento. Simplemente no tenía el coraje para olvidar, no admitía su muerte, y no era capaz en sanar mi alma.

 Me alegre que otras personas se sintieran bien conmigo, creía que lo malo ya se había ido, y que el mojar el alma con lágrimas amargas terminaría para ser nuevamente bañadas con las aguas de la felicidad. Para tranquilizar el alma, me lo creí que engañaba a mi alma mandándole el mensaje en que todo “Ya había pasado” Que ya no estaba enojado con Dios, ni con la vida. - Que la amaba y estaba de nuevo sentada junto a mí.

 Sin embargo, ella me estaba mintiendo de nuevo, y solo era un corto tiempo para que me sintiera mejor. El sol brillo de nuevo con alegría en mis ojos secos, me sentía bien, me sentía recuperado, o al menos por la noche ya no lloraba abrazado a la almohada. Pero tanto la vida y la muerte se reían de mí, y creo que hasta bromeaban entre ellas por el hecho de que volvía amar a la vida, y que nuevamente la muerte se encargaría de enseñarme lo que es el sufrimiento en su presencia.

 Mi vida trascurría entre recuerdos y olvidos, entre errores y estupideces, de hecho, me amaba más y egoístamente luchaba por olvidar el pasado. Comencé de nuevo andar quitando de mi rostro los surcos que los dolores de las lágrimas amargas dejaron marcados. Olvidé que amé tanto a mis seres queridos que en cierto momento parece ser les dije adiós para siempre. Cuando los evocaba, ya no estaban muy claros sus rostros en mi mente, el cual había borrado con las lágrimas amargas ¿Por qué ya no venía tan frecuente a mi mente? Es difícil responder.

 Fue ahí en donde me di cuenta que mi alma se había endurecido, y que el dolor en el rostro de otras personas ya no me afectaba tanto, quería reírme de la vida y de la muerte como la mejor medicina para mi alma ante la impotencia y la melancolía que la muerte de un ser querido nos causa. La vida es una triste despedida en un destino entre nosotros. Es apretar el alma borracha de amargura queriendo en ese momento exprimirla para que no sufra demasiado. Es una llama que se aleja como el viento, y deseamos vaya tranquila por su camino dejándonos recuerdos, silencios, confesiones, culpas, esa voz que se va apagando para nuestros oídos.

 Son esos momentos que gritamos ¿Por qué la ofendimos si la amábamos, porque no le dimos ese cariño en vida? Nos dejan culpas imborrables que sangran el alma. La vida se va y la muerte arriba, la muerte deja desolación, tristeza, oraciones, velas encendidas que se van apagando. Indican que llorando se cura el dolor, se regresa de nuevo al camino de la esperanza, al amor, a seguir cometiendo errores hasta que la muerte nos alcance. La muerte oculta ofensas de todo aquello que no funciono, que no respondió, de aquel que nos dio todo lo que se esperaba, pero al final le va bien en la conversación de quien lo amo.

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