lunes, 17 de noviembre de 2025

 

EL LIBRO QUE LE REGALE A UN NIÑO DE SEXTO PRIMARIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Ex Director de le escuela Normal del Pacifico – Ex Director General del Instituto Pedagógico Hispanoamericano.

Un día, al regresar a casa y despues de estacionarme note que un niño uniformado de la escuela primaria localizada cerca de mi hogar que iba delante había tropezado y caído, dejando caer todos los libros que llevaba en las manos, junto con un bate de béisbol, un guante y una cartulina. Inmediatamente me apresure ayudarlo a recoger los objetos esparcidos y, como se dirigían en una dirección, me ofreció a traerle algunas de las cosas. Mientras caminaban juntos, Mientras caminábamos me entere que el niño se llama Jorge, que ama el béisbol, que en su escuela no le permiten jugar béisbol con otros niños, pero que lleva la manilla y el Bat y una pelota para jugar solo en un rincón para no molestar a nadie.

Tambien me conto, que no era bueno en las materias y que recientemente había tenido una pelea verbal con otro niño. Con una conversación alegre, sencilla, informal recorrimos dos cuadras. Al paso de los días me resulto frecuente o que coincidíamos a la hora de salida de su escuela y mi regreso al hogar por lo que al vernos desde lejos nos saludábamos y sonreíamos. El niño se graduó y paso a la secundaria, y a partir de ahí, nos vimos con menor frecuencia “Ocasionalmente” Pasaron los años, y el niño se graduó en la Universidad.

Caminando por la banqueta cerca de mi hogar nos encontramos de nuevo, fue él quien me conoció, y me recordó aquel lejano día en el que nos conocimos y las circunstancias. Le pregunte por su Bat, y su manilla, si continúo jugando béisbol, le dije que aún me seguía preguntando ¿Por qué? las llevaba a su escuela, si no lo dejaban jugar con ellas. – Su contestación me dejo boca abierta “Mi madre me había dicho que si “No” sacaba 10 de calificación en la escuela las tiraría a la basura, o se las regalaría al primero que pasara frente a mi casa”

 

– Aquella noche no pude dormir, y lo único que se me ocurrió fue llevarlas conmigo a la escuela. Nunca se me ha olvidado que me ayudaste a recoger mis libros, y cosas. – No hice más que lo correcto, ¡Ayudarte! – enseguida c on una sonrisa me dijo ¿Recuerdas aquel libro que me regalaste un día al encontrarnos de nuevo en la cuadra de tu casa, y que en ese día termine la primaria? Aun lo conservo “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry.

 

Ese libro me animo a pensar, reflexionar sobre mi vida. El joven continuo con su charla: En la preparatoria me puse a investigar la vida del escritor, y para mi sorpresa encontré que Saint-Exupéry fue un piloto de combate que luchó contra los nazis y murió en combate. Antes de la Segunda Guerra Mundial, luchó en la Guerra Civil Española contra los fascistas. Escribió una historia fascinante basada en las impresiones de esos años, llamada “Sonrisa” Me di a la tarea de conseguir esa historia. - Leí esta historia y me gustó mucho.

 

En ese instante me mostro, y me pidió que leyera las partes que marco para que sobresalieran: - En ella dice que fue capturado por enemigos y arrojado a una celda de prisión. A juzgar por las miradas despectivas y el trato grosero de los carceleros, estaba seguro de que sería ejecutado al día siguiente. Dice el autor “Estaba seguro de que me matarían. Estaba confundido y muy nervioso. Rebusqué en mis bolsillos, con la esperanza de encontrar algún cigarrillo que pudiera haber sobrevivido a la búsqueda. Encontré uno.

 

Me temblaban tanto las manos que apenas podía llevármelo a los labios, pero no tenía cerillos, me los quitaron. Miré a través de los barrotes a mi carcelero. Ni siquiera miró en mi dirección. Después de todo, ¿quién quiere mirar una cosa, un cadáver? Me volví hacia él - ¿Tiene usted fuego? Me miró, se encogió de hombros y se acercó a la reja para dejarme encender un cigarrillo. Mientras se acercaba y encendía una cerilla, sus ojos se encontraron involuntariamente con los míos. En ese momento sonreí. No sé por qué hice esto.

 

 Quizás por mi nerviosismo, quizás porque cuando estáis cerca el uno del otro es muy difícil no sonreír. De todos modos, sonreí. En ese momento, una chispa corrió entre nuestros dos corazones, entre nuestras almas. Sabía que él no lo quería, pero mi sonrisa saltó por encima de los barrotes y trajo una sonrisa de respuesta a sus labios. Encendió mi cigarrillo, pero no se fue inmediatamente, sino que permaneció a mi lado, mirándome directamente a los ojos y sin dejar de sonreír. Yo también seguí sonriéndole, percibiéndolo ahora como una persona y no como un carcelero. - ¿Tienes hijos? – preguntó - Sí, sí, aquí está. “Saqué mi billetera y nerviosamente comencé a buscar una fotografía de mi familia.

 

También sacó una fotografía de su esposa y comenzó a hablar de los planes que tenía para los niños cuando crecieran. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Dije que tenía miedo de no volver a encontrarme con mi familia y de no tener la oportunidad de ver a mis hijos como adultos. Las lágrimas también brotaron de sus ojos. De repente, sin decir una palabra, abrió la celda de la prisión y en silencio me sacó de ella. Luego de la prisión y, en secreto, por las calles secundarias, de la ciudad. Allí, en las afueras, me dejó ir. Sin decir una palabra, dio media vuelta y regresó a la ciudad. Así que mi vida se salvó con una sonrisa”.

 

Le cuento esta historia, o parte del libro porque en aquel momento de mi vida, su sonrisa y apoyo me volvió a conectar con la vida. Uno se da cuenta que vamos poniendo mascaras para esconder nuestro rostro, como forma de defender nutra dignidad, lo que queremos, deseamos, nuestro verdadero yo está oculto bajo todo esto. No niego, en aquel día tenía miedo de perder mi Bat y mi manilla, y mi madre se había convertido en mi peor enemiga. Podía odiarla, y a la ves sentía tristeza. Por eso leer la sonrisa de historia contada por Saint-Exupéry me habla de ese momento mágico en el que dos almas se reconocen. Aquel día lo conocí a usted quien con una sonrisa sincera me apoyo, y me regalo aquel libro.

 

 

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