MI SANTA CLOS, EN LA
INFANCIA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
En esta era digital, una tableta o un teléfono inteligente probablemente puedan satisfacer todas nuestras necesidades de entretenimiento. ¿Recuerdas pasar una tarde entera de niño, absorto en tu imaginación con solo unos pocos juguetes? Ahora, esos juguetes pueden estar acumulando polvo en un rincón o simplemente desaparecieron para siempre. ¿Recuerdas tu juguete favorito? ¿Qué significado especial tiene para ti o qué historia especial esconde? Por ejemplo, un plástico rojo, era mi capa de supermán, un trapo viejo blanco, mi mascara de el luchador el “Santo”
En primaria fui un niño alegre, juguetón, y en sexto grado se me ocurrió jugar el papel de niño divertido para hacer reír a mis compañeras, incluso en múltiples ocasiones jugué haciéndome el tonto para complacerlas, y hacerlas reír. En cuanto a mis padres, no tenía idea de cómo luchaban por poner comida en la mesa. Tanto mi padre como mi madre sudaban la gota gorda sin quejas. Fui un niño a quien su padre le enseñaba a no decir nunca una mentira. Una mentira piadosa no debía salir de mis labios, y era mejor afrontar las cosas como son por muy mal que se interpretaran.
Llegue a tener miedo a pronunciar una mentira frente a él, y recibir el ataque con sus ojos desaprobándolo “Nadie se siente bien, al ser reprendido, y mucho menos con el silencio de unos ojos” En la secundaria fui aprendiendo a ocultar mis frustraciones, guardándolas en lo más profundo de mi alma. Las sellaba para que nadie se enterara, y caminaba como si estuviera feliz, optimista “En apariencia” De modo que poco a poco me fui convirtiendo en la persona domada que el estado y la sociedad demandaba “Caminar disfrazado de lo que no piensas, y eres, mostrando cara de satisfacción, para llegar a la edad adulta como un ser ridículo sin criterio propio”
Comprendí que lo que me exigían era no estórbales, que en mi cabeza existiera siempre miedo, desconfianza, frustraciones, alma vacía, incluso llegar a padecer problemas mentales. En el fondo de mi alma libre, de naturaleza salvaje todo ello lo fui convirtiendo en pensamientos de lucha, de romper cadenas, de reírme de esas posiciones asumidas ridículas, y las actuaciones cómicas de quienes las practican en su vida cotidiana. Querían educarme para que pensara que no soy nada sin ellos, que me convirtiera en su sirviente, y que estuviera siempre aplaudiéndole al payaso que nos gobernaba. Desde niño fui y me fui convirtiendo ese tipo de personas raras que sale a pasear cuando se le apetece, que aplaude cuando vale la pena, que se ríe de las estupideces para engañar a las masas, y que no es capaz de contenerse riendo de los payasos que nos gobiernan. Todos mis hermanos salimos de la casa para ir a la ciudad a estudiar.
Cuando niño dos de mis hermanas quienes se había graduado de maestras nos llevaban regalos en navidad. A mi madre le regalaron una estufa de gas, y su cilindro (Cocinábamos en hornillas, y nos estaba llegando la modernidad) En navidad los hermanos pequeños madrugábamos para revisar el árbol y los regalos. En una ocasión me quede escondido en la escalera que conducía al segundo piso para desde allí observar cuando llegara santa clos, pero para mi sorpresa fue mi madre y mi padre quienes acomodaban los regalos bajo el árbol de palo blanco cubiertos sus ramas pelonas con algodón y colgándole bolas de diferentes colores.
Una de mis atracciones favoritas eran ir al cine a disfrutar películas de vaqueros, y en una de esas navidades me pusieron de regalo un caballo de madera con un palo de escoba, y dos pistolas que quemaban rollitos de triques. Fue un día fabuloso, corrí sobre el palo de madera y quemando triques todo ese día. Parecía que andaba salvando vidas por todos los pueblos del oeste. En cuanto a regalar cariño, mi padre era muy seco, nunca escuchamos de sus labios un te quiero hijo, para él, todo estaba bien, tan solo con vernos sanos él era feliz.
No puedo decir que todo lo que me regalaban me resultaba de mi agrado, y se debía a que yo escribía una carta a santa clos, y este me traía otra cosa, incluso llegue a pensar que santa clos era “un tonto de alcornoque, que no había terminado la primaria” Este pensamiento me cruzaba por mi mente infantil. Al ver los regalos tenía que poner la mejor cara, aunque no me gustaran, y se debía que había aprendido en casa que no podía rechazar un regalo bajo ninguna circunstancia. Así, que solo me quedaba con el sabor amargo en la boca, y salir a buscar entre mis amigos de la cuadra a quien le habían regalado lo que yo deseaba.
En mi opinión, muchos años después, fue precisamente este rasgo de personalidad el que, como factor significativo, me condujo a expresar que me gusta que me regalen lo que yo deseo, y no lo que la persona desea regalarme. Cuando alguien me regala algo y me quedo mirando el regalo por lo general me preguntan ¿No, te gusto, no lo quieres? En ese instante me quedo sin respuestas para no ser grosero, pero la realidad, es que no se me ocurre darle una salida graciosa o engañosa a lo que en realidad no quiero “Nunca he sido un comediante, y no tiene sentido ahora en edad mayor comience a serlo” Un día despues de la noche de navidad me sentía molesto por el regalo, y ya había visto que santa clos era cosa de mis padres. Esa noche mi madre había salido a casa de una amiga (A tres casas de mi hogar) así que fui de puntillas para no hacer ruido y despertar a mis hermanos, y aproveché para esculcarle su cajón.
Allí encontré mi carta que le había puesto en el árbol a santa clos “Mi madre se la había escondido, por eso santa clos me trajo lo que él quiso. Volví a dormirme, y por la mañana en el desayuno enfrente a mi madre con la carta en mi mano. Mi padre molesto se levantó de la mesa sin terminar su desayuno, y yo no me atreví a continuar el alegato. Una hora despues escuche que mi padre regreso, y oí decirle a mi madre que ella tenía la culpa por no quemar esa carta. Mi padre se notaba muy molesto, y, yo en cambio triste al descubrir que santa no existía, y que no era una broma de este personaje el traerme lo que a él se le antojara.
A partir de allí continúe fingiendo que existía para no quitarles la ilusión a mis tres hermanos más pequeños en edad. Mi padre me regalo una guitarra pequeña, y trataba de sacar notas con ritmo, por lo que comencé a componer corridos a los personajes relevantes del pueblo. Esto provoco en ellos risa, y me regalaban veinte centavos al escuchar su corrido. Por primera vez conocí, y disfrutaba de un éxito que no me lo esperaba. Comencé a ser hábil escribiendo historias, escribí sobre los fantasmas, las brujas, y en mis narraciones incrustaba detalles que desataran risa, incluso chistes malos. Como resultado, me fui formando en la escritura, y en fantasear con historias, pero en lo general me encantaba hacer reír a mi familia.
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