EL TIEMPO,
BORRO LO BELLO DE MI ROSTRO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Para mí, la vida humana es extraviarnos constamente. Nací en un pueblo en aquellos años alejado de la civilización por lo que era anormal salir a la ciudad. En época de lluvias no se podía salir del pueblo por el arrastre de aguas que llevaba el rio, y solo había un cable de cerro a cerro para pasar colgado en una carretilla sobre las embravecidas aguas. Hoy, ese tipo de carretillas son utilizadas como atracción turística. En lo personal me parecía un juego muy peligroso.
Además, cuando era niño, pensé que era más práctico no cruzarlo, y me resultaba más divertido trotar a lomo de un caballo. – En mi infancia nunca pasamos hambre, solo había que estar listo a la hora de la comida para sentarnos a la mesa, y si andaba con el estómago vacío se debía a que en esos momentos andaba de vago sea en el rio o en el monte. Hambre sentía cuando salía de secundaria a las dos de la tarde. Llegaba a la casa de mi hermana Isabel, y ella siempre me preguntaba antes de servirme “Debes traer mucha hambre” Claro que de niño me encantaba comer mucho, sobre todo nieve, dulces, frutas en el campo.
Nadie me obligaba a tragar en casa lo que no quería, mi madre me servía con la esperanza en que me gustara, y limpiara el plato. No recuerdo un solo momento en que me golpearan para que me comiera algo. En mi casa en el pueblo comíamos 10 miembros de la familia, cada uno sentado en dos filas y en cada cabecera mi padre y mi madre. Como era el del medio (Quinto), me sentaba al medio. El comedor estaba muy alumbrado, y mi padre nos exigía que comiéramos en silencio masticando bien, pero eso pocas veces sucedía siempre había alguien que rompía esa armonía. Los guisados que mi madre servía eran casi siempre los mismos. En época de calor albóndigas, caldos, y en época de frio carne.
Fuimos una familia tradicional, conservadora de las costumbres, acatadora de las reglas, normas sociales, y leyes. Por primera vez me vino a la mente la pregunta ¿Por qué comemos tres veces al día? ¿Por qué debemos comer en silencio? ¿Por qué mi padre y mi madre se sientan en las cabeceras de la mesa? ¿Por qué masticar en silencio, con la mirada puesta sobre el plato? – Escuchaba a mi madre dar el consejo de que debes cometerlo todo para que crezcas, no te enfermes, etc. – me decía que mi padre tenía que comerse toda su comida para tener fuerzas y seguir trabajando, y que yo para que mi cerebro se iluminara y aprendiera mejor en la escuela.
Mi inquietud siempre ha sido ¿Era mucho más feliz en mi pueblo, en mi infancia, que despues? Siendo honesto, siempre me he sentido una persona feliz, tanto en momentos de amargura como en momentos de alegría, todo trato en disfrutarlo al máximo desde la infancia. No me siento atrapado creyendo que quienes dicen que soy feliz son mucho más felices que yo y que no puedo compararme con ellos. Sufro al igual que todos, me duele no solo mi sufrimiento sino el sufrimiento ajeno, pero a pesar de ello me las arreglo para seguir adelante con la firme idea de nunca desesperarme, nunca rendirme, y seguir luchando por la vida. Creo que todo es como debe ser, por lo que no hay por qué dudar “Nada es fácil y cómodo”
Hoy estaba revisando unas fotos las cuales fueron tomadas presumiblemente cuando tenía unos seis años de edad. Me veo como un niño rodeado de hermanos, primas, tíos, y otros parientes cercanos. Estamos parados posiblemente en el patio de la casa donde vivía. Traigo puesto un suéter rojo con estrellas blancas en el pecho, de pantalón corto, corte de tupe, y esbozo una sonrisa no sé si de alegría o alguien grito “Wiski” – Veo que no estaba feo, soy un niño con un sentido de belleza atrayente, que podría ser elogiado por ser niño, y un medianamente lindo. El toque en mi cara cuenta con una formación estética adecuada. No soy un niño enfadoso, o pesado con la gente según recuerdo.
Sinceramente, por alguna razón, cuanto más miro la sonrisa de ese niño en la foto, más me inquietan los años trascurridos, sobre todo que el niño se convirtió en adulto y ya no ríe con aquella alegría desmedida, sino conservadoramente por miedo a perder las normas de comportamiento correcto. Lo cierto es que estoy aquí, mirándome con cientos de ideas revoloteándome en la cabeza. Me veo al espejo y observo arrugas en mi rostro, muy diferente a la foto del niño magnífico, hermoso, de bellos ojos expresivos. Cualquiera que viera esta foto expresaría con asombro “¿Eres tú?, que mal te ha tratado la vida, te corrieron con las llantas sin aire”
Por la foto veo que mi rostro ha cambiado drásticamente. Enseguida veo la foto cuando termine la primaria (12 años), y la foto que presente para ingresar a la secundaria. Aquí me veía bastante guapo, llevaba una corbata corta, sencilla que asoma sobre mi pecho. Luego veo la foto del grupo cuando terminamos el segundo grado de secundaria. Allí llevo el uniforme de las escuelas públicas federales. Estoy sentado con la pierna cruzada contra la otra, mi rostro es serio, y el de otras compañeras de grupo se nota que hacen la clásica mueca como si sonrieran y estuvieran felices. Este tipo de sonrisas engañada tiempos es bastante sutil, pero de alguna manera, es completamente diferente a una sonrisa de felicidad.
Para mí, sonreír así, es estancar la vida en nuestra mentira, es sonreír como si en el alma tuviéramos una hoja en blanco sin nada por que dar las gracias a la vida. Para mi es una sonrisa frívola para cumplir con las reglas del juego engañosas que tanto nos afean. Estaba en la pubertad, y comenzaba a entrar a la adolescencia con las ideas de ser un Pajaro que podía volar en libertad sin que nada me detuviera. La volví a observar de cerca, y me dije “Seguía siendo guapo, un poco más que la regla social establecida”
En la siguiente foto, no sonrió, mi rostro es inexpresivo, simplemente estoy allí sentado en el lugar exacto en donde se toma la foto. Es una foto que rebosa de atmosfera de fiesta. La foto la examine, y observo que mi frente sigue intacta, al igual que mis cejas, mis ojos, nariz, boca, mandíbula han crecido equilibradamente. Ya afloran mis rasgos distintivos. En el fondo de la foto veo la figura de la entrada de la casa de mi abuela, y ella parada observando desde el marco de la misma “Inadmisible no recordarla” Clave de nuevo mis ojos en la foto para sentir el placer en recordarla, eso me hizo en ese instante sentirme infeliz, por lo que simplemente separe la foto de mis ojos.
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