jueves, 27 de julio de 2023

 

ACTUALIDAD FEMENINA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Usualmente las mujeres gozan  de un sentido del humor especial, de una coquetería prudente pero a la vez arrasadora. Sin embargo ¿Cómo se puede seducir una mujer, cual es la manera más adecuada?

 Pienso que el mundo tiene al hombre y a la mujer en una constante y cambiante relación de tensión y armonía. Seducir a una mujer no significa desear a la mujer sino desear su deseo. Y eso es lo que nos define como ente pensante. Cuando ya no desea seducir a la mujer, entonces no desea el deseo de ella. Y su condición de hombre se agota. Seducir a una mujer se basa en sentirse seguro, confiado. Para seducir una  mujer hay que conocerla o al menos tener cierto perfil de ella. Si ya la conoce tiene tantas ventajas como desventajas: por un lado conoce sus gustos y sensibilidades, pero por el otro corre el riesgo de que la mujer ya lo haya situado en un lugar difícil: el de amigo. O el de simple conocido. Pero entiéndase bien que lo más importante en seducir a una mujer consiste en no engañarla.

 Hoy sé que lo poco que he aprendido en los libros no es lo importante, que la marcha de mi inteligencia, apenas ha sido capaz de arañar la corteza de la sabiduría y que lo que en verdad trasciende es lo que me arde en el pecho y acelera mi corazón. Hoy he sentido que la corriente de la vida me llevará a buen puerto siempre y cuando no pretenda luchar contra ella, ni intentar ir más deprisa. A los hombres machistas, que somos como el 96 % de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc.

 En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.

La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias, consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia (Uñas recortadas), para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar desnudas.

A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres. Las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que la den fácil y no pongan problema. Estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas,  tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos.

 Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos. Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan amparar, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- han radicado el poder de nosotros los machos durante milenios.

Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado.

Trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de nada “Nadita de nada” Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican y a las vírgenes se les exige el milagro) y tienen todo el derecho en no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras, las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida “Uno” se necesita un consejo sensato, o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, y “No” las peladitas de piel y boca imperfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso. A los varones, es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un demonio que hacia allá nos impulsa, como autómatas.

Pero si logramos usar el cerebro, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos, nos daremos cuenta de que esas mujeres bravas que son exigentes, trabajan, producen, no dejan de fregar y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que valen la pena. Al mexicano se le educa en el miedo a la verdad por ser cruda, a lo desconocido, a los cambios, a los bares de mala muerte, al sexo casual, a ser excluido. Se le educa al miedo al futuro, al pasado y al presente, a las enfermedades, al fracaso que lleva en sus espaldas.

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