jueves, 27 de julio de 2023

 

VISTA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Tenía una cita y llegue tarde, cosa que nunca me ha gustado, dado que mi principio es estar siempre a tiempo a la hora que se designe y llegue tarde esta vez para variar. Envié un mensaje para avisar que me retrasaría, ya que mi materia física no me dejaba estar en dos sitios a la vez ese día, pero así, son los compromisos, ya que existen días en que estas muy tranquilo y otros en los que parece se ponen de acuerdo en marcarte hasta tres citas en diferentes eventos a la misma hora.

Corrí todo lo que me dejaron los carros y como ocurre siempre que se acelera demasiado tal parece van con la intención los demás en no dejarte llegar, no había nadie cuando llegue al salón de secciones. Llamé para que vinieran a recogerme.

Tuve la gran suerte de tener un sitio cerca donde esperar. Un banco de madera situado en el borde izquierdo de una gran plaza en la que no se distinguía el color del suelo y el de los edificios que la rodeaban, tenían el mismo color. Me senté y, por un momento, sentí que no tenía nada que hacer, era un tiempo dedicado a esperar y a observar.

Aproveché para fijarme en el resto de personas de la plaza. Nadie más estaba sentado, todos eran engullidos por las puertas de un supermercado que se encontraba cerca, entraban vacíos y salían con los carritos llenos de chucherías para su casa.

Todos corrían, incluso sin motivo. Una anciana corría detrás del bastón que hacía avanzar rápidamente con la mano, las palomas recogían sin descanso las colillas caídas y las nubes avanzaban cada vez más oscuras. Uno de los mitos más dañinos para la juventud es el de “vivir intensamente” ¿Vivir deprisa es sinónimo de vivir intensamente?

La noción romántica de “vivir deprisa y morir joven” se ha sustituido por el “vive deprisa y no morirás nunca”. Por un lado, se confía tanto en que la ciencia nos salvará a todos de una muerte pronta y dolorosa que ni siquiera nos la planteamos. Por otro lado, la sociedad del consumo y la cultura de la imagen sólo presentan fugacidad que no puedes dejar de ver, que no puedes dejar de comprar, que no sabes guardar un peso para un momento mejor.

Para que hoy se entienda tener la posibilidad de hacer más cosas en un número menor de tiempo es fantástico, pero muchas veces la instantaneidad desecha muchas oportunidades fantásticas porque requieren tiempo prolongado. Hay que aprender a conjugar la rapidez con la tranquilidad, a vivir deprisa y leer despacio, comer despacio y masticar lento. ¿Por qué? Hace dos meses que le dolía la cabeza a una amiga. Pensó que podía ser causa de una disminución de la vista que le hacía forzar demasiado los ojos.

 Había decidido volver a ocuparse de sí misma y empezaría por ir al oftalmólogo para poder ver con nuevo enfoque su vida. Algunas personas ven el mundo de color de rosa, pero sus ojos siempre habían pintado de azul lo que queda entre el mar y el cielo. Sin embargo, ahora un gris tormentoso arrebataba su mirada. Llegó a la consulta tarde, pero no se preocupó ya que todavía estaban esperando una chica con gafas oscuras, un señor mayor con un parche negro en un ojo y una madre con su hijo estrábico. La chica de gafas oscuras le contó que el retraso se debía a que un hombre ciego estaba dentro con el médico. ¿Y para qué quiere un ciego un oftalmólogo? Las necesidades son misterios personales. Le costó llegar a casa, había pensado que las gafas le quitarían el dolor de cabeza, que ahora se veía multiplicado.

Se quitó las gafas, como quien se quita los ojos y con ellos todas las preocupaciones que se concentraban en el entrecejo. Abrió los ojos al abismo de la oscuridad y se incorporó súbitamente. Se colocó las gafas torpemente y parpadeando hasta ver más allá de ella misma se volvió todo blanco para sus ojos. Pestañeó en un intento inútil de ver algún tono más profundo.

 Las manos se desprendieron del cuerpo y palparon las paredes en busca del interruptor. La luz no deja de iluminar a ojos ciegos, pero su presencia sólo es la esperanza de volver a ver. Esta vez no podía retirarse el pañuelo de la cara, como cuando de pequeña jugaba a que ser ciega.

Se cogía a la mano de su madre, luego haciéndose la experta la soltaba hasta chocar con el bordo de la acera. La vida adulta se parece más a un juego de cartas donde se apuesta según las que se tiene y por las que se piensa que tiene el resto, pero si nadie puede ver sus cartas el juego ya no tiene sentido. Se sentó en el sofá y encendió el televisor, una vez más no había nada que ver.

Sólo el sonido de las voces, que tampoco intuían su existencia, mataron su aislamiento. Hizo un breve recuento de todas las personas que conocía, como si quisiera guardar impresa en su mente su caras para no sentirlos extraños cuando hablara con ellos. Estuvo allí petrificada una hora o varias porque el tiempo empezaba a perder fuerza y a cada momento todo se volvía más incomprensible. Pero por fin se paraba a observar la algarabía de su vida y sentía que el filo de la soledad desgarraba aquella habitación. Descolgó el teléfono varias veces pero no se sabía ningún número importante de memoria. Apagó el televisor y puso la radio, ya que ésta siempre intenta describirte en palabras todo lo que no puedes ver.

 No escuchó una palabra. Agarró un par de álbumes que guardaba en la parte más alta de la estantería de libros, que ahora no eran más que un decorado tétrico. Un leve tropiezo imperceptible a un ojo sano hizo saltar los álbumes de sus manos, desparramando las fotos por toda la habitación. Antes por la ordenación podía saber a qué época pertenecían las fotos.

Ahora sólo tenía un montón de caras borrosas volando en su imaginación. Se acurrucó entre las fotos que cubrían el frío suelo. Demasiado tiempo había pasado sin querer ver la realidad por lo que no pudo evitar contener las lágrimas de sus inútiles ojos.

Lloró de arrepentimiento y de rabia, se lloró a sí misma como si ya estuviese muerta. Deseaba volver a ver tanto que estaba dispuesta a dar lo que fuera. Se acostó a dormir y cuando de nuevo abrió los ojos había recuperado la vista, pero todas las fotos se habían borrado, mostrando el mismo blanco inmaculado que anteriormente habían visto sus ojos. La vista son palabras sabias que hacen reflexionar la mente. Crea Ideas revolucionarias al mundo logrando alzar la voz. Esfuerzos continuos a las más altas cimas llegarán. Voces ignorantes nadie las escuchará. Perdedores de tiempo, nadie los recordará. Perezosos redimidos nunca nada cambiarán. Cantos de sirena nunca dirigen a buen lugar. Inscripciones antiguas nadie las logró descifrar. Lápidas funerarias descansen siempre en paz.

Hoy me toca un paseo por las nubes, de vez en cuando me pongo entre poético y sentimental, sé que no sirve de nada, si acaso pasar el rato embelesado en el cielo, pero por lo menos relaja, que tal y como están las cosas ya es un respiro.

Desde la ventana apenas se ve, el cielo digo, es cosa de los edificios modernos, mucho cristal, muchas ventanas pero al final acabas teniendo enfrente más de lo mismo, más cristal y más ventanas, pura funcionalidad que lo llaman, puro aprovechamiento del espacio que no entiende de plantar árboles que den compañía a un precio semejante, menos mal que mi cabeza es capaz de aguantar cualquier miseria que se le ponga por delante y logra traspasar los edificios para irse de vago en esos recuerdos que nos hacen vivir nuevamente los momentos con las personas con las cuales hemos convivido y apreciado sinceramente.

 Pero si estiro la cabeza como si estuviera en un apartamento de esos que han quedado atrapados entre las grandes ciudades sin oportunidad de disfrutar el hermoso mar, es decir con vistas al mar, soy capaz de distinguir el azul y el blanco, o al menos eso creo, y da para soñar sentado al borde de la mañana con los pies colgando, como en aquella película que ganó el premio a la peor del año. Menos mal que ya es miércoles y el fin de semana se puede cerrar la monotonía por descanso, quitarse el disfraz de trabajador, ponerse el de vago y lucirlo hasta el lunes, por lo menos.

Pero mejor vayamos a los recuerdos de esta historia.- Un amigo mío, un gran muchacho lleno de vida y de alegría, después de muchos problemas con las chuletas y los frijoles, consiguió ser médico ginecólogo. Salvo ocasionales correrías en los cotos de enfermeras, no se le podía acusar de nada al pobre hombre “Tímido, tímido hasta la ignominia”.

Era un tímido que sólo reaccionaba cuando la mujer se le había insinuado diez o doce veces o se lo pedía a las claras o él andaba medio atravesado por unas cuantas cervezas. Medico a fin de cuentas, pronto descubrió que con su sueldo de la Seguridad Social nunca sería un ciudadano de importancia, y decidió abrir una consulta particular.

Al cabo de dos meses tuvo que enfrentarse a la cruda realidad: las señoras no acudían a la consulta y, la que iba, no volvía jamás. Parecían preferir a un médico próximo a la jubilación, desatento siempre, que las trataba a gritos en muchas ocasiones, que prácticamente las corría diciéndoles que no tenían nada y que si no tenían nada que hacer ¡Que no vinieran hacerlo a su consultorio!

Además, semejante ciudadano no se había puesto al día en su materia durante los últimos cuarenta años. Mi amigo, en cambio, estaba a la última hora en materia de ginecología ya que con el tiempo disponible se la pasaba leyendo estudios en las revistas medicas como el Jornal, leía revistas y disponía, además, de una consulta con aire acondicionado. Una buena ocasión me dijo muy serio.-Quizá si me dejo la barba parezca más respetable. Le mire, tratando de hacerme cargo de su problema. Tenía cara de buen chico, de esos que dan un rodeo para no pisar a una hormiga. -A lo mejor se han enterado de lo que me pasó con aquella enfermera. -murmuró- Siendo ginecólogo, estas cosas son muy delicadas. -No sé -confesó- Nunca me ha atendido un ginecólogo e ignoro lo que las pacientes esperan de él.

Acudí a una de mis más antiguas amigas, a la que había tenido el placer de engañar varias veces sin resabiarla, y le pedí que fuera a la consulta a que le hicieran un buen reconocimiento. Luego me informó: -Parece muy meticuloso. Sólo te toca cuando es estrictamente necesario. Pero... El pero era lo que me interesaba: -No me gustan los médicos que se ponen nerviosos cuando me ven desnuda. -¿Se pone nervioso? -Y colorado. Tiembla, como señorita virgen en noche de luna de miel.

 Le tiemblan las manos, los ojos, las corvas y la voz. Parece un gusano con problemas: no se atreve a mirarte de frente cuando estás sin ropa, llega incluso a tartamudear y en vez de penicilina te dice “Penecilina ”. -¿Y eso es malo? -Malísimo. No tenía más remedio que confiar en la palabra de mi amiga. Si las mujeres reaccionaban así ante la timidez de su médico, el amigo mío estaba perdido. Necesitaba una intensa campaña de imagen.. -Mal te veo. -le dije.- Eres demasiado correcto y educado y no miras de frente a tus enfermas. -Lo hago para no ponerlas nerviosas. Si tú estuvieras enfermo y desnudo en mitad de una habitación desconocida, ¿te gustaría que una mujer te echara miradas descaradas? -Ni descaradas ni de las otras. Eso no me lo dejo hacer.

Ni siquiera le enseño la dentadura a la enfermera de mi dentista. Comprendía los reparos del médico y comprendía los reparos de mi amiga. Estábamos frente a un caso de incompatibilidad moral, de manera que dediqué al problema mis más potentes pensamientos: -Vas a tener que dar un escando. -dije al fin. -¿Estás loco? ¿Crees que un ginecólogo puede hacer esas cosas sin caer en la miseria?

 ¿Qué mujer iría a mi consulta? -¿Qué mujer va? Era un pobre anticuado en materia de fondos, y de formas y había que tener paciencia con él, pero, por más que se lo explicaba, se negaba a entender que la sinvergüenzadas, da más frutos que los árboles de mora, que  produce beneficios en nuestra tierra.

Buena imagen ¡Vaaa, patrañas! -Mañana, muy tranquilo, le metes mano a la primera enferma que te entre en la consulta, sin ponerte a pensar si ocupas oscultarla en sus partes intimas o no, te vas de frente sin pensar en el semáforo de la moral y las buenas costumbres. -Ni hablar.-Yo no puedo hacer eso, dijo. -Con un poquito de Whisky, sí.-Te va en ello el futuro. -Me dará una bofetada. -A lo mejor. -Y, si está casada -insistió él, muy optimista-, vendrá su marido con una pistola. -Lo dudo mucho.

Si tiene un marido capaz de agarrar una pistola, también debe de ser capaz de darle una paliza a ella y, en ese caso, no se lo dirá. -Pero, el Colegio de Médicos... -Oye: si no se lo dice al marido, menos al colegio de médicos.

 Lo que hará será contárselo a sus amigas; a lo mejor presumiendo. Y eso es lo que queremos. -¿Lo queremos? -Sí. Tú mañana le metes mano a una. Que note bien que te recreas en la suerte, aunque no digas una palabra. Que no se pueda confundir sobre tus intenciones.

Nada de toquecitos profesionales: al bulto mi amigo, como si fueras una fiera en materia de mujeres. -Me moriré de vergüenza. -Bueno, pero después. Aclaro que mi amigo trabajaba por la mañana en la Seguridad Social y, por la tarde, abría la consulta particular. Cominos juntos o, mejor dicho, comí yo preocupándome de que él se ahogara en vino, tenía que cuidar que no le fuera a pasar lo que le paso aquel cura de mi pueblo que después de una noche tormentosa, cuando llego a dar misa confundió el confesionario con baño público.

 Luego, las copas del café. -¿Cómo va ese espíritu? -Por debajo de la superficie desde hace rato. Creo que se me ha ahogado. Le ayudé a ponerse la bata y le empujé a su consultorio. La primera enferma, ni guapa ni fea, salió media hora después, mostrando unos saludables colores. No pálida de ira, sino pensativa, pero se podía leer en su semblante muy satisfecha de su consulta. -¿Qué? -le pregunté. -¡Uf! Me miraba de un modo... -¿Qué ha dicho? -Nada.

Como si no lo notara, me estuvo preguntando mucho sobre sus cuestiones personales, sus ovarios, sus partes intimas y lo que le recomendé para que se cuidara. -Esto va bien. Mira: para asegurarnos, aplícale el mismo tratamiento a la segunda. En realidad, aquella tarde había bastantes clientes y mi amigo ginecólogo no dejó escapar a una sola sin su ración de mano libre. Iba cogiéndole gusto como niño chiquito con juguete nuevo, tal parecía que su timidez era cosa del pasado. -No está tan mal. Si mañana no estoy detenido, quizá abra un poco antes y... -Ni hablar: han sido ocho visitas, ocho consultas en un solo día, creo que a este paso me voy a tener que contratar una secretaria para que me las controle.

 Tendrás que esperar al mes que viene. La voz se corrió. Y la voz decía que mi amigo era un buen médico, pero algo aprovechado. Desde entonces, su consulta empezó a prosperar y las enfermas, cuando le veían enrojecer y temblar, lo achacaban a la dificultad para reprimir sus poderosos deseos, ellas sentían que contaban con lo suyo para intimidar al joven ginecólogo.

 Hoy es un médico de éxito gracias a su falsa fama de sinvergüenza. Con este ejemplo se quiere indicar al aprendiz que los estudios que inicia en la Universidad de la vida no son un lecho de rosas: es muy difícil entender a las mujeres y, más todavía, sacar partido de lo poco que los hombres hemos averiguado de ellas al cabo de diez mil años de observaciones entusiastas.

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