CUENTO EL ARBOL Y EL NIÑO
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Había una vez, en las afueras de un pueblo, un árbol enorme
y hermoso que generosamente vivía regalando a todos los que se acercaban el
frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el increíble canto de los
pájaros que anidaban entre sus ramas. El árbol era querido por todos en el
pueblo, pero especialmente por los niños, que se trepaban por el tronco y se
balanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente. Si bien el árbol
tenía predilección por la compañía de los más pequeños, había un niño entre
ellos que era su preferido. Éste aparecía siempre al atardecer, cuando los
otros se iban.
- Hola amiguito – decía el árbol, y con gran esfuerzo bajaba
sus ramas al suelo para ayudar al niño en la trepada, permitiéndole además
cortara algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el
desgarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al
árbol las cosas que le pasaban en la casa.
Con el correr del tiempo, cuando el niño se volvió un adolescente, de un
día para otro de visitar al árbol. Años después, una tarde, el árbol lo ve
caminando a lo lejos y lo llama con entusiasmo: - Amigo... amigo... Ven,
acércate... Cuánto hace que no venias... Trépate y charlemos. - No tengo tiempo
para esas estupideces –dijo el muchacho. - Pero disfrutábamos tanto juntos
cuando eras niño... - Antes no sabía que se necesitaba dinero para vivir, ahora
busco dinero. ¿Tienes para darme? El árbol se entristeció un poco, pero se
repuso enseguida. - No tengo, pero tengo mis ramas llenas de frutos. Puedes
subir y llevarte algunos, venderlos y obtener el dinero que ocupas... - Buena
idea – dijo el muchacho, y subió por la rama que el árbol le tendió para que se
trepara cuando era niño.
Luego arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que
todavía no estaban maduros. Llenó con ellos unas bolsas de arpillera y se fue
al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias,
pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes que cerraran los compradores.
Pasaron casi diez años hasta que el
árbol vio otra vez a su amigo. Era un adulto ahora.
- Que grande estás – le dijo emocionado -, ven, súbete,
platiquemos como cuando eras niño. - No entiendes que ando muy preocupado
porque necesito tener una casa ¿Podrías
acaso darme una? El árbol pensó unos minutos. - No, pero mis ramas son fuertes
y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas. El joven salió
corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde llegó con una sierra y
empezó a cortar ramas, tanto secas como verdes. El árbol sintió el dolor, pero
no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable. Una por una, todas
las ramas cayeron dejando el tronco pelado. El árbol guardó silencio hasta que
terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una
mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.
Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era
demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas. Que lo alimentaran.
Quizás por eso, cuando diez años después lo vio venir, solamente dijo. - Hola.
¿Qué necesitas esta vez? - Quiero viajar. Pero ¿qué puedes hacer por mí? No
tienes ramas ni frutos para vender. - Qué importa, hijo –dijo el árbol -,
puedes cortar mi tronco, total yo no lo uso. Con él podrías hacer una canoa
para recorrer el mundo.
- Buena idea – dijo el hombre. Horas después volvió con un
hacha y taló el árbol. Hizo su canoa y se fue. Del árbol quedó sólo el pequeño
muñón al ras del suelo. Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo
para que le cuente de su viaje. Nunca se dio cuenta de que ya no volverá. El
niño ha crecido y esos hombres no vuelven donde no hay nada para tomar. El
árbol espera, vació aunque sabe que no tiene nada más para dar.
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