CONQUISTA DE
MICHOACAN NAYARIT Y SINALOA
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRONTEGUI
En 1530 Nuño
de Guzmán, salió de la ciudad de México con un ejército compuesto de 300
españoles y 10 000 mexicanos, otomíes, tlaxcaltecas y tarascos. Iba en busca
del legendario reino de las amazonas que la tradición situaba hacia el
noroeste, más allá de la Sinaloa actual. Marchó Guzmán rumbo a Michoacán por la
margen del río Grande o Lerma, vadeándolo por un punto llamado Conguripo, donde
se le incorporó Chirinos con el rey Calzontzin y su gente de guerra.
En este lugar
se dijo una misa, para lo cual se formó una amplia enramada, poniéndose después
los cimientos de un templo, al que se le dio el nombre de Nuestra Señora de la
Purificación; se pasó revista general, o como se decía entonces, se hizo alarde
de la gente. La conquista del occidente por el más cruel de los jefes españoles
comenzó de manera trágica: con el tormento y la muerte atroz del rey
Calzontzin, uno de los más poderosos señores tarascos (purhépecha) y quien
había recibido muy bien a los españoles.
La codicia de
oro de Nuño Beltrán de Guzmán precipitó el fin de Calzontzin, lo que causó gran
escándalo en la Nueva España y en Europa. Guzmán por dondequiera incendió
pueblos y vejó a sus habitantes. Le precedía la noticia del asesinato de
Calzontzin y de las barbaridades que venía cometiendo su numeroso ejército.
Muchos
pueblos, convencidos de que no podrían resistir, recibieron en paz a los
invasores, los otros pelearon con bravura pero salieron derrotados gracias a la
superioridad numérica y a la artillería de las fuerzas de Guzmán. Nuño Beltrán
de Guzmán marchó a sangre y fuego de Ixtlán a Ahuacatlán, conducta que
contrasta en todo con la que siguió el capitán Cortés. Antes de llegar a
Ahuacatlán, un gran número de los habitantes de estos pueblos cerró el paso a
los conquistadores; se libraron algunos combates, pero en vano.
Habiendo
tomado posesión del pueblo de Ahuacatlán, que también se adjudicó, Guzmán
extorsionó a los indios para que le entregaran oro y plata y los obligó a que
le dieran 800 "tamemes" o cargadores. Los de Ahuacatlán habían tenido
guerras con los de Zihuatlán y Xuchipil, a los que habían vencido en cuanto
Guzmán sujetó a los ahuacatecos, ordenó la libertad de aquellos vencidos, con
lo que se les atrajo al grado que fueron los primeros que se hicieron
cristianos.
Después de cuatro
días que pasó Guzmán en Ahuacatlán organizó sus fuerzas y siguió su camino;
pasó por el Ceboruco llevando consigo presos a los caciques. Llegó a Tetitlán,
que se hallaba abandonado por completo, pues sus habitantes, temerosos de las
tropelías del conquistador, habían huido a sus pueblos, en paz, como siempre
habían estado.
Gran parte de
los excesos eran cometidos por los indios, aliados que Guzmán no había podido o
no había querido reprimir; pero en esta ocasión, temiendo seguramente que
siguieran los alzamientos y entorpecieran el éxito de su conquista, el español
mandó llamar a los capitanes de los indios y les ordenó que hicieran saber a su
gente que debían de abstenerse de tratar mal a los naturales, de incendiar sus
pueblos, de robarlos y de hacer otros males.
Nuño Beltrán
de Guzmán les advirtió que si no obedecían sus órdenes serían ahorcados, con lo
que se reprimieron en parte tan lamentables desórdenes. Después de una batalla
muy dura por Xalisco (Nayarit), Nuño Beltrán de Guzmán entregó los pueblos de
la zona a sus aliados, que incendiaron las casas, aprisionaron a sus habitantes
y atormentaron a los presos. Cuando los de Acaponeta (Nayarit) supieron las
atrocidades que los invasores venían cometiendo, cundió el terror y decidieron
huir a las montañas. Los habitantes de Centispac, excelentes soldados,
fogueados en las constantes luchas que mantenían con los serranos, escogieron
la resistencia y vendieron cara su libertad en una gran batalla.
Después de
que Guzmán venció algunas dificultades que tuvo con los indios aliados para
terminar con los incendios y las tropelías que asolaron la rica provincia
conquistada (sus habitantes huyeron, y los que pudieron hacerlo se remontaron a
la sierra), logró que los que se fueron salieran poco a poco de los esteros y
manglares donde se habían refugiado y regresaran a sus pueblos (López Portillo
y Weber).
Fray
Bartolomé de las Casas, en su Tratado de la Destrucción de las Indias, dice lo
siguiente: Pasó este gran tirano capitán “Nuño de Guzmán”, de lo de Mechoacán á
la provincia de Xalisco, que estaba entera y llena como una colmena de gente
pobladísima y fertilísima, porque es de las fértiles y admirables de las
Indias; pueblo tenía que casi duraba siete leguas su población; entrando en
ella, salen los señores y caciques con presentes y alegría, como suelen todos
los indios, a recibir.
Comenzó a
hacer las maldades y crueldades que solía, y que todos allá tienen de costumbre
y muchas más, por conseguir el fin que tienen por Dios, que es el oro; quemaba
a los pueblos, prendía a los caciques, dábales tormentos, hacía a cuantos
tomaba esclavos, llevaba infinitos atados a cadenas; las mujeres paridas yendo
cargadas con cargas que de los malos cristianos llevaban, no pudiendo llevar
las criaturas por el trabajo y flaqueza de hambre, arrojábanlas por los
caminos, donde infinitas perecieron (......).
Entre otros
muchos, hizo herrar por esclavos, injustamente, siendo libres como todos lo
son, cuatro mil y quinientos hombres y mujeres y niños de un año a los pechos
de las madres, y de dos y tres y cuatro y cinco años, aún saliéndole a recibir
de paz, sin otros infinitos que no se contaron. Acabadas infinitas guerras,
inicuas y infernales matanzas en ellas que hizo, puso toda aquella tierra en la
ordinaria y pestilencial pesadumbre tiránica que todos los tiranos cristianos
de las Indias suelen y pretenden poner á aquellas gentes, en la cual consintió
hacer á sus mismos mayordomos y a todos los demás, crueldades y tormentos nunca
oídos, por sacar a los indios oro y tributos.
Mayordomo
suyo mató muchos indios, ahorcándolos y quemándolos vivos y echándolos a perros
bravos, y cortándoles pies y manos y cabezas y lenguas, estando los indios de
paz, sin otra causa alguna, más de por amedrentarlos, para que le sirviesen.
Los serranos,
que siempre habían sido enemigos de la gente de los llanos, al saber que las
tropas de Guzmán habían vencido a Centispac (Nayarit) aprovecharon la
oportunidad para terminar con los restos de su grandeza. A todas las
calamidades sufridas por aquellos pueblos vino a sumarse un arraz ante ciclón
unido a una inundación tremenda. Como consecuencia de las torrenciales lluvias
que cayeron por espacio de muchos días, los ríos inundaron todos los campos por
muchos kilómetros a la redonda, llevándose las poblaciones de los indios y los
campamentos de los españoles. Guzmán y parte de su gente se salvaron en las
alturas de algunas colinas y en las copas de los árboles.
Peña Navarro
apunta: Se ahogó casi una tercera parte de los indios aliados a los españoles y
una multitud de los naturales que perecieron, también, por el hambre y la peste
que sobrevino cuando cesaron las lluvias, pues juntamente con el exagerado
calor y los miasmas que se desprendían de los cenegales y los cadáveres en
putrefacción, se agravó la situación con el sinnúmero de sabandijas de diversas
clases que aparecieron y que comían las gentes acosadas por el hambre, causa
por la que morían muchísimos de los infelices que se habían salvado del furor
de las aguas, contándose entre los muertos el capitán general de los indios que
acompañaban a Guzmán, llamado Motctzomantzin, y los capitanes Quechotilpantzin,
Cahuitzin, Tencacaltzin y Choltzin, aproximándose a treinta mil el número de
muertos entre conquistados y conquistadores.
Tal fue el
resultado de la catástrofe que empezó el 20 de septiembre de 1530. Por Jalisco
y Tepic algunos jefes quisieron aprovechar el desastre para vengarse de los
españoles y de los mexicanos, pero tan pronto como el tremendo Nuño Beltrán de
Guzmán se enteró de sus intentos, mandó una expedición a castigarlos a sangre y
fuego, en una forma horrible. No hubo compasión por nadie.
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