ADOLESCENCIA “DIVINO TESORO”
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Quizás las noticias que los adultos recibimos y nos
inquietan, no sean las que llaman la atención de los jóvenes en estos días,
quizás no… no sé. No me animo a preguntar qué les preocupa a ellos hoy. Llamar
su atención es difícil, ¡lo que sería plantearles temas preocupantes! No todos,
claro, están los que se interesan y más en serio que los adultos, la verdad.
Porque si algo tienen los jóvenes, son pilas.
Pero esa energía, ¿adónde va a parar? Los adultos no podemos
ignorar ¿en qué anda? esta enorme población juvenil que tenemos en nuestro
país. Algunos les llaman “recurso” otros “El futuro”. Yo apuntaría a las
personas, a las comunidades, a sus razones, a su imaginación, a sus aportes y a
su simple y bella existencia. Ya es bueno que estén aquí. No sé si la expresión
“recurso humano” o “mano de obra” da a entender ese valor intrínseco.
El Papa decía antes
de renunciar que “La incertidumbre y la fragilidad que caracterizan a tantos
jóvenes a menudo les empujan a la marginalidad y les hace casi invisibles y
ausentes en los procesos culturales e históricos de las sociedades”. Yo también
me pregunto por los nuestros, ¿se sentirán queridos, apreciados, acogidos? La
mayoría habla de vivir el momento, pero la intensidad de esto depende en gran
medida de las oportunidades que les damos y de nuestro ejemplo, porque, de lo
contrario, todo lo que critican de nosotros lo reproducen en un triste
espectáculo de superficialidad, prepotencia y egoísmo.
Cuando digo ejemplo, me refiero a que viendo en nosotros un
enorme deseo de vivir, de aportar, de construir, viendo en nosotros una
apertura sana hacia la realidad, ellos despierten y no tengan miedo de
relacionarse con todo lo que les ocurre. Los jóvenes cuando tienen la
oportunidad en ser escuchados “Piden cosas” y los adultos terminamos dándoles
discursos huecos llenos de cursilería o con promesas incumplibles.
Ojalá y les estimulemos a ser protagonistas, sin quitarnos
de encima nuestro rol, que es guiarlos sobre la base de nuestra experiencia.
Para eso estamos nosotros, no para fingir ser adolescentes para entrar “en
onda, ni ser cuates de nuestros hijos”, no para esconder nuestros errores, para
parecer lo que no somos, sino para guiarlos basándonos en lo que ya hemos
experimentado antes.
Muchos de nosotros recordamos la ingratitud social, otros
conocemos la historia de nuestro país, muchos compartimos la fe, la mayoría
practicamos nuestras tradiciones. Todo ello es una herencia valiosa que podemos
y debemos entregarles. Ellos decidirán qué hacer con ella. Pero ¿será que les
estamos tomando en serio? De no hacerlo, sus deseos de belleza, de justicia, de
igualdad se van taponando con cinismo, con actitudes destructivas. Einstein
decía: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.
La esperanza es una certeza basada en un acontecimiento ya
dado en otras circunstancias. Por ejemplo, cuando se enferma un niño y su madre
no tiene dinero ni para la consulta, de pronto aparece la ayuda esperada.
Cuántas cosas de estas pasamos en familia.
En la misma historia de todos hay anécdotas de ese tipo, en
las que imprevistos cambiaron el rumbo a nuestro favor. Esperanza, mañana
volverá a ocurrir lo imprevisto, como aquellas veces en que la positividad de
la vida se hizo sentir. ¿Quién tiene esperanza? El que puede rememorar con
apertura. ¿Quién puede esperar el tiempo apropiado para cada cosa y así
disfrutar más de la vida? Quien cree.
Espera quien cree en esta positividad de la vida. Si
reducimos nuestra esperanza al cumplimiento de un proyecto político o financiero
es posible que quedemos defraudados. Pero no es la vida la que engaña. Es más
bien un proceso de autoengaño, de desproporción entre lo que pedimos a un olmo
y lo que este es capaz de darnos. A los adolescentes y a los niños vale la pena
educarlos en la espera. Los sicólogos hoy insisten en la necesidad de que los
padres estén atentos en no cubrir de inmediato todos los pedidos de los niños.
Una personita que no está habituada a esperar: los dulces
del cumpleaños, el turno en la fila, la palabra en la conversación, es un
futuro adolescente que quiere tragarse la vida de un sorbo y luego quedar
"indispuesto" internamente. ¿Cuántas culpas y desórdenes sicológicos
de adultos tienen que ver con no haber sabido esperar el momento? De qué sirve ser
eficiente sacando cuentas o terminar múltiples proyectos laborales en la semana
si al final del día llegamos derrotados por que invertimos toda nuestra energía
en elementos externos y no en nosotros mismos. Yo soy de los que se consume en
tareas repetitivas como si dedicara toda una vida a estar sacando agua de una
noria y tratar de llenar un balde con múltiples pozos.
Pierdo la paciencia y me exijo ir más rápido, me enojo con
las distracciones que llamamos vida...
Es cierto que hay que ser responsables con lo que nos toco
hacer pero eso también incluye ser más consecuentes con el tiempo que tenemos.
Invertirlo en lo que nos hace realmente felices.
Recordar mis veintes años me alegra porque a pesar de
carecer de camino mi alma estaba intacta, llena, era fácil alegrarla, no perdía
de vista lo bueno del día por temas que son secundarios, ni consumía odio tan
fácilmente y, en resumen, a pesar de no tener nada material o profesional de lo
que poseo hoy día invertía mas en lo que realmente es valioso y hace hacía que
mi vida fuese más que satisfactoria.
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