jueves, 27 de julio de 2023

 

PEREGRINO DE CONTRA ESTACA 

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Cada vez estoy más convencido que Dios existe y las pruebas de su existencia se dejan sentir por toda la tierra. Los científicos en principio tampoco estaban convencidos pero al verse humillados ante el sin número de pruebas han tenido que admitirlo. Las pruebas de las que hablo muchas veces no pueden ser medibles, registradas pero allí están para quien logre entenderlas. Existen personas que son la reencarnación de Dios y otras que no merecen ser mencionadas por el tipo de manifestaciones que accionan en sus actos.

Unos merecen ser llamados humanos y otros desean ser llamados de esta forma por supuestos dones que poseen y caminan tranquilos engañando al prójimo. En los rincones más apartados viven personas que esperan tranquilamente haciendo y viviendo en la manera que les place porque ellos confían en Dios.

 Otros pululan en las grandes urbes y lo son de diferentes clases sociales cuya apariencia no denota un rasgo que los distinga para ser considerados como humanos. Los pensamientos pequeños no alcanzan la grandeza ni se acercan al ideal deseado cuya belleza espiritual y obras los aproximen a ese camino. Acabar nuestras obras en la vida es el principio rector sin que dejemos nada suelto o en obra negra y el alma es la obra inacabada que Dios desea dejemos antes de partir. Las estrellas pululan en el cielo los senderos que iluminan la oscuridad de vidas sombrías. A unos los hacen soñar, sentir que pueden volar sin embargo esas estrellas se mantienen inalcanzables, distantes tan lejos y tan cerca de los soñadores románticos.

Cada estrella, así como cada persona es distinta y alumbra el camino de manera diferente entre las ideas y lo que valoramos como felicidad o la meta que perseguimos. La vida trascurre entre iluminación y oscuridad, en donde se puede ser bueno o malo. Mal portados y rectificadores pero al fin de cuentas somos criaturas inacabadas, propensas al miedo que anuncian su existencia deseándola llevarla más allá de las estrellas. Todos concurrimos en gustos y disgustos, ese alguien que no es visto y desea ser admirado, penetrar la memoria colectiva para que su semilla después de muerto sea mencionada, pero la semilla en múltiples ocasiones se niega a germinar ante la falta de virtudes y muere.

Otras semillas florecerán aun en lo difícil de su vida y ellas sin pretender ser recordadas no morirán. Ese designio de Dios tal vez nunca lo sabremos, sin embargo comprendemos que ser uno en lo posible antes de darnos cuenta la luz de una estrella fugaz ilumina nuestra alma para que mantenga encendido la flama del corazón. Grandes cosas aun los seres humanos tenemos que aprender y conforme los años pasan, la luz se acerca para que todos estemos allí y ver el final de nuestros días en medio de nuestra oscuridad.

Esta historia inicia un 11 de Diciembre del año 1600.- Hernando de Santarén llega  al poblado de pueblo viejo acompañado del capitán Gaspar de Tapia. De allí pasan a Contraestaca y en ese pequeño poblado minero da la orden que ningún Indio deberá salir de la población y a quien no obedezca se le darán 200 azotes. Hernando de Santarén sabía que en esas tierras Tepehuanas Vivian indios que adoraban ídolos, por lo que le encargo al Capitán que buscara en donde los tenían escondidos y los destruyera, además tomaron unos cuantos indios a los que les dieron 6 azotes para que fueran a bajar a los otros que se encontraban escondidos en la serranía.

Le llegó la noticia al Padre Jesuita que un indio que se hacía llamar Pedro, sin estar bautizado había tomado el nombre español y se dedicaba a engañar a los otros Indios. Santarén llevaba consigo a un indio Tepehuano que ya había bautizado, casado con una India Tepehuana y enseñado la doctrina católica de nombre Juan.

Este indio fue aprendiendo con devoción las cosas de la santa fe católica y se mostraba muy amigable con los españoles por ello el capitán lo aparto para darle instrucciones sobre lo que tenía que hacer después de que los españoles se marcharan a continuar su recorrido. Lo traían vestido con ropa española, corto el pelo y le dio un caballo para que fuera por las cercanías a exhortar a otros indios para que aprendan la doctrina, se bauticen y se casen, además los convenza para que se vayan a vivir al pueblo de Contraestaca.

El capitán le pidió que dijera a los indios que dejaran sus ídolos y si no lo hacía Juan le diría al capitán cuales indios tienen ídolos para irlos a decomisar y quemar. Ubicó a Pedro el indio quien tenía dos mujeres y su hermano otras dos en una ranchería cercana a Santa Apolonia.

El capitán lo agarro y le dio cinco azotes y le dijo que fuera a traer otros indios y les dijera que sino venían iría por ellos y les daría mayor número de azotes. El Indio Pedro apareció al otro día con varios indios acompañándolo. Luego el capitán junto al indio Juan con el indio Miguel para que fueran juntos a traer indios con la misma amenaza del azote a quien no obedezca. El padre Santarén al marcharse deja encargado del control de los Indios a el Indio Juan, quien con los años fue conocido por el Peregrino. Los familiares del Indio Juan continuaron la tradición misma que se perdió aproximadamente por el año 1930, sin conocerse quien fue el último de los descendientes de Juan que realizaba la labor encomendada en 1600.

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