CUENTO (El cura y el estudiante)
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
El joven salió del pueblo a estudiar la Universidad. Creció
huérfano de madre y desde muy pequeño,
estaba franqueado por una realidad absolutamente de soledad. Los muchachos lo
hacían objeto de bromas crueles y le colgaban los apodos más denigrantes del
humor. En los años de escuela primaria los maestros se veían forzados a
sentarlo con ellos en busca de controlarlo un poco, así creció, en la soledad y
sin amigos. El día que su papa murió, el
cura del pueblo amaneció crudo y fue requerido para la misa y el sepelio,
negándose a dar la misa de cuerpo presente, así que el cajón fue llevado al
panteón sin el agua bendita, por lo que no se cumplió con darle cristiana
sepultura.
Sollozos, ruegos y pedidos de joven estudiante Universitario
parecían fortalecer la terminante negativa, no hubo forma de convencerlo y el
difunto debió ser enterrado sin recibir la bendición y sin que una plegaria
sacerdotal se elevara por su alma. A partir de esta situación el muchacho
pasaba pensando en la duda que despertó esa acción y el monopolio divino al que
se enfrentaba la sociedad.
Tres años después llego al pueblo convertido en estudiante
Marxista/Leninista y se dio a la tarea
hacer que la gente escuchara su voz que, en un destartalado vehículo, recorría
las calles repitiendo desde el parlante: ¡El agua bendita, no tiene nada de
bendita, es una estafa, el sacerdote no es representante de Dios en la
Tierra! Por supuesto nadie tomo en serio
al muchacho y cuando pasaban junto a este se persignaban como si hubieran visto
al mismo demonio, llegaron a
considerarlo un nuevo loco en el pueblo. Empezó a usar barba, se dejó crecer el
pelo y adoptó movimientos pausados, andaba por las veredas de las zonas más
alejadas hablando con los jóvenes y los campesinos diciéndoles que Dios no
existía, que era un invento de los curas para sacar dinero de la ignorancia de
los pobres, que él había estudiado a Carlos Maxs, Federico Engels, Friedrich
Nietzsche y otros clásicos considerados ateos por la iglesia católica. No falto
quien avisara al sacerdote y en respuesta aprovecho a las mujeres beatas para
hacerle la guerra y que dijeran que se había vuelto loco. La gente se empezó a
burlar por órdenes salidas desde el curato a través de las beatas quienes
dejaban claro que si hacían caso del muchacho serian excomulgados y no tendrían
los servicios religiosos al momento de morir.
El muchacho vivía solo y los alimentos se los preparaba una
de la cera perpetua. Un día cayó enfermo y la gente aunque sabía que se estaba
muriendo “Nadie” le ofrecía un vaso de agua por miedo a la reacción del cura.
El clérigo le pedía a la de la cera perpetua que antes de llevarle los
alimentos los pasara por la sacristía para bendecirlos. El párroco se presento
a ofrecerle los santos oleos, su cara estaba llena de felicidad al ver rendido
al muchacho, indefenso ante la enfermedad y sin ayuda se alegraba en ver la
desgracia de aquel joven que se había atrevido a contrariar su ley divina y no
perdía la esperanza en demostrarle al pueblo que la desgracia que se cernía
sobre el “Era castigo divino” por su sacrílega actitud y sus ideas ateas.
El clérigo deseaba que muriera lentamente para que el pueblo
viera que la mano de Dios estaba exclusivamente en su mano y a cada sermón
desde el pulpito exclamaba que no perdía la esperanza de que, aunque fuese en
el último instante, se arrepintiera de su sacrílega actitud. Los días
transcurrían, y el enfermo, ni se curaba, ni moría, mientras las beatas se
hacían presentes a darle agua y comida la cual el mismo clérigo se encargaba en
bendecir. En las calles del pueblo era motivo de platica el estado del muchacho
por desobedecer a Dios y para que sanara se requería que aceptara ir a la
iglesia a misa de Domingo y ante todo el pueblo admitir que estaba equivocado
“Ese era el milagro esperado”
El joven permanecía en el catre con los ojos cerrados y un
mundo de moscas revoloteando, respiraba en forma tan pausada que apenas se llegaba a percibir que
aún estaba vivo. El cura mando organizar rosarios a un lado del catre del
enfermo y las mujeres oraban tomadas de la mano pidiendo que se alejara el
demonio de su alma. Ellas pensaban que con ello estaban ganando canonjías para
accesar al cielo, que estaban dando amor, caridad al alma errante y perdida.
Rezaban, 50 mujeres junto al enfermo y
mantenían velas prendidas en el pequeño cuarto. Mientras el ungido comentaba
que el hijo descarriado no sería abandonado por Dios.
Por momentos el joven se daba cuenta del teatro montado y
sonría olvidando los males que le aquejaban, mientras el cura lo bendecía con
agua bendita y conforme consumía lo que la de la cera perpetua le ofrecía más mal se veía con el paso de los
días. El se dio cuenta de lo que pasaba pero la falta de fuerzas le impedía
oponerse al consumo de alimentos.
Su salud se deterioraba inexorablemente, las mujeres
exclamaban que no quería salir de su error negando la mano divina. El párroco seguía excomulgándolo por
blasfemo, pero todos los esfuerzos seguían igual que al principio. El pueblo
exigía que el párroco debiera tomar medidas más extremas porque en cierta forma
el muchacho estaba poseído por el demonio y el único capaz en rescatarlo era el
sacerdote.
El clérigo tuvo que salir unos días del pueblo y las beatas
se encargaron en proveer la comida, sin la bendición con agua santa. En forma
súbita, su estado de ánimo cambió y recuperó la salud perdida. Esto lógicamente
fue discutido por la gente del pueblo como un milagro y se dio gracias a que el
párroco había salido a la catedral cercana a rezar por el joven, situación que
se fue extendiendo como un milagro concedido al cura por gracia de Dios. El
joven salió del pueblo para “Jamás regresar” Han pasado los años y el milagro
del clérigo se continua comentando, se han enviado cartas al papado para que
sea beatificado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario