CUENTO (Guachito: Hijo de soldado)
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
¡No, me gusta que me llamen con apodos! El tipo insistía.-
Es que así, te decíamos de niño- Me vale.- Muchas personas tienen un apodo
“Alias”, sobre nombre, algunas veces afectivo, otras despectivo, pero ligado a
su personalidad que se ha convertido en la manera más común de hablar sobre
ellos. A mí me molesta tanto que me digan un apodo que soy capaz en mentarles
el diez de mayo para que dejen en hacerlo.
En las tardes,
después de comer, solíamos juntarnos en la escuela amarrilla (Primaria), debajo
de un tamarindo. Ahí, sacábamos las manillas, pelota, bate, careta, hacíamos
los dos equipos y comenzábamos a jugar béisbol. Así pasábamos el rato. Una tarde, mientras jugábamos se acerco una
señora preguntando por Luis Ángel. Me pregunto que si no había visto a Luis
Ángel. Yo, con cara de afligido le conteste que no lo conocía. Luego alzando la
voz les grito a todos que si alguien había visto a Luis Ángel.
Nos volteamos a ver
con cara de yo no sé y le dijimos que no lo conocíamos. Pero cómo es posible
dijo la señora, que no lo conozcan, si todos los días viene a jugar con
ustedes. Se hizo un silencio y empezamos a voltear para ver quién nos faltaba
esa tarde en el equipo. De pronto me di cuenta que el único que no estaba era
el guachito y le dije: El Guachito me dijo que no vendría porque se iría a ver
una tía cerca de su casa.
La señora me dio las gracias y se marcho. Hasta ese día me
entere que el guachito, se llamaba Luis Ángel, yo siempre pensé que se llamaba
Guachito porque a su papa también toda la gente le decía Guacho (Trabajaba de
soldado, los adultos así le decían). Lo que si medio sabia era su apellido
porque lo escuchaba cuando el maestro pasaba lista o preguntaba por un alumno
que no llegaba a la escuela para que le informáramos el porqué no había asistido.
Ahora, después de
tantos años me doy cuenta que el desprecio y los apodos nacen desde nuestra
maldad buscando menoscabar a la persona a la que se los ponemos, es una forma
de despersonalizarlos, hacerlos menos, es como si tuviéramos una forma de envidia
que en este caso queremos que la persona se sienta mal, le causemos disgusto
por la morbosidad con la que se los ponemos. Es una forma de afectarles la
vida, de hacerles pasar un mal rato llegando incluso a que aquella persona nos
odie.
Muchas personas creen
que son graciosas cuando hacen esta situación o a veces son los mismos padres
quienes sin ningún respeto por la personalidad de su hijo le pone un sobre
nombre o apodo y termina burlándose del hijo logrando con ello, que el hijo
desencadene una parte del veneno llamado odio.
Los “alias” hacen
mucho daño, sobre todo los que ponen los maestros o personas allegadas ya que
no tiene nada de positivo el denigrar a la persona y sólo buscan burlarse, a
veces sin ningún motivo, “Joden porque sí nada más”, el que lo pone, no es una
persona agraciada o ella misma presenta demasiados problemas con su
personalidad y no se atreve a enfrentar sus propios demonios, es por eso que
saca esos “Alias” y creen que al hacerlo son personas superiores de a quien se
los ponen.
Narro esta
anécdota porque de niño fui víctima de
lo mismo y para ilústralos es hora que un simplón de vez en cuando deseando
darse importancia en haberme conocido en la infancia sin más ni más se deja
venir soltándome un apodo a lo que normalmente le corrijo diciéndole ¡Me llamó
Ramón! Y no me gusta que me sustituyan el nombre con el que fui registrado.
Muchas veces los apodos se van llevando toda la vida y las
personas que conviven con nosotros no saben realmente como nos llamamos como es
el caso del Guachito del que les hablaba al principio. Durante la primaria la
gran mayoría recibimos apodos burlescos que no tienen nada que ver con nuestra
identidad o personalidad, lo que sí es un hecho es que tratan de exacerbar un
rasgo que según el que lo pone se debe ver a pesar de que este oculto y pueden
ser, en gran medida, un punto de partida respecto a la imagen que nos formamos
de una persona.
Yo, en lo personal
¡Rechazo cualquier apodo! Incluso de manera poco cortes sobre todo al no
considerarlo adecuado, no me agrada servir de ricción a nadie. Aunque los
apodos de la primaria, suelen olvidarse al paso del tiempo, no falta el simplón
burlesco que se para frente a ti y te suelta el apelativo haciéndose el
gracioso.
Los apodos que se
refieren a deficiencias físicas, son fatales y muchos niños no saben cómo
enfrentarlos ya que se dan desde un defecto visible que provoca sufrimiento.
Recuerdo un amigo en secundaria al cual no le gustaba participar en clase y le
pusieron el “Mudo” llego el momento que le daba miedo hablar por la burla que
esperaba y cuál no sería nuestra sorpresa que estando en bachillerato lo
encontré participando en mi contra en un concurso de oratoria.
Es cierto que muchas
veces conocemos a una persona por su apodo y nunca por su nombre verdadero. Mi
padre un día me mando con el “Kiko” y siempre pensé que se llamaba en esta
forma, a los años comprendí que en principio era mi tío y que su nombre era
Francisco. En otra ocasión escuche que a un joven le decían Kiko y queriendo
corregir a los muchachos de bachillerato les dije que lo llamaran por su nombre
“Francisco” Estos terminaron riéndose y señalando ¿A, que profe tan ingenuo? Le
decimos Kiko porque se parece al que sale en la T.V. del chavo del ocho.
Recuerdo que en mi época en primaria los profesores no
tenían apodos y si los tenían es porque personas adultas de la población se los
habían puesto en busca de ofenderlos o burlarse de ellos, es por eso que para
erradicar este mal lo mejor es mentarles el diez de mayo desde la primera ocasión
para que no se olviden en el resto de su vida que merecemos respeto.
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