jueves, 27 de julio de 2023

 

CUENTO (Guachito: Hijo de soldado)

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

¡No, me gusta que me llamen con apodos! El tipo insistía.- Es que así, te decíamos de niño- Me vale.- Muchas personas tienen un apodo “Alias”, sobre nombre, algunas veces afectivo, otras despectivo, pero ligado a su personalidad que se ha convertido en la manera más común de hablar sobre ellos. A mí me molesta tanto que me digan un apodo que soy capaz en mentarles el diez de mayo para que dejen en hacerlo.

 En las tardes, después de comer, solíamos juntarnos en la escuela amarrilla (Primaria), debajo de un tamarindo. Ahí, sacábamos las manillas, pelota, bate, careta, hacíamos los dos equipos y comenzábamos a jugar béisbol. Así pasábamos el rato.  Una tarde, mientras jugábamos se acerco una señora preguntando por Luis Ángel. Me pregunto que si no había visto a Luis Ángel. Yo, con cara de afligido le conteste que no lo conocía. Luego alzando la voz les grito a todos que si alguien había visto a Luis Ángel.

  Nos volteamos a ver con cara de yo no sé y le dijimos que no lo conocíamos. Pero cómo es posible dijo la señora, que no lo conozcan, si todos los días viene a jugar con ustedes. Se hizo un silencio y empezamos a voltear para ver quién nos faltaba esa tarde en el equipo. De pronto me di cuenta que el único que no estaba era el guachito y le dije: El Guachito me dijo que no vendría porque se iría a ver una tía cerca de su casa.

La señora me dio las gracias y se marcho. Hasta ese día me entere que el guachito, se llamaba Luis Ángel, yo siempre pensé que se llamaba Guachito porque a su papa también toda la gente le decía Guacho (Trabajaba de soldado, los adultos así le decían). Lo que si medio sabia era su apellido porque lo escuchaba cuando el maestro pasaba lista o preguntaba por un alumno que no llegaba a la escuela para que le informáramos el porqué no había asistido.

 Ahora, después de tantos años me doy cuenta que el desprecio y los apodos nacen desde nuestra maldad buscando menoscabar a la persona a la que se los ponemos, es una forma de despersonalizarlos, hacerlos menos, es como si tuviéramos una forma de envidia que en este caso queremos que la persona se sienta mal, le causemos disgusto por la morbosidad con la que se los ponemos. Es una forma de afectarles la vida, de hacerles pasar un mal rato llegando incluso a que aquella persona nos odie.

 Muchas personas creen que son graciosas cuando hacen esta situación o a veces son los mismos padres quienes sin ningún respeto por la personalidad de su hijo le pone un sobre nombre o apodo y termina burlándose del hijo logrando con ello, que el hijo desencadene una parte del veneno llamado odio.

 Los “alias” hacen mucho daño, sobre todo los que ponen los maestros o personas allegadas ya que no tiene nada de positivo el denigrar a la persona y sólo buscan burlarse, a veces sin ningún motivo, “Joden porque sí nada más”, el que lo pone, no es una persona agraciada o ella misma presenta demasiados problemas con su personalidad y no se atreve a enfrentar sus propios demonios, es por eso que saca esos “Alias” y creen que al hacerlo son personas superiores de a quien se los ponen.

 Narro esta anécdota  porque de niño fui víctima de lo mismo y para ilústralos es hora que un simplón de vez en cuando deseando darse importancia en haberme conocido en la infancia sin más ni más se deja venir soltándome un apodo a lo que normalmente le corrijo diciéndole ¡Me llamó Ramón! Y no me gusta que me sustituyan el nombre con el que fui registrado.

Muchas veces los apodos se van llevando toda la vida y las personas que conviven con nosotros no saben realmente como nos llamamos como es el caso del Guachito del que les hablaba al principio. Durante la primaria la gran mayoría recibimos apodos burlescos que no tienen nada que ver con nuestra identidad o personalidad, lo que sí es un hecho es que tratan de exacerbar un rasgo que según el que lo pone se debe ver a pesar de que este oculto y pueden ser, en gran medida, un punto de partida respecto a la imagen que nos formamos de una persona.

 Yo, en lo personal ¡Rechazo cualquier apodo! Incluso de manera poco cortes sobre todo al no considerarlo adecuado, no me agrada servir de ricción a nadie. Aunque los apodos de la primaria, suelen olvidarse al paso del tiempo, no falta el simplón burlesco que se para frente a ti y te suelta el apelativo haciéndose el gracioso.

 Los apodos que se refieren a deficiencias físicas, son fatales y muchos niños no saben cómo enfrentarlos ya que se dan desde un defecto visible que provoca sufrimiento. Recuerdo un amigo en secundaria al cual no le gustaba participar en clase y le pusieron el “Mudo” llego el momento que le daba miedo hablar por la burla que esperaba y cuál no sería nuestra sorpresa que estando en bachillerato lo encontré participando en mi contra en un concurso de oratoria.

 Es cierto que muchas veces conocemos a una persona por su apodo y nunca por su nombre verdadero. Mi padre un día me mando con el “Kiko” y siempre pensé que se llamaba en esta forma, a los años comprendí que en principio era mi tío y que su nombre era Francisco. En otra ocasión escuche que a un joven le decían Kiko y queriendo corregir a los muchachos de bachillerato les dije que lo llamaran por su nombre “Francisco” Estos terminaron riéndose y señalando ¿A, que profe tan ingenuo? Le decimos Kiko porque se parece al que sale en la T.V. del chavo del ocho.

Recuerdo que en mi época en primaria los profesores no tenían apodos y si los tenían es porque personas adultas de la población se los habían puesto en busca de ofenderlos o burlarse de ellos, es por eso que para erradicar este mal lo mejor es mentarles el diez de mayo desde la primera ocasión para que no se olviden en el resto de su vida que merecemos respeto.

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