INDULGENCIA Y
CARIDAD
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
El ser
humano, es aquella persona en que, con más frecuencia se encuentra en la
obligación de pensar al actuar en razón de los demás. En donde su relación de
convivencia no es por la relación con lo que produce o se paga sino por su
relación con el ser que lo lleva a cabo. Cada ser humano es alguien en sí
mismo, ciertamente necesitado y dependiente de otros, pero sujeto de su ser y
de su obrar a los demás. Parece evidente que mi voz y mi palabra dejan de ser
escuchadas y el mensaje se queda en el olvido o simplemente es voz perdida en
el desierto cuando la levanto en señal de reclamo social.
Estamos
inutilizando la liberación de expresión y no existen medios de comunicación
masiva para atacar a los duelos que se apoderaron del control y la manipulación
masiva llevándonos a la ruina espiritual. Dejamos de ser entes pensantes para
convertirnos en receptores resignados de ser lo que somos en términos de seres
pensantes. Nos catequizan en que evitemos criticar y juzgar las faltas y
errores y admitamos como única verdad lo que ellos difunden. Es por ello que
debemos de partir del principio para considerar lo que realmente nos afecta,
sus circunstancias y la forma equivocada en que nos manejamos.
En
consecuencia, ¡Hay que cambiar! ¿Cómo? No permitas que los demás "se las
arreglen como puedan" y haz lo necesario para ayudarles. - Observa quienes
a tu alrededor padecen una necesidad o sufren contratiempos, determina cómo
puedes ayudar y ejecuta tus propósitos. - Centra tu atención en las personas,
en sus necesidades y carencias, sin discriminarlas por su posición o el grado
de efecto que les tengas.
Rechaza la
tentación de hacer notar tu participación o esperar cualquier forma de
retribución, lo cual sería soberbia e interés. Aprenderás que la compasión te
llevará a ser útil de verdad. Es tan enriquecedora la caridad porque va más
allá de los acontecimientos y las circunstancias, se enfoca en descubrir a las
personas, sus necesidades y padecimientos, con una actitud permanente de
servicio, ayuda y asistencia, haciendo a un lado el inútil sentimiento de
lástima, indolencia y el egoísmo.
Aspiramos a
que nuestros iguales respeten nuestra condición pensante. Deseamos que nos
consideren como el ser que somos, y no como una persona que aspira a ser como
ellos. Ambicionamos que nuestros valores y cualidades sean apreciados y
reconocidos en la vida a la que Dios nos dio. Son nuestras cualidades las que
precisamente nos dan fortaleza, mientras que el imitar las conductas de los
otros nos debilitan porque entonces no somos verdaderamente el “yo mismo”, ni
hago conforme lo pienso.
La intimidad
es lo que se da cuando uno se da a sí mismo en lo que hace o en lo que dice. La
naturaleza humana encierra una gran riqueza espiritual, lo cual expresa su
carácter abierto, efusivo, creativo y relacional plagado en fe. El ser humano
es único e irrepetible y no se agota en sí mismo. El ser y el obrar de las
personas no se reducen a las expectativas biológicas, a la mera satisfacción de
las necesidades orgánicas o fisiológicas, sino que se desborda, mediante la
apertura a la realidad, pero también más allá de ella, manifestando lo
específico de su naturaleza racional, de su intimidad creativa y aportadora de
riqueza al mundo circundante.
El ser humano
trae entre sus múltiples virtudes la compasión la cual ha ido perdiendo o solo
la ejerce en ciertos momentos de su vida, con aquellos que han caído en
desgracia y los desvalidos. La capacidad de conmovernos ante las circunstancias
que afectan a los demás se pierde día a día, recuperar esa sensibilidad
requiere acciones urgentes para lograr una mejor calidad de vida en nuestra
sociedad. Compadecerse es una forma de compartir y participar de los tropiezos
personales y espirituales que aquejan a los demás, con el interés y la decisión
de emprender acciones que les faciliten y ayuden a superar las condiciones
adversas.
Diariamente
ocurren todo género de desgracias. La compasión nos mueve a realizar colectas o
prestar servicios para apoyar en las labores de ayuda misericordiosa. Ante
todo, debe quedar claro que tener compasión y sentir lástima no es lo mismo.
Contemplamos la desgracia muchas veces como algo sin remedio y sentimos
escalofrío al pensar ¿Que sería de nosotros en esa situación, sin hacer nada?,
a lo mucho pronunciamos unas cuantas palabras para aparentar conmiseración.
Pasa el
tiempo y vemos con asombro la indiferencia que envuelve a los seres humanos,
los contratiempos ajenos parecen distantes, y mientras no seamos los afectados
todo parece marchar bien. Este desinterés por los demás nos hace indolentes,
egoístas y centrados en nuestro propio bienestar. Sin embargo, son las personas
que nos rodean quienes necesitan de esa generosidad que comprende, se
identifica y se transforma en actitud de servicio. Podemos descubrir este
sentimiento en diversos momentos y circunstancias de la vida, tal vez pequeños,
pero cada uno contribuye a elevar de forma significativa nuestra calidad
humana.
Con el
altruismo se reafirman y perfeccionan la espiritualidad, la generosidad,
asistencia, y el dar sin esperar recompensa, por poner a disposición de los
demás el tiempo y recursos personales; la sencillez porque no se hace
distinción entre las personas por su condición. El respaldo, apoyo, ayuda, por
tomar en sus manos los problemas ajenos haciéndolos propios. La comprensión al
ponerse en el lugar de otros, el descubrir el valor de la ayuda desinteresada.
Aunque la
compasión nace en el interior como una profunda convicción de procurar el bien
de nuestros semejantes, debemos crear conciencia y encaminar nuestros esfuerzos
a cultivar esta acción tan lleno de oportunidades para nuestra mejora personal.
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