CUENTO (Pacto con el diablo)
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Le inquietaban aquel tenis atados sobre el cable de la
calle. Era una especie de moda: toda la ciudad estaba lleno de zapatos colgados
en los cables que cruzaban las calles. Le llamaban de buena suerte. Y había
todo tipo de especulaciones, había quien decía que no era más que una nueva
forma de expresión juvenil, quien afirmaba que eran símbolos para señalizar
matrimonios próximos o incluso pérdidas de virginidad, pero había hipótesis más
oscuras que defendían que el par de zapatillas colgadas eran señales para
delimitar zonas de venta de droga, puntos en los que se había cometido un
asesinato o incluso señales de un próximo homicidio o que el diablo las ponía
frente a la casa de la persona que había hecho pacto con él. Había algo que no
le dejaba dormir; y se despertaba a medianoche con la imagen de aquel par de
tenis colgado justo frente a su casa. Llevaban allí desde hacían casi dos
semanas y su presencia se había convertido en una obsesión. No era de los que
se creían a la primera aquellas leyendas urbanas de que invocando al diablo se
lograba un pacto. Pensaba que eran un invento sensacionalista de personas
miedosas, especialmente las más macabras o las que hablaban de mafias.
Pero había algo que
empezaba a volverle loco: había puesto patas arriba media casa pero no
conseguía encontrar su tenis que usara cuando joven y frente a su casa se
encontraban en el cable unos muy parecidos. Un buen día no pudo más con sus
dolencias y fue al llegar a los ochenta cuando se atrevió a invocarlo.
Después de esto a los
días se levantó de la cama y se dio cuenta que tenía mejor aspecto, como si
hubiera rejuvenecido veinte años. La piel estaba más tersa, las manchas que
tanto le afeaban las manos habían desparecido y el pelo, estropajo gris, lo
sentía como más sedoso. Y no era sólo físicamente, se sentía mejor por dentro.
Con ganas de pasear. Se calzó, se vistió y salió a dar una vuelta. Se sentía
con fuerzas y parecía que no le cansaba la caminata. Comió un buen cocido de
res, y por primera vez en años no se sintió pesado.
Qué bien le veo esta mañana, le dijo la señora; está usted
más joven le espetó la menudera. A la mañana siguiente se sintió más atlético,
se había estirado, y el pelo abundaba en su cabeza con un brillo negro
increíble como a los cuarenta. Sentía ganas de vivir; las arrugas estaban
desapareciendo y los pellejos que hacía dos días colgaban de sus brazos
parecían haberse rellenado. Salió de nuevo a la calle y quiso correr, sentir el
aire fresco cortando su cara.
Tenía fuerza dentro y quería probarse. Estuvo corriendo
durante casi dos horas, pero sus piernas parecían no notar tan colosal
esfuerzo. Se dio cuenta que la gente del barrio no le saludaba y pensó que era
imposible haber cambiado tanto como para no ser reconocido. Se quedó pasmado al
mirarse al espejo en casa y descubrirse asimismo cuarenta años antes. No podía
encontrar una explicación a lo que ocurría, pero tampoco le importaba. Se
sentía bien y quería vivir el año de gracia que había convenido con el diablo.
Le daba igual que fuese una rara enfermedad o un milagro, lo cierto es que
estaba rejuveneciendo de una forma prodigiosa.
Al tercer día sintió bajo sus calzoncillos que algo luchaba
por salir. Sintió rubor al mirarse al espejo y descubrirse con veinte años.
Guapo, alto, esbelto, como ni siquiera él se acordaba haber sido. Le daba
vergüenza salir a la calle y ser reconocido, además, cómo iba a vestirse, nada
parecía cuadrar con aquel nuevo cuerpo. Como pudo sacó algo decente, y salió a
la calle. No podía contener una fuerza tremenda en su entrepierna; sus ojos
escrutaban el horizonte en la calle buscando las más bellas chicas, parándose
en los escotes, nalgas y faldas. Y notaba que ellas le devolvían la mirada con
cierta provocación.
Esa tarde terminó compartiendo cama con una belleza de
treinta años llamada Isabel. “A la luz de la vela no hay mujer fea y veinte
años de abstinencia menos” No podía ser más feliz. Era ese el mejor regalo que
le había podido ofrecer el diablo. Era como un regalo de despedida a la vida.
Dos mañanas antes pensaba que sus días estaban ya contados, y que vivía una
especie de tiempo extra. Como fuera que fuese le parecía que aquel
rejuvenecimiento repentino era una especie de despedida de la vida, un regalo a
los que iban a morir, en sus últimos días. No le importaba, quería disfrutar
plenamente de esa nueva juventud. Al cuarto día, sintió algo frío alrededor.
Una gran mancha
amarilla envolvía el colchón dándole un húmedo y frío despertar, un olor a
heces inundo su espacio y solo se escucho ¡Lo bailado nadie me lo quita! ¿El
diablo no cumplió, se lo llevo antes del año pactado o él abuso en su
rejuvenecido cuerpo? Solo quedo un olor azufre en aquella humilde casa.
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