lunes, 24 de julio de 2023

 

CONQUISTA DE MICHOACAN NAYARIT Y SINALOA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRONTEGUI

En 1530 Nuño de Guzmán, salió de la ciudad de México con un ejército compuesto de 300 españoles y 10 000 mexicanos, otomíes, tlaxcaltecas y tarascos. Iba en busca del legendario reino de las amazonas que la tradición situaba hacia el noroeste, más allá de la Sinaloa actual. Marchó Guzmán rumbo a Michoacán por la margen del río Grande o Lerma, vadeándolo por un punto llamado Conguripo, donde se le incorporó Chirinos con el rey Calzontzin y su gente de guerra.

En este lugar se dijo una misa, para lo cual se formó una amplia enramada, poniéndose después los cimientos de un templo, al que se le dio el nombre de Nuestra Señora de la Purificación; se pasó revista general, o como se decía entonces, se hizo alarde de la gente. La conquista del occidente por el más cruel de los jefes españoles comenzó de manera trágica: con el tormento y la muerte atroz del rey Calzontzin, uno de los más poderosos señores tarascos (purhépecha) y quien había recibido muy bien a los españoles.

La codicia de oro de Nuño Beltrán de Guzmán precipitó el fin de Calzontzin, lo que causó gran escándalo en la Nueva España y en Europa. Guzmán por dondequiera incendió pueblos y vejó a sus habitantes. Le precedía la noticia del asesinato de Calzontzin y de las barbaridades que venía cometiendo su numeroso ejército.

Muchos pueblos, convencidos de que no podrían resistir, recibieron en paz a los invasores, los otros pelearon con bravura pero salieron derrotados gracias a la superioridad numérica y a la artillería de las fuerzas de Guzmán. Nuño Beltrán de Guzmán marchó a sangre y fuego de Ixtlán a Ahuacatlán, conducta que contrasta en todo con la que siguió el capitán Cortés. Antes de llegar a Ahuacatlán, un gran número de los habitantes de estos pueblos cerró el paso a los conquistadores; se libraron algunos combates, pero en vano.

Habiendo tomado posesión del pueblo de Ahuacatlán, que también se adjudicó, Guzmán extorsionó a los indios para que le entregaran oro y plata y los obligó a que le dieran 800 "tamemes" o cargadores. Los de Ahuacatlán habían tenido guerras con los de Zihuatlán y Xuchipil, a los que habían vencido en cuanto Guzmán sujetó a los ahuacatecos, ordenó la libertad de aquellos vencidos, con lo que se les atrajo al grado que fueron los primeros que se hicieron cristianos.

Después de cuatro días que pasó Guzmán en Ahuacatlán organizó sus fuerzas y siguió su camino; pasó por el Ceboruco llevando consigo presos a los caciques. Llegó a Tetitlán, que se hallaba abandonado por completo, pues sus habitantes, temerosos de las tropelías del conquistador, habían huido a sus pueblos, en paz, como siempre habían estado.

Gran parte de los excesos eran cometidos por los indios, aliados que Guzmán no había podido o no había querido reprimir; pero en esta ocasión, temiendo seguramente que siguieran los alzamientos y entorpecieran el éxito de su conquista, el español mandó llamar a los capitanes de los indios y les ordenó que hicieran saber a su gente que debían de abstenerse de tratar mal a los naturales, de incendiar sus pueblos, de robarlos y de hacer otros males.

Nuño Beltrán de Guzmán les advirtió que si no obedecían sus órdenes serían ahorcados, con lo que se reprimieron en parte tan lamentables desórdenes. Después de una batalla muy dura por Xalisco (Nayarit), Nuño Beltrán de Guzmán entregó los pueblos de la zona a sus aliados, que incendiaron las casas, aprisionaron a sus habitantes y atormentaron a los presos. Cuando los de Acaponeta (Nayarit) supieron las atrocidades que los invasores venían cometiendo, cundió el terror y decidieron huir a las montañas. Los habitantes de Centispac, excelentes soldados, fogueados en las constantes luchas que mantenían con los serranos, escogieron la resistencia y vendieron cara su libertad en una gran batalla.

Después de que Guzmán venció algunas dificultades que tuvo con los indios aliados para terminar con los incendios y las tropelías que asolaron la rica provincia conquistada (sus habitantes huyeron, y los que pudieron hacerlo se remontaron a la sierra), logró que los que se fueron salieran poco a poco de los esteros y manglares donde se habían refugiado y regresaran a sus pueblos (López Portillo y Weber).

Fray Bartolomé de las Casas, en su Tratado de la Destrucción de las Indias, dice lo siguiente: Pasó este gran tirano capitán “Nuño de Guzmán”, de lo de Mechoacán á la provincia de Xalisco, que estaba entera y llena como una colmena de gente pobladísima y fertilísima, porque es de las fértiles y admirables de las Indias; pueblo tenía que casi duraba siete leguas su población; entrando en ella, salen los señores y caciques con presentes y alegría, como suelen todos los indios, a recibir.

Comenzó a hacer las maldades y crueldades que solía, y que todos allá tienen de costumbre y muchas más, por conseguir el fin que tienen por Dios, que es el oro; quemaba a los pueblos, prendía a los caciques, dábales tormentos, hacía a cuantos tomaba esclavos, llevaba infinitos atados a cadenas; las mujeres paridas yendo cargadas con cargas que de los malos cristianos llevaban, no pudiendo llevar las criaturas por el trabajo y flaqueza de hambre, arrojábanlas por los caminos, donde infinitas perecieron (......).

Entre otros muchos, hizo herrar por esclavos, injustamente, siendo libres como todos lo son, cuatro mil y quinientos hombres y mujeres y niños de un año a los pechos de las madres, y de dos y tres y cuatro y cinco años, aún saliéndole a recibir de paz, sin otros infinitos que no se contaron. Acabadas infinitas guerras, inicuas y infernales matanzas en ellas que hizo, puso toda aquella tierra en la ordinaria y pestilencial pesadumbre tiránica que todos los tiranos cristianos de las Indias suelen y pretenden poner á aquellas gentes, en la cual consintió hacer á sus mismos mayordomos y a todos los demás, crueldades y tormentos nunca oídos, por sacar a los indios oro y tributos.

Mayordomo suyo mató muchos indios, ahorcándolos y quemándolos vivos y echándolos a perros bravos, y cortándoles pies y manos y cabezas y lenguas, estando los indios de paz, sin otra causa alguna, más de por amedrentarlos, para que le sirviesen.

Los serranos, que siempre habían sido enemigos de la gente de los llanos, al saber que las tropas de Guzmán habían vencido a Centispac (Nayarit) aprovecharon la oportunidad para terminar con los restos de su grandeza. A todas las calamidades sufridas por aquellos pueblos vino a sumarse un arraz ante ciclón unido a una inundación tremenda. Como consecuencia de las torrenciales lluvias que cayeron por espacio de muchos días, los ríos inundaron todos los campos por muchos kilómetros a la redonda, llevándose las poblaciones de los indios y los campamentos de los españoles. Guzmán y parte de su gente se salvaron en las alturas de algunas colinas y en las copas de los árboles.

Peña Navarro apunta: Se ahogó casi una tercera parte de los indios aliados a los españoles y una multitud de los naturales que perecieron, también, por el hambre y la peste que sobrevino cuando cesaron las lluvias, pues juntamente con el exagerado calor y los miasmas que se desprendían de los cenegales y los cadáveres en putrefacción, se agravó la situación con el sinnúmero de sabandijas de diversas clases que aparecieron y que comían las gentes acosadas por el hambre, causa por la que morían muchísimos de los infelices que se habían salvado del furor de las aguas, contándose entre los muertos el capitán general de los indios que acompañaban a Guzmán, llamado Motctzomantzin, y los capitanes Quechotilpantzin, Cahuitzin, Tencacaltzin y Choltzin, aproximándose a treinta mil el número de muertos entre conquistados y conquistadores.

Tal fue el resultado de la catástrofe que empezó el 20 de septiembre de 1530. Por Jalisco y Tepic algunos jefes quisieron aprovechar el desastre para vengarse de los españoles y de los mexicanos, pero tan pronto como el tremendo Nuño Beltrán de Guzmán se enteró de sus intentos, mandó una expedición a castigarlos a sangre y fuego, en una forma horrible. No hubo compasión por nadie.

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