VISTA
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Tenía una cita y llegue tarde, cosa que nunca me ha gustado,
dado que mi principio es estar siempre a tiempo a la hora que se designe y
llegue tarde esta vez para variar. Envié un mensaje para avisar que me
retrasaría, ya que mi materia física no me dejaba estar en dos sitios a la vez
ese día, pero así, son los compromisos, ya que existen días en que estas muy
tranquilo y otros en los que parece se ponen de acuerdo en marcarte hasta tres
citas en diferentes eventos a la misma hora.
Corrí todo lo que me dejaron los carros y como ocurre
siempre que se acelera demasiado tal parece van con la intención los demás en
no dejarte llegar, no había nadie cuando llegue al salón de secciones. Llamé
para que vinieran a recogerme.
Tuve la gran suerte de tener un sitio cerca donde esperar.
Un banco de madera situado en el borde izquierdo de una gran plaza en la que no
se distinguía el color del suelo y el de los edificios que la rodeaban, tenían
el mismo color. Me senté y, por un momento, sentí que no tenía nada que hacer,
era un tiempo dedicado a esperar y a observar.
Aproveché para fijarme en el resto de personas de la plaza.
Nadie más estaba sentado, todos eran engullidos por las puertas de un
supermercado que se encontraba cerca, entraban vacíos y salían con los carritos
llenos de chucherías para su casa.
Todos corrían, incluso sin motivo. Una anciana corría detrás
del bastón que hacía avanzar rápidamente con la mano, las palomas recogían sin
descanso las colillas caídas y las nubes avanzaban cada vez más oscuras. Uno de
los mitos más dañinos para la juventud es el de “vivir intensamente” ¿Vivir
deprisa es sinónimo de vivir intensamente?
La noción romántica de “vivir deprisa y morir joven” se ha
sustituido por el “vive deprisa y no morirás nunca”. Por un lado, se confía
tanto en que la ciencia nos salvará a todos de una muerte pronta y dolorosa que
ni siquiera nos la planteamos. Por otro lado, la sociedad del consumo y la
cultura de la imagen sólo presentan fugacidad que no puedes dejar de ver, que
no puedes dejar de comprar, que no sabes guardar un peso para un momento mejor.
Para que hoy se entienda tener la posibilidad de hacer más
cosas en un número menor de tiempo es fantástico, pero muchas veces la
instantaneidad desecha muchas oportunidades fantásticas porque requieren tiempo
prolongado. Hay que aprender a conjugar la rapidez con la tranquilidad, a vivir
deprisa y leer despacio, comer despacio y masticar lento. ¿Por qué? Hace dos
meses que le dolía la cabeza a una amiga. Pensó que podía ser causa de una
disminución de la vista que le hacía forzar demasiado los ojos.
Había decidido volver
a ocuparse de sí misma y empezaría por ir al oftalmólogo para poder ver con
nuevo enfoque su vida. Algunas personas ven el mundo de color de rosa, pero sus
ojos siempre habían pintado de azul lo que queda entre el mar y el cielo. Sin
embargo, ahora un gris tormentoso arrebataba su mirada. Llegó a la consulta
tarde, pero no se preocupó ya que todavía estaban esperando una chica con gafas
oscuras, un señor mayor con un parche negro en un ojo y una madre con su hijo
estrábico. La chica de gafas oscuras le contó que el retraso se debía a que un
hombre ciego estaba dentro con el médico. ¿Y para qué quiere un ciego un
oftalmólogo? Las necesidades son misterios personales. Le costó llegar a casa,
había pensado que las gafas le quitarían el dolor de cabeza, que ahora se veía
multiplicado.
Se quitó las gafas, como quien se quita los ojos y con ellos
todas las preocupaciones que se concentraban en el entrecejo. Abrió los ojos al
abismo de la oscuridad y se incorporó súbitamente. Se colocó las gafas
torpemente y parpadeando hasta ver más allá de ella misma se volvió todo blanco
para sus ojos. Pestañeó en un intento inútil de ver algún tono más profundo.
Las manos se
desprendieron del cuerpo y palparon las paredes en busca del interruptor. La
luz no deja de iluminar a ojos ciegos, pero su presencia sólo es la esperanza
de volver a ver. Esta vez no podía retirarse el pañuelo de la cara, como cuando
de pequeña jugaba a que ser ciega.
Se cogía a la mano de su madre, luego haciéndose la experta
la soltaba hasta chocar con el bordo de la acera. La vida adulta se parece más
a un juego de cartas donde se apuesta según las que se tiene y por las que se
piensa que tiene el resto, pero si nadie puede ver sus cartas el juego ya no
tiene sentido. Se sentó en el sofá y encendió el televisor, una vez más no
había nada que ver.
Sólo el sonido de las voces, que tampoco intuían su
existencia, mataron su aislamiento. Hizo un breve recuento de todas las
personas que conocía, como si quisiera guardar impresa en su mente su caras
para no sentirlos extraños cuando hablara con ellos. Estuvo allí petrificada
una hora o varias porque el tiempo empezaba a perder fuerza y a cada momento
todo se volvía más incomprensible. Pero por fin se paraba a observar la
algarabía de su vida y sentía que el filo de la soledad desgarraba aquella
habitación. Descolgó el teléfono varias veces pero no se sabía ningún número
importante de memoria. Apagó el televisor y puso la radio, ya que ésta siempre
intenta describirte en palabras todo lo que no puedes ver.
No escuchó una
palabra. Agarró un par de álbumes que guardaba en la parte más alta de la
estantería de libros, que ahora no eran más que un decorado tétrico. Un leve
tropiezo imperceptible a un ojo sano hizo saltar los álbumes de sus manos,
desparramando las fotos por toda la habitación. Antes por la ordenación podía
saber a qué época pertenecían las fotos.
Ahora sólo tenía un montón de caras borrosas volando en su
imaginación. Se acurrucó entre las fotos que cubrían el frío suelo. Demasiado
tiempo había pasado sin querer ver la realidad por lo que no pudo evitar
contener las lágrimas de sus inútiles ojos.
Lloró de arrepentimiento y de rabia, se lloró a sí misma
como si ya estuviese muerta. Deseaba volver a ver tanto que estaba dispuesta a
dar lo que fuera. Se acostó a dormir y cuando de nuevo abrió los ojos había
recuperado la vista, pero todas las fotos se habían borrado, mostrando el mismo
blanco inmaculado que anteriormente habían visto sus ojos. La vista son
palabras sabias que hacen reflexionar la mente. Crea Ideas revolucionarias al
mundo logrando alzar la voz. Esfuerzos continuos a las más altas cimas
llegarán. Voces ignorantes nadie las escuchará. Perdedores de tiempo, nadie los
recordará. Perezosos redimidos nunca nada cambiarán. Cantos de sirena nunca
dirigen a buen lugar. Inscripciones antiguas nadie las logró descifrar. Lápidas
funerarias descansen siempre en paz.
Hoy me toca un paseo por las nubes, de vez en cuando me
pongo entre poético y sentimental, sé que no sirve de nada, si acaso pasar el
rato embelesado en el cielo, pero por lo menos relaja, que tal y como están las
cosas ya es un respiro.
Desde la ventana apenas se ve, el cielo digo, es cosa de los
edificios modernos, mucho cristal, muchas ventanas pero al final acabas
teniendo enfrente más de lo mismo, más cristal y más ventanas, pura
funcionalidad que lo llaman, puro aprovechamiento del espacio que no entiende
de plantar árboles que den compañía a un precio semejante, menos mal que mi
cabeza es capaz de aguantar cualquier miseria que se le ponga por delante y logra
traspasar los edificios para irse de vago en esos recuerdos que nos hacen vivir
nuevamente los momentos con las personas con las cuales hemos convivido y
apreciado sinceramente.
Pero si estiro la
cabeza como si estuviera en un apartamento de esos que han quedado atrapados
entre las grandes ciudades sin oportunidad de disfrutar el hermoso mar, es
decir con vistas al mar, soy capaz de distinguir el azul y el blanco, o al
menos eso creo, y da para soñar sentado al borde de la mañana con los pies
colgando, como en aquella película que ganó el premio a la peor del año. Menos
mal que ya es miércoles y el fin de semana se puede cerrar la monotonía por
descanso, quitarse el disfraz de trabajador, ponerse el de vago y lucirlo hasta
el lunes, por lo menos.
Pero mejor vayamos a los recuerdos de esta historia.- Un
amigo mío, un gran muchacho lleno de vida y de alegría, después de muchos
problemas con las chuletas y los frijoles, consiguió ser médico ginecólogo.
Salvo ocasionales correrías en los cotos de enfermeras, no se le podía acusar
de nada al pobre hombre “Tímido, tímido hasta la ignominia”.
Era un tímido que sólo reaccionaba cuando la mujer se le
había insinuado diez o doce veces o se lo pedía a las claras o él andaba medio
atravesado por unas cuantas cervezas. Medico a fin de cuentas, pronto descubrió
que con su sueldo de la Seguridad Social nunca sería un ciudadano de
importancia, y decidió abrir una consulta particular.
Al cabo de dos meses tuvo que enfrentarse a la cruda
realidad: las señoras no acudían a la consulta y, la que iba, no volvía jamás.
Parecían preferir a un médico próximo a la jubilación, desatento siempre, que
las trataba a gritos en muchas ocasiones, que prácticamente las corría
diciéndoles que no tenían nada y que si no tenían nada que hacer ¡Que no
vinieran hacerlo a su consultorio!
Además, semejante ciudadano no se había puesto al día en su
materia durante los últimos cuarenta años. Mi amigo, en cambio, estaba a la
última hora en materia de ginecología ya que con el tiempo disponible se la
pasaba leyendo estudios en las revistas medicas como el Jornal, leía revistas y
disponía, además, de una consulta con aire acondicionado. Una buena ocasión me
dijo muy serio.-Quizá si me dejo la barba parezca más respetable. Le mire,
tratando de hacerme cargo de su problema. Tenía cara de buen chico, de esos que
dan un rodeo para no pisar a una hormiga. -A lo mejor se han enterado de lo que
me pasó con aquella enfermera. -murmuró- Siendo ginecólogo, estas cosas son muy
delicadas. -No sé -confesó- Nunca me ha atendido un ginecólogo e ignoro lo que
las pacientes esperan de él.
Acudí a una de mis más antiguas amigas, a la que había
tenido el placer de engañar varias veces sin resabiarla, y le pedí que fuera a
la consulta a que le hicieran un buen reconocimiento. Luego me informó: -Parece
muy meticuloso. Sólo te toca cuando es estrictamente necesario. Pero... El pero
era lo que me interesaba: -No me gustan los médicos que se ponen nerviosos
cuando me ven desnuda. -¿Se pone nervioso? -Y colorado. Tiembla, como señorita
virgen en noche de luna de miel.
Le tiemblan las
manos, los ojos, las corvas y la voz. Parece un gusano con problemas: no se
atreve a mirarte de frente cuando estás sin ropa, llega incluso a tartamudear y
en vez de penicilina te dice “Penecilina ”. -¿Y eso es malo? -Malísimo. No
tenía más remedio que confiar en la palabra de mi amiga. Si las mujeres
reaccionaban así ante la timidez de su médico, el amigo mío estaba perdido.
Necesitaba una intensa campaña de imagen.. -Mal te veo. -le dije.- Eres demasiado
correcto y educado y no miras de frente a tus enfermas. -Lo hago para no
ponerlas nerviosas. Si tú estuvieras enfermo y desnudo en mitad de una
habitación desconocida, ¿te gustaría que una mujer te echara miradas
descaradas? -Ni descaradas ni de las otras. Eso no me lo dejo hacer.
Ni siquiera le enseño la dentadura a la enfermera de mi
dentista. Comprendía los reparos del médico y comprendía los reparos de mi
amiga. Estábamos frente a un caso de incompatibilidad moral, de manera que
dediqué al problema mis más potentes pensamientos: -Vas a tener que dar un
escando. -dije al fin. -¿Estás loco? ¿Crees que un ginecólogo puede hacer esas
cosas sin caer en la miseria?
¿Qué mujer iría a mi
consulta? -¿Qué mujer va? Era un pobre anticuado en materia de fondos, y de
formas y había que tener paciencia con él, pero, por más que se lo explicaba,
se negaba a entender que la sinvergüenzadas, da más frutos que los árboles de
mora, que produce beneficios en nuestra
tierra.
Buena imagen ¡Vaaa, patrañas! -Mañana, muy tranquilo, le
metes mano a la primera enferma que te entre en la consulta, sin ponerte a
pensar si ocupas oscultarla en sus partes intimas o no, te vas de frente sin
pensar en el semáforo de la moral y las buenas costumbres. -Ni hablar.-Yo no
puedo hacer eso, dijo. -Con un poquito de Whisky, sí.-Te va en ello el futuro.
-Me dará una bofetada. -A lo mejor. -Y, si está casada -insistió él, muy
optimista-, vendrá su marido con una pistola. -Lo dudo mucho.
Si tiene un marido capaz de agarrar una pistola, también
debe de ser capaz de darle una paliza a ella y, en ese caso, no se lo dirá.
-Pero, el Colegio de Médicos... -Oye: si no se lo dice al marido, menos al
colegio de médicos.
Lo que hará será
contárselo a sus amigas; a lo mejor presumiendo. Y eso es lo que queremos. -¿Lo
queremos? -Sí. Tú mañana le metes mano a una. Que note bien que te recreas en
la suerte, aunque no digas una palabra. Que no se pueda confundir sobre tus
intenciones.
Nada de toquecitos profesionales: al bulto mi amigo, como si
fueras una fiera en materia de mujeres. -Me moriré de vergüenza. -Bueno, pero
después. Aclaro que mi amigo trabajaba por la mañana en la Seguridad Social y,
por la tarde, abría la consulta particular. Cominos juntos o, mejor dicho, comí
yo preocupándome de que él se ahogara en vino, tenía que cuidar que no le fuera
a pasar lo que le paso aquel cura de mi pueblo que después de una noche
tormentosa, cuando llego a dar misa confundió el confesionario con baño
público.
Luego, las copas del
café. -¿Cómo va ese espíritu? -Por debajo de la superficie desde hace rato.
Creo que se me ha ahogado. Le ayudé a ponerse la bata y le empujé a su
consultorio. La primera enferma, ni guapa ni fea, salió media hora después,
mostrando unos saludables colores. No pálida de ira, sino pensativa, pero se
podía leer en su semblante muy satisfecha de su consulta. -¿Qué? -le pregunté.
-¡Uf! Me miraba de un modo... -¿Qué ha dicho? -Nada.
Como si no lo notara, me estuvo preguntando mucho sobre sus
cuestiones personales, sus ovarios, sus partes intimas y lo que le recomendé
para que se cuidara. -Esto va bien. Mira: para asegurarnos, aplícale el mismo
tratamiento a la segunda. En realidad, aquella tarde había bastantes clientes y
mi amigo ginecólogo no dejó escapar a una sola sin su ración de mano libre. Iba
cogiéndole gusto como niño chiquito con juguete nuevo, tal parecía que su
timidez era cosa del pasado. -No está tan mal. Si mañana no estoy detenido,
quizá abra un poco antes y... -Ni hablar: han sido ocho visitas, ocho consultas
en un solo día, creo que a este paso me voy a tener que contratar una
secretaria para que me las controle.
Tendrás que esperar
al mes que viene. La voz se corrió. Y la voz decía que mi amigo era un buen
médico, pero algo aprovechado. Desde entonces, su consulta empezó a prosperar y
las enfermas, cuando le veían enrojecer y temblar, lo achacaban a la dificultad
para reprimir sus poderosos deseos, ellas sentían que contaban con lo suyo para
intimidar al joven ginecólogo.
Hoy es un médico de
éxito gracias a su falsa fama de sinvergüenza. Con este ejemplo se quiere
indicar al aprendiz que los estudios que inicia en la Universidad de la vida no
son un lecho de rosas: es muy difícil entender a las mujeres y, más todavía,
sacar partido de lo poco que los hombres hemos averiguado de ellas al cabo de
diez mil años de observaciones entusiastas.
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