CUENTO ENLAZADO CON MI VIDA
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Cuando Berta se incorpora por las mañanas, lo primero que ve
enfrente de ella, enfrente de su cama, es un cuadro con la foto de todos sus
hijos y ella al centro, y por ser foto se ven todos sonriendo. Se trata de
Bertha, ya algo anciana (90 años a cuestas) Los de la foto sonríen y a ella le
entran ganas de darle los buenos días y de levantarse con un ánimo que, quizá,
no tendría si la foto de sus hijos no permaneciera a su lado durante toda la
noche. Así que Bertha se levanta sin desperezarse, se encamina hacia el baño y
recoge la ropa que utiliza para estar en casa. Luego va al cuarto de baño y
allí se quita el pijama todavía de verano para ponerse un vestido y una blusa
de manga corta. Ya con su nuevo aspecto, se dirige a la sala.
Allí está, en la pared un cuadro de las meninas, la misma
niña de todos los días mirando a través de la pintura los pasos de Bertha. Ella
le saluda y le sonríe. Y a continuación parece querer decírselo con gestos, y
mueve los labios sin pronunciar ninguna palabra. Hace como si abriera el
periódico que lee y luego pone cara de aburrimiento. Dentro de poco terminaran
las clases y la casa estará llena por las mañanas. El patio de Bertha está
lleno de plantas. A veces debe esquivar las hojas de alguna de ellas que ha
crecido demasiado.
Ella no quiere rozarlas con el cuerpo porque sabe que las
plantas sufren y se marchitan si se les molesta. Se puede hablar con ellas, se
puede poner música para ellas, se puede regar y abonar su tierra, se puede
intentar quitar el polvo de sus hojas, pero no se las puede molestar cada vez
que se camina por el patio para llevar los mandados a la mesa. Tampoco se las
puede estar cambiando de sitio con mucha frecuencia. Mejor nunca. Bertha suele
sonreír cuando piensa esto.
Contempla sus plantas, sus rosales y luego pasa un dedo por
alguna hoja, muy despacio. Piensa que cuando se elige un lugar para una planta,
se elige a conciencia y definitivamente. Como cuando ella eligió aquella pared
para colgar la foto de sus hijos. Con cuidado, y sabiendo que sería para
siempre. Así piensa Bertha: las cosas se deben hacer con cuidado porque
cualquier cosa que se haga tendrá efectos y esos efectos serán irreversibles.
Desayuna en la mesa de la cocina junto a un pilar que se mantiene firme para
sostener el segundo piso de esa casa. Al inclinar la cabeza hacia la taza de
café que tanto disfruta, algunas gotas le caen y se le meten al vestido, y a
ella no le molesta porque es el único contacto físico que mantiene con algo que
no sea ella misma. Así que se deja acariciar y se deja invadir por las gotas
calientes de café con una sonrisa breve y con la mente en algún lugar mucho más
cálido y mucho más acogedor.
Bertha podía caminar durante horas. Y no se cansaba. Podía
caminar sin tener ni idea de por dónde iba. Y no se asustaba. Podía cruzarse
con hombres que vestían un traje oscuro perfectamente planchado y con mujeres
que acaban de salir de la misa y llevaban un bonito pañuelo en la cabeza. Podía
contemplar cómo una mujer intenta convencer a su hijo lleno de mocos al otro
lado de la ventanilla, y podía ver cómo unas niñas (cuatro o cinco) con
falditas plisadas de colores diversos avanzan de la mano hacia un grupo formado
por otras niñas mayores que fuman apoyadas en una pared y que llevan faldas
diferentes.
Bertha puede caminar durante horas y, al pasar por delante
de una tienda de decoración, puede verse reflejada en un espejo estrecho que
adorna la pared. Se detiene y se mira. Es ella.
Ella que corre por
una pradera. Ningún obstáculo. Su perro “El oso” corre detrás. No se ven
árboles, no se ve gente. No hay nada que pueda interrumpir la carrera de Bertha
en sus sueños placenteros. Para Bertha no existe nada en el mundo excepto sus
hijos, sus plantas. Y el recuerdo de aquella mañana en la que su padre se
enfermo.
Uno de sueños la llevo a un episodio en donde su padre cayó
debajo de un tractor y ella intentaba sacarlo de un hoyo en el que se había
quedado atascado, pero la rueda no cedió. El padre de Bertha quedó atrapado
debajo, en la tierra, sin poder moverse, y comenzó a llamarla. El perro ladraba
como un loco, Bertha corría con un libro en las manos.
Corría y el aire se le metía en los ojos. Corría y veía a su
padre en el suelo, entre el barro, con la cara enrojecida con un rojo que jamás
había visto en la cara de nadie y, cuando llegó junto a él, se dio cuenta de
que no podía hacer nada. ¿Qué podía hacer? ¿Qué iba a hacer? No podía mover
aquel tractor ella sola, no podía hacer nada sola. La rueda le aprisionaba una
pierna. Comenzó a dar vueltas en torno a su padre mientras el perro no dejaba
de ladrar, y contemplaba aquel rojo violento que cada vez era más violento en
la cara de su padre.-Ve a avisar a alguien.-dijo él.-Trae a alguien, muévete
rápido porque ya no aguanto el dolor en la pierna. Y entonces ella corrió y
corrió, con el libro en las manos, pisando el barro y llorando en silencio sin
ver por dónde iba. Llevaba un libro en las manos…
Tenía 90 años y corría como cuando tenía siete. Se cruzó
pronto con dos hombres que corrieron con ella y que sacaron a su padre de
debajo del tractor, al voltear a ver la cara de los hombres se dio cuenta que
eran sus hermanos muertos años atrás, y este hecho le dio mucha alegría al ver
de nuevo el rostro de Alejandro y Ángel sonriéndole. No, no es demasiado grave
le dijo Alejandro. Pero el padre de Bertha era demasiado testarudo, y también
demasiado despreocupado.
El padre de Bertha (Alejandro), confiaba plenamente en el
poder sanador de la propia naturaleza, en las cataplasmas de hierbas sobre la
herida.-profunda herida que pronto comenzaría a mostrar un aspecto muy poco
higiénico y a despedir un olor demasiado temido por todos, confiaba en la
bondad de las infusiones, en el poder curativo de una mente positiva, y no
quiso ver al médico.
Por lo que, aquello que era tan sólo una diminuta cortada
fácilmente curable, poco a poco lo fue afectando, fue perdiendo color en su
cara y que perdió cualquier asomo de vitalidad, como si se hubiera visto
invadido su rostro sin remedio.
Cuando su padre murió, ella permaneció aún unos años en su
casa, y fue entonces cuando comenzaron estos sueños. Era injusto que por una
sola enfermedad tuviera que morir todo un árbol tan poderoso, tan robusto, pero
lo cierto era que, de repente, se había quedado sola. Nunca hasta entonces se
le había pasado por la cabeza esa idea, la de que los lazos que la unían a los
demás eran muy delgados y frágiles. Más bien escaso. Se había quedado sola y
echaba demasiado de menos a su padre.
Echaba de menos su voz y también su silencio, la manera tan
extraña que tenía de mirar las cosas que le incomodaban, y la sonrisa
espontánea que brotaba ante cualquier hecho ocioso, que a simple vista no
contenía ningún elemento lo suficientemente atractivo como para hacer sonreír a
nadie. Pero el padre de Bertha sonreía ante hechos corrientes, muy simples.
Y ahora, después de muerto, sonreía en los sueños de su hija
que dormía de lado, acurrucada en la que había sido siempre su cama, agotada
tras planear durante horas su regreso a su tierra natal. En aquellos sueños, su
padre permanecía de pie en el pasillo. A veces avanzaba lentamente hacia su
habitación, y entonces repetía el nombre de la que había sido su esposa Rosa.
Sus frases no siempre resultaban reconocibles. Murmuraba palabras. Sólo el
nombre de la madre de Bertha sonaba claro y fácilmente identificable.-Hija
cuida a tus hermanos, a tus hijos, no los abandones. Pero Bertha no pensaba
quedarse sola en aquella casa en su pueblo natal.
Cuando oía la voz de su padre tan cerca que parecía viva, se
llevaba las manos a la boca y comenzaba a llorar y a moverse con urgencia por
la habitación en busca de sus cosas. Exactamente, esto es lo que le sucedía:
cuando se quedaba dormida, lo único que deseaba era despertar, y cuando
despertaba, a las cinco de la mañana habitualmente, era para comenzar a
fantasear de nuevo, sobre sus sueños que susurraban su nombre al oído…
Todo aquello era francamente inútil. Por las mañanas solía
desayunar tarde. Prefería salir de su habitación muy despacio, sin hacer ningún
ruido, sin despertar a nadie y, una vez en el exterior, sentarse a contemplar
el color aún pálido del cielo. Prefería respirar siendo consciente de que
estaba respirando, e imaginar que, en el interior, en la habitación del fondo,
también su padre respiraba como cuando niña.
Parecía incluso que no lo conseguiría nunca, pero lo cierto
es que también en San Ignacio hay gatos o algún pájaro que da saltos sobre los
tejados. La primera vez que esto sucedió,
Bertha, no se asustó en absoluto. Se trataba simplemente de un gato vagabundo
que parecía tener la mirada perdida y confusa de su padre. Pero cuando creyó
reconocerlo en la sombra de una rama caída, comenzó a temerse lo peor. Sabía
que podía llegar a ser muy testarudo y, efectivamente, no cesó en su empeño
hasta que ella, una tarde, Bertha reconoció de inmediato el terrible esfuerzo
de su padre por permanecer a su lado, y ahora deja que la planta continúe
viviendo y que, a veces, por las noches, susurre algo. El nombre de su esposa,
tal vez. O, tal vez, un lamento.-Te echo de menos, papá.-le dice Bertha a la
planta.-Pero no sé si esto es muy normal. Quizá sería mejor que regresaras a
casa. A nuestra casa, donde hemos vivido siempre. Pero su padre no contesta. Y,
en ese momento, Bertha desea ser una de esas semillas que no asoman la cabeza
al exterior y que prefieren pudrirse en la conocida oscuridad húmeda de la
tierra nueva.
Una de esas semillas que jamás sentirán el azote del viento
ni el calor asfixiante del sol ni las mareas de las lombrices deslizándose
silenciosas entre pequeños orificios que se deshacen tan pronto como se hacen.
La niña es ella y el caldo es para ella y las manos suaves que acarician su
cara y le retiran el pelo de los ojos son las de su padre, que sigue respirando
y que sigue existiendo.
En forma de planta verde, en forma de gato vagabundo, o en
forma de nube cargada de lluvia que puede caer en cualquier momento empapando
el pelo de todas aquellas mujeres que corren por el campo, en busca de ayuda
para sacar el cuerpo de su padre que se ha quedado atrapado en la tierra
profunda y opresiva, entre la vegetación y entre todo ese barro. Bertha puede
correr por una pradera llena de margaritas con su perro detrás, con más cuidado
esta vez, sin mirar atrás, porque sabe que el barro está ahí, en cualquier
sitio, y que aparecerá cuando ella menos lo espere.
Un leve descuido, una mínima desorientación, y el barro
aparecerán para tragársela ya que Bertha es consciente que se nace para morir y
sus sueños no serán capaces de intimidarla. Mientras esto sucede, su hijo Ramón
evoca la memoria de su padre Roberto
(Marido de Bertha).- Quisiera devolver el tiempo y por un instante verme
al lado de mi padre a quien tanto amo, quisiera acudir a mis primeros recuerdos
y caminar por ellos acompañado del ser que me procuro la vida, a mi memoria
llega el día en que aprendí a nadar en aquel río caudaloso “Piaxtla”, aferrado
de sus hombros fuertes, el momento en que me enseñó a montar a caballo, a lazar
vacas y a admirar la vida del campo. Desde la distancia observo las fotos
familiares y te veo allí, siempre alegre y satisfecho del hogar que junto a mi
madre construiste.
Observo esas imágenes que traspasan el tiempo y mi recuerdo
se llena de lágrimas, lágrimas que nacen desde lo profundo de mi corazón y que
corren lentas para ser testigos de estos hermosos momentos. Siempre me dijiste
que yo podría contra todo, me hablaste de como conquistar sueños e imposibles,
tus manos fuertes me señalaron el lugar donde no existía el miedo y tus
consejos sabios me ayudaron a encontrarlo, tu voz siempre me exhortó a caminar
seguro de mis pasos y aunque estés lejos y no pueda abrazarte, creo que siempre
he estado aferrado a ti, tus huellas son mis huellas, tu sombra es mi propio
cuerpo y tus latidos no son más que el aliento que me ayuda a vivir.
Cuanto te debo padre mío, nada de lo que recibí puede tener
precio y nada de lo que haga podrá recompensarlo, porque tú te entregaste de
lleno y pusiste tu espalda para soportar mis dolores. Recuerdo alguna vez que
nos sorprendió la noche, caminando por las montañas que tanto amaste, tu ibas
aferrado a la cola de la mula que yo montaba, era una noche silenciosa y sin
estrellas, teníamos que llegar pronto, el calor ... del hogar no esperaba, la
oscuridad se tragaba el horizonte, por un momento tuve miedo, las criaturas del
monte lo sabían y quisieron asustarme, de pronto tu voz suave rompió el
silencio y me dijo, “tranquilo hijo que ya vamos a llegar”, con sencillas
palabra me devolviste la esperanza y al ver tu paso fuerte y tu coraje al
enfrentar la adversidad, descubrí que esa noche no necesitábamos estrellas que
nos iluminaran, pues eras tú la luz, eras tú el camino cierto hacia la
verdad... No sé si es demasiado tarde para decirte que te amo y que sin ti mi
vida no tiene explicación. Gracias padre mío, amigo incansable, compañero
incondicional, eres mi guía y siempre seguiré tus paso.
Podría asegurar sin temor al error que escribir en medios de
comunicación es la prueba en que se está medio falto de razón. Se escriben
sueños, apegados a una realidad dispuestos a cambiarla. La mayoría de las
criticas no son bien interpretadas por a quien se le hace. Cierto es que si no
existiéramos vendrían otros hacerlo y que si no soñamos en cambiar las cosas
viviríamos en sueños, sin realidad o en lo aplastante de la verdad simulada.
Amamos seguir las tinieblas cuando la luz está disponible por necedad
estimulada en el mar de la pasión que nos va llevando. Ese deseo es un barco al
cual el viento arroja de un lado a otro. La pasión es un caballo sin jinete.
Una cantina. -Es un centro de vicio y de perversión, en el que no debe entrar
el de buen corazón.
Un burdel. - Un antro de baile y borrachera donde se
pervierte la humanidad entera. Lujo.-
Hace olvidar sagrados deberes y pervierte a mujeres.- Juego con
apuestas. -Lo calificó San Antonio: de vicio del purgatorio. Riqueza. -Mal
adquirida destruye. Alcohol.- El trago es traicionero que mata al rico y al
pordiosero. Lujuria. - Apetito carnal desenfrenado que muchas vidas ha
derrumbado. Amor.- Lámpara de luz, que promulgó el gran Jesús. Bondad.- Endulza
la vida. Dignidad. -Virtud que aborrecen los tiranos y cultivan los buenos
hermanos. Cultura. -Don que da inteligencia y felicidad a toda la humanidad.
Justicia. -Flor de equidad y de derecho que deja al tirano maltrecho.
Ley. -Regla de felicidad. Orden y razón, que suele burlar el
tirano y el bribón. Matrimonio. -Unión legal, amorosa de dos seres, para
cumplir deberes. Anciano. –Ser al que todos debemos venerar. Paciencia.
-Cualidad del que sabe esperar con calma, las exigencias del alma. Coqueta.
-Indudablemente es una infracción a las sublimes leyes del Amor. Vanidad. -
Vicio repugnante y necio, que merece desprecio. Suicidio. -Sólo el cobarde e inmoral,
recurre. Adversidad. –Flor que nace en todas partes y llena de emociones.
Dolor.- De incógnito suele presentarse y del débil reírse y mofarse.
La Corrupción es un tema al que estamos acostumbrados desde
hace tantos años.- En contra de la corrupción, existe un poder judicial, que es
quien debe velar por someter a todo aquel que atente contra los intereses
nacionales, y más aún cuando se trate de una administración pública.
Actualmente, las sociedades sufren las devastaciones de la corrupción, utilizando
un sistema judicial que al parecer, se parcializa en favor de quienes ocupen el
poder. Según tengo entendido, y por poner un ejemplo: No hay absolutamente
ningún preso por corrupción, lo cual significa, que “No” existe corrupción, o
que el sistema de justicia “No” está haciendo su trabajo.
El pueblo adora a los ídolos de piedra como en la antigüedad
y los que ejercen el poder no cambian su convicción en la forma de gobernar.
Son estatuillas construidos laboriosamente por los medios de comunicación y de
este modo son adorados desde cualquier parte de la republica “El pueblo se
aferra y al mismo tiempo pierde la confianza conforma pasa el tiempo de la
persona en la que confiaron” ¿Hasta cuántas veces hemos de tropezar con la
misma piedra?
Es fácil juzgar cuando un ser querido no hace nada por
nosotros a sabiendas que está en sus manos. No se le puede juzgar por ello,
sino a su esencia natural, está hecho de diferente materia. No es que sea ciego
para ver que se ocupa, pero su esencia le grita que no haga algo que jamás ha
hecho por eso falla y la culpa sale de su formación, aprecio, genes. No es que
esa persona sea mala simplemente no está hecha para eso o la respuesta es que
solo se ama ella misma. Hace lo que siente, la escena en donde se vea, aprende
a que le sirvan, de hecho no se equivoca piensa es encantadora y lo malo está
en otra parte. Amar es sin duda lamentar que a la persona amada le vaya mal y
no juzgarla como perdedora sino que valorarla en su entrega. Realmente la vida
nos expone a preocupaciones en instantes en que debemos ser amables pero
elegimos por egoísmo la soberbia.
Lejos quedaron las carretas de bueyes cargadas con costales
de grano, pienso de comida para los animales, leña, botes de agua, sustituidas
por cilindros de gas, red de agua, camionetas, tractores. Aquellos años en
donde el orgullo del ranchero era su buen caballo, dos o tres vacas en el
corral de su casa, la docena de gallinas, tres o cuatro perros. El burro para
los niños con su aparejo. El burro un animal noble y no muy grande, al que
llamábamos por un apelativo afectuoso, suficiente para todos los pueblo
conocieran de quién era ese burro.
Las vacas las bautizábamos por sus cuernos, mirada, color,
comportamiento, deficiencias físicas. El caballo la mayoría de las ocasiones lo
acariciábamos y nos miraba con aquellos ojos grandes tiernos muy suyos que
parecía hablarnos. La mula cuya terquedad se hacía presente (Amachaba: Termino
usado para el sexo masculino de esta especie) quedándose inmóvil soportando el
castigo sin obedecer órdenes. Definitivamente lo común era vender leche,
cuajadas, gallinas, huevos y la vaca quebrada de la pata.
Mi padre en contadas ocasiones le escuche maldecir o
utilizar palabras altisonantes a los animales, los miraba con sus ojos
expresivos y les hablaba suavemente. Que recuerde, solo en una ocasión lo vi
perder el control y le sonó un golpe en el hocico a un macho mañoso quien
gustaba morder en la pierna al jinete. Se había puesto terco, sin obedecer
moverse hasta que le llego el golpe en el hocico. En casa se obedecían las
reglas al desayunar, cenar. Cosa que no sucedía a la hora de la comida ya que
normalmente mi padre no se encontraba en casa.
Temprano el sol venia a verme entrando por la ventana en el
segundo piso de la casa en donde vivía, así que era prácticamente el primero en
la mesa exigiendo desayuno. Mi madre se levantaba a las cuatro de la mañana
para ayudar y vender carne en un puesto en el mercado, al terminar se movía
rápido a la casa para darnos desayuno, ver que fuéramos bañados y asistiéramos
a la escuela. No importaba si era invierno, verano, otoño, siempre este era el
rito a seguir. En aquellos años la noche era más oscura, nos alumbrábamos con
una cachimba (Bombilla, Alumbrado) de petróleo.
En la noche la cena estaba compuesta con un pan y, un vaso
de leche. En la noche el pueblo se
apostaba silencioso, oscuro, tenebroso, despoblado, nadie salía a la casa por
miedo a los fantasmas, muertos. Oscureciendo la puerta se cerraba, solo mi
padre llegaba tarde y mi madre bajaba a la cocina a calentar la comida de medio
día. Siempre traía bajo el brazo el freno del caballo o el collar usado para la
siembra en los animales.
Así se daba la vida. Las gentes vivían contentas. Una época
laboriosa donde se exigía mucho al padre de familia sin importar el tiempo
(verano, invierno). Mi trabajo en casa era ser el mandadero, ayudante de todo y
hacedor de nada. Ir a encerrar las vacas al potrero, dar agua a los caballos en
el rio, recolectar huevos en los nidos, recolectar leña, para guisar, mantener
la hornilla encendida con su olla de barro conteniendo café sobre todo en
invierno. Las casas en su mayoría tenían chimenea para el humo. No era muy
prioritario en las actividades de mi padre.
Corría el año 1970, eran mis primeros pasos en bachillerato.
La idea de esa época especial quedaba atrás tras bambalinas entre el valor en
que si era mala o buena en el sentido de encontrar sentido a un equilibrio
deseado. A los estudiantes nos molestaban las desigualdades, frustraciones, la
impotencia no estar fuerte en ¿Qué hacer? No comprendíamos si era peor
permanecer en lo que dolía o romper las reglas del juego social cambiando el
rumbo a costa de uno mismo. Una elección difícil por su riesgo, llevarlo a cabo
tendría que ser a escondidas de los ojos del gobierno, capaz en cambiar la
imagen de lucha digna ideológica por la ridícula señalización de vagos
revoltosos, sin oficio, ni beneficio. El Grupo dominante con características
malignas, perversas dedicado a manchar el honor, prestigio, triturar ideologías
para que el campesino continuara relegado o el estudiante enterrado en un monte
desconocido.
Evidentemente la educación, es parte de esa adquisición
llamada honor, dignidad, pureza en ideales, intención de acción de aquellos que
aman la libertad del ser y luchan para transformar las circunstancias que lo
aquejan. La lucha de los estudiantes tiene un sabor especial, deseable para el
espíritu. La base es observar el abuso que se presenta a diario y se arraiga en
lo profundo para protestar, no dejar pisoteen su dignidad. El estudiante que
llega del campo y desde niño observa a su padre tratado como desecho humano, se
le acumula los sentimientos encontrados. Asume la responsabilidad ideológica en
forma de columna de las siguientes generaciones. Nacen en zonas sin derecho a
nada, alejados de una posible oportunidad. Son capaces en ofrendar su vida en
ese esfuerzo que honre su acción, aprende que las protestas son irrelevantes.
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