jueves, 27 de julio de 2023

 

CUENTO ENLAZADO CON MI VIDA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Cuando Berta se incorpora por las mañanas, lo primero que ve enfrente de ella, enfrente de su cama, es un cuadro con la foto de todos sus hijos y ella al centro, y por ser foto se ven todos sonriendo. Se trata de Bertha, ya algo anciana (90 años a cuestas) Los de la foto sonríen y a ella le entran ganas de darle los buenos días y de levantarse con un ánimo que, quizá, no tendría si la foto de sus hijos no permaneciera a su lado durante toda la noche. Así que Bertha se levanta sin desperezarse, se encamina hacia el baño y recoge la ropa que utiliza para estar en casa. Luego va al cuarto de baño y allí se quita el pijama todavía de verano para ponerse un vestido y una blusa de manga corta. Ya con su nuevo aspecto, se dirige a la sala.

Allí está, en la pared un cuadro de las meninas, la misma niña de todos los días mirando a través de la pintura los pasos de Bertha. Ella le saluda y le sonríe. Y a continuación parece querer decírselo con gestos, y mueve los labios sin pronunciar ninguna palabra. Hace como si abriera el periódico que lee y luego pone cara de aburrimiento. Dentro de poco terminaran las clases y la casa estará llena por las mañanas. El patio de Bertha está lleno de plantas. A veces debe esquivar las hojas de alguna de ellas que ha crecido demasiado.

Ella no quiere rozarlas con el cuerpo porque sabe que las plantas sufren y se marchitan si se les molesta. Se puede hablar con ellas, se puede poner música para ellas, se puede regar y abonar su tierra, se puede intentar quitar el polvo de sus hojas, pero no se las puede molestar cada vez que se camina por el patio para llevar los mandados a la mesa. Tampoco se las puede estar cambiando de sitio con mucha frecuencia. Mejor nunca. Bertha suele sonreír cuando piensa esto.

Contempla sus plantas, sus rosales y luego pasa un dedo por alguna hoja, muy despacio. Piensa que cuando se elige un lugar para una planta, se elige a conciencia y definitivamente. Como cuando ella eligió aquella pared para colgar la foto de sus hijos. Con cuidado, y sabiendo que sería para siempre. Así piensa Bertha: las cosas se deben hacer con cuidado porque cualquier cosa que se haga tendrá efectos y esos efectos serán irreversibles. Desayuna en la mesa de la cocina junto a un pilar que se mantiene firme para sostener el segundo piso de esa casa. Al inclinar la cabeza hacia la taza de café que tanto disfruta, algunas gotas le caen y se le meten al vestido, y a ella no le molesta porque es el único contacto físico que mantiene con algo que no sea ella misma. Así que se deja acariciar y se deja invadir por las gotas calientes de café con una sonrisa breve y con la mente en algún lugar mucho más cálido y mucho más acogedor.

Bertha podía caminar durante horas. Y no se cansaba. Podía caminar sin tener ni idea de por dónde iba. Y no se asustaba. Podía cruzarse con hombres que vestían un traje oscuro perfectamente planchado y con mujeres que acaban de salir de la misa y llevaban un bonito pañuelo en la cabeza. Podía contemplar cómo una mujer intenta convencer a su hijo lleno de mocos al otro lado de la ventanilla, y podía ver cómo unas niñas (cuatro o cinco) con falditas plisadas de colores diversos avanzan de la mano hacia un grupo formado por otras niñas mayores que fuman apoyadas en una pared y que llevan faldas diferentes.

Bertha puede caminar durante horas y, al pasar por delante de una tienda de decoración, puede verse reflejada en un espejo estrecho que adorna la pared. Se detiene y se mira. Es ella.

 Ella que corre por una pradera. Ningún obstáculo. Su perro “El oso” corre detrás. No se ven árboles, no se ve gente. No hay nada que pueda interrumpir la carrera de Bertha en sus sueños placenteros. Para Bertha no existe nada en el mundo excepto sus hijos, sus plantas. Y el recuerdo de aquella mañana en la que su padre se enfermo.

Uno de sueños la llevo a un episodio en donde su padre cayó debajo de un tractor y ella intentaba sacarlo de un hoyo en el que se había quedado atascado, pero la rueda no cedió. El padre de Bertha quedó atrapado debajo, en la tierra, sin poder moverse, y comenzó a llamarla. El perro ladraba como un loco, Bertha corría con un libro en las manos.

Corría y el aire se le metía en los ojos. Corría y veía a su padre en el suelo, entre el barro, con la cara enrojecida con un rojo que jamás había visto en la cara de nadie y, cuando llegó junto a él, se dio cuenta de que no podía hacer nada. ¿Qué podía hacer? ¿Qué iba a hacer? No podía mover aquel tractor ella sola, no podía hacer nada sola. La rueda le aprisionaba una pierna. Comenzó a dar vueltas en torno a su padre mientras el perro no dejaba de ladrar, y contemplaba aquel rojo violento que cada vez era más violento en la cara de su padre.-Ve a avisar a alguien.-dijo él.-Trae a alguien, muévete rápido porque ya no aguanto el dolor en la pierna. Y entonces ella corrió y corrió, con el libro en las manos, pisando el barro y llorando en silencio sin ver por dónde iba. Llevaba un libro en las manos…

Tenía 90 años y corría como cuando tenía siete. Se cruzó pronto con dos hombres que corrieron con ella y que sacaron a su padre de debajo del tractor, al voltear a ver la cara de los hombres se dio cuenta que eran sus hermanos muertos años atrás, y este hecho le dio mucha alegría al ver de nuevo el rostro de Alejandro y Ángel sonriéndole. No, no es demasiado grave le dijo Alejandro. Pero el padre de Bertha era demasiado testarudo, y también demasiado despreocupado.

El padre de Bertha (Alejandro), confiaba plenamente en el poder sanador de la propia naturaleza, en las cataplasmas de hierbas sobre la herida.-profunda herida que pronto comenzaría a mostrar un aspecto muy poco higiénico y a despedir un olor demasiado temido por todos, confiaba en la bondad de las infusiones, en el poder curativo de una mente positiva, y no quiso ver al médico.

Por lo que, aquello que era tan sólo una diminuta cortada fácilmente curable, poco a poco lo fue afectando, fue perdiendo color en su cara y que perdió cualquier asomo de vitalidad, como si se hubiera visto invadido su rostro sin remedio.

Cuando su padre murió, ella permaneció aún unos años en su casa, y fue entonces cuando comenzaron estos sueños. Era injusto que por una sola enfermedad tuviera que morir todo un árbol tan poderoso, tan robusto, pero lo cierto era que, de repente, se había quedado sola. Nunca hasta entonces se le había pasado por la cabeza esa idea, la de que los lazos que la unían a los demás eran muy delgados y frágiles. Más bien escaso. Se había quedado sola y echaba demasiado de menos a su padre.

Echaba de menos su voz y también su silencio, la manera tan extraña que tenía de mirar las cosas que le incomodaban, y la sonrisa espontánea que brotaba ante cualquier hecho ocioso, que a simple vista no contenía ningún elemento lo suficientemente atractivo como para hacer sonreír a nadie. Pero el padre de Bertha sonreía ante hechos corrientes, muy simples.

Y ahora, después de muerto, sonreía en los sueños de su hija que dormía de lado, acurrucada en la que había sido siempre su cama, agotada tras planear durante horas su regreso a su tierra natal. En aquellos sueños, su padre permanecía de pie en el pasillo. A veces avanzaba lentamente hacia su habitación, y entonces repetía el nombre de la que había sido su esposa Rosa. Sus frases no siempre resultaban reconocibles. Murmuraba palabras. Sólo el nombre de la madre de Bertha sonaba claro y fácilmente identificable.-Hija cuida a tus hermanos, a tus hijos, no los abandones. Pero Bertha no pensaba quedarse sola en aquella casa en su pueblo natal.

Cuando oía la voz de su padre tan cerca que parecía viva, se llevaba las manos a la boca y comenzaba a llorar y a moverse con urgencia por la habitación en busca de sus cosas. Exactamente, esto es lo que le sucedía: cuando se quedaba dormida, lo único que deseaba era despertar, y cuando despertaba, a las cinco de la mañana habitualmente, era para comenzar a fantasear de nuevo, sobre sus sueños que susurraban su nombre al oído…

Todo aquello era francamente inútil. Por las mañanas solía desayunar tarde. Prefería salir de su habitación muy despacio, sin hacer ningún ruido, sin despertar a nadie y, una vez en el exterior, sentarse a contemplar el color aún pálido del cielo. Prefería respirar siendo consciente de que estaba respirando, e imaginar que, en el interior, en la habitación del fondo, también su padre respiraba como cuando niña.

Parecía incluso que no lo conseguiría nunca, pero lo cierto es que también en San Ignacio hay gatos o algún pájaro que da saltos sobre los tejados.  La primera vez que esto sucedió, Bertha, no se asustó en absoluto. Se trataba simplemente de un gato vagabundo que parecía tener la mirada perdida y confusa de su padre. Pero cuando creyó reconocerlo en la sombra de una rama caída, comenzó a temerse lo peor. Sabía que podía llegar a ser muy testarudo y, efectivamente, no cesó en su empeño hasta que ella, una tarde, Bertha reconoció de inmediato el terrible esfuerzo de su padre por permanecer a su lado, y ahora deja que la planta continúe viviendo y que, a veces, por las noches, susurre algo. El nombre de su esposa, tal vez. O, tal vez, un lamento.-Te echo de menos, papá.-le dice Bertha a la planta.-Pero no sé si esto es muy normal. Quizá sería mejor que regresaras a casa. A nuestra casa, donde hemos vivido siempre. Pero su padre no contesta. Y, en ese momento, Bertha desea ser una de esas semillas que no asoman la cabeza al exterior y que prefieren pudrirse en la conocida oscuridad húmeda de la tierra nueva.

Una de esas semillas que jamás sentirán el azote del viento ni el calor asfixiante del sol ni las mareas de las lombrices deslizándose silenciosas entre pequeños orificios que se deshacen tan pronto como se hacen. La niña es ella y el caldo es para ella y las manos suaves que acarician su cara y le retiran el pelo de los ojos son las de su padre, que sigue respirando y que sigue existiendo.

En forma de planta verde, en forma de gato vagabundo, o en forma de nube cargada de lluvia que puede caer en cualquier momento empapando el pelo de todas aquellas mujeres que corren por el campo, en busca de ayuda para sacar el cuerpo de su padre que se ha quedado atrapado en la tierra profunda y opresiva, entre la vegetación y entre todo ese barro. Bertha puede correr por una pradera llena de margaritas con su perro detrás, con más cuidado esta vez, sin mirar atrás, porque sabe que el barro está ahí, en cualquier sitio, y que aparecerá cuando ella menos lo espere.

Un leve descuido, una mínima desorientación, y el barro aparecerán para tragársela ya que Bertha es consciente que se nace para morir y sus sueños no serán capaces de intimidarla. Mientras esto sucede, su hijo Ramón evoca la memoria de su padre Roberto  (Marido de Bertha).- Quisiera devolver el tiempo y por un instante verme al lado de mi padre a quien tanto amo, quisiera acudir a mis primeros recuerdos y caminar por ellos acompañado del ser que me procuro la vida, a mi memoria llega el día en que aprendí a nadar en aquel río caudaloso “Piaxtla”, aferrado de sus hombros fuertes, el momento en que me enseñó a montar a caballo, a lazar vacas y a admirar la vida del campo. Desde la distancia observo las fotos familiares y te veo allí, siempre alegre y satisfecho del hogar que junto a mi madre construiste.

Observo esas imágenes que traspasan el tiempo y mi recuerdo se llena de lágrimas, lágrimas que nacen desde lo profundo de mi corazón y que corren lentas para ser testigos de estos hermosos momentos. Siempre me dijiste que yo podría contra todo, me hablaste de como conquistar sueños e imposibles, tus manos fuertes me señalaron el lugar donde no existía el miedo y tus consejos sabios me ayudaron a encontrarlo, tu voz siempre me exhortó a caminar seguro de mis pasos y aunque estés lejos y no pueda abrazarte, creo que siempre he estado aferrado a ti, tus huellas son mis huellas, tu sombra es mi propio cuerpo y tus latidos no son más que el aliento que me ayuda a vivir.

Cuanto te debo padre mío, nada de lo que recibí puede tener precio y nada de lo que haga podrá recompensarlo, porque tú te entregaste de lleno y pusiste tu espalda para soportar mis dolores. Recuerdo alguna vez que nos sorprendió la noche, caminando por las montañas que tanto amaste, tu ibas aferrado a la cola de la mula que yo montaba, era una noche silenciosa y sin estrellas, teníamos que llegar pronto, el calor ... del hogar no esperaba, la oscuridad se tragaba el horizonte, por un momento tuve miedo, las criaturas del monte lo sabían y quisieron asustarme, de pronto tu voz suave rompió el silencio y me dijo, “tranquilo hijo que ya vamos a llegar”, con sencillas palabra me devolviste la esperanza y al ver tu paso fuerte y tu coraje al enfrentar la adversidad, descubrí que esa noche no necesitábamos estrellas que nos iluminaran, pues eras tú la luz, eras tú el camino cierto hacia la verdad... No sé si es demasiado tarde para decirte que te amo y que sin ti mi vida no tiene explicación. Gracias padre mío, amigo incansable, compañero incondicional, eres mi guía y siempre seguiré tus paso.

Podría asegurar sin temor al error que escribir en medios de comunicación es la prueba en que se está medio falto de razón. Se escriben sueños, apegados a una realidad dispuestos a cambiarla. La mayoría de las criticas no son bien interpretadas por a quien se le hace. Cierto es que si no existiéramos vendrían otros hacerlo y que si no soñamos en cambiar las cosas viviríamos en sueños, sin realidad o en lo aplastante de la verdad simulada. Amamos seguir las tinieblas cuando la luz está disponible por necedad estimulada en el mar de la pasión que nos va llevando. Ese deseo es un barco al cual el viento arroja de un lado a otro. La pasión es un caballo sin jinete. Una cantina. -Es un centro de vicio y de perversión, en el que no debe entrar el de buen corazón.

Un burdel. - Un antro de baile y borrachera donde se pervierte la humanidad entera. Lujo.-  Hace olvidar sagrados deberes y pervierte a mujeres.- Juego con apuestas. -Lo calificó San Antonio: de vicio del purgatorio. Riqueza. -Mal adquirida destruye. Alcohol.- El trago es traicionero que mata al rico y al pordiosero. Lujuria. - Apetito carnal desenfrenado que muchas vidas ha derrumbado. Amor.- Lámpara de luz, que promulgó el gran Jesús. Bondad.- Endulza la vida. Dignidad. -Virtud que aborrecen los tiranos y cultivan los buenos hermanos. Cultura. -Don que da inteligencia y felicidad a toda la humanidad. Justicia. -Flor de equidad y de derecho que deja al tirano maltrecho.

Ley. -Regla de felicidad. Orden y razón, que suele burlar el tirano y el bribón. Matrimonio. -Unión legal, amorosa de dos seres, para cumplir deberes. Anciano. –Ser al que todos debemos venerar. Paciencia. -Cualidad del que sabe esperar con calma, las exigencias del alma. Coqueta. -Indudablemente es una infracción a las sublimes leyes del Amor. Vanidad. - Vicio repugnante y necio, que merece desprecio. Suicidio. -Sólo el cobarde e inmoral, recurre. Adversidad. –Flor que nace en todas partes y llena de emociones. Dolor.- De incógnito suele presentarse y del débil reírse y mofarse.

La Corrupción es un tema al que estamos acostumbrados desde hace tantos años.- En contra de la corrupción, existe un poder judicial, que es quien debe velar por someter a todo aquel que atente contra los intereses nacionales, y más aún cuando se trate de una administración pública. Actualmente, las sociedades sufren las devastaciones de la corrupción, utilizando un sistema judicial que al parecer, se parcializa en favor de quienes ocupen el poder. Según tengo entendido, y por poner un ejemplo: No hay absolutamente ningún preso por corrupción, lo cual significa, que “No” existe corrupción, o que el sistema de justicia “No” está haciendo su trabajo.

El pueblo adora a los ídolos de piedra como en la antigüedad y los que ejercen el poder no cambian su convicción en la forma de gobernar. Son estatuillas construidos laboriosamente por los medios de comunicación y de este modo son adorados desde cualquier parte de la republica “El pueblo se aferra y al mismo tiempo pierde la confianza conforma pasa el tiempo de la persona en la que confiaron” ¿Hasta cuántas veces hemos de tropezar con la misma piedra?

Es fácil juzgar cuando un ser querido no hace nada por nosotros a sabiendas que está en sus manos. No se le puede juzgar por ello, sino a su esencia natural, está hecho de diferente materia. No es que sea ciego para ver que se ocupa, pero su esencia le grita que no haga algo que jamás ha hecho por eso falla y la culpa sale de su formación, aprecio, genes. No es que esa persona sea mala simplemente no está hecha para eso o la respuesta es que solo se ama ella misma. Hace lo que siente, la escena en donde se vea, aprende a que le sirvan, de hecho no se equivoca piensa es encantadora y lo malo está en otra parte. Amar es sin duda lamentar que a la persona amada le vaya mal y no juzgarla como perdedora sino que valorarla en su entrega. Realmente la vida nos expone a preocupaciones en instantes en que debemos ser amables pero elegimos por egoísmo la soberbia.

Lejos quedaron las carretas de bueyes cargadas con costales de grano, pienso de comida para los animales, leña, botes de agua, sustituidas por cilindros de gas, red de agua, camionetas, tractores. Aquellos años en donde el orgullo del ranchero era su buen caballo, dos o tres vacas en el corral de su casa, la docena de gallinas, tres o cuatro perros. El burro para los niños con su aparejo. El burro un animal noble y no muy grande, al que llamábamos por un apelativo afectuoso, suficiente para todos los pueblo conocieran de quién era ese burro.

Las vacas las bautizábamos por sus cuernos, mirada, color, comportamiento, deficiencias físicas. El caballo la mayoría de las ocasiones lo acariciábamos y nos miraba con aquellos ojos grandes tiernos muy suyos que parecía hablarnos. La mula cuya terquedad se hacía presente (Amachaba: Termino usado para el sexo masculino de esta especie) quedándose inmóvil soportando el castigo sin obedecer órdenes. Definitivamente lo común era vender leche, cuajadas, gallinas, huevos y la vaca quebrada de la pata.

Mi padre en contadas ocasiones le escuche maldecir o utilizar palabras altisonantes a los animales, los miraba con sus ojos expresivos y les hablaba suavemente. Que recuerde, solo en una ocasión lo vi perder el control y le sonó un golpe en el hocico a un macho mañoso quien gustaba morder en la pierna al jinete. Se había puesto terco, sin obedecer moverse hasta que le llego el golpe en el hocico. En casa se obedecían las reglas al desayunar, cenar. Cosa que no sucedía a la hora de la comida ya que normalmente mi padre no se encontraba en casa.

Temprano el sol venia a verme entrando por la ventana en el segundo piso de la casa en donde vivía, así que era prácticamente el primero en la mesa exigiendo desayuno. Mi madre se levantaba a las cuatro de la mañana para ayudar y vender carne en un puesto en el mercado, al terminar se movía rápido a la casa para darnos desayuno, ver que fuéramos bañados y asistiéramos a la escuela. No importaba si era invierno, verano, otoño, siempre este era el rito a seguir. En aquellos años la noche era más oscura, nos alumbrábamos con una cachimba (Bombilla, Alumbrado) de petróleo.

En la noche la cena estaba compuesta con un pan y, un vaso de leche. En la noche  el pueblo se apostaba silencioso, oscuro, tenebroso, despoblado, nadie salía a la casa por miedo a los fantasmas, muertos. Oscureciendo la puerta se cerraba, solo mi padre llegaba tarde y mi madre bajaba a la cocina a calentar la comida de medio día. Siempre traía bajo el brazo el freno del caballo o el collar usado para la siembra en los animales.

Así se daba la vida. Las gentes vivían contentas. Una época laboriosa donde se exigía mucho al padre de familia sin importar el tiempo (verano, invierno). Mi trabajo en casa era ser el mandadero, ayudante de todo y hacedor de nada. Ir a encerrar las vacas al potrero, dar agua a los caballos en el rio, recolectar huevos en los nidos, recolectar leña, para guisar, mantener la hornilla encendida con su olla de barro conteniendo café sobre todo en invierno. Las casas en su mayoría tenían chimenea para el humo. No era muy prioritario en las actividades de mi padre.

Corría el año 1970, eran mis primeros pasos en bachillerato. La idea de esa época especial quedaba atrás tras bambalinas entre el valor en que si era mala o buena en el sentido de encontrar sentido a un equilibrio deseado. A los estudiantes nos molestaban las desigualdades, frustraciones, la impotencia no estar fuerte en ¿Qué hacer? No comprendíamos si era peor permanecer en lo que dolía o romper las reglas del juego social cambiando el rumbo a costa de uno mismo. Una elección difícil por su riesgo, llevarlo a cabo tendría que ser a escondidas de los ojos del gobierno, capaz en cambiar la imagen de lucha digna ideológica por la ridícula señalización de vagos revoltosos, sin oficio, ni beneficio. El Grupo dominante con características malignas, perversas dedicado a manchar el honor, prestigio, triturar ideologías para que el campesino continuara relegado o el estudiante enterrado en un monte desconocido.

Evidentemente la educación, es parte de esa adquisición llamada honor, dignidad, pureza en ideales, intención de acción de aquellos que aman la libertad del ser y luchan para transformar las circunstancias que lo aquejan. La lucha de los estudiantes tiene un sabor especial, deseable para el espíritu. La base es observar el abuso que se presenta a diario y se arraiga en lo profundo para protestar, no dejar pisoteen su dignidad. El estudiante que llega del campo y desde niño observa a su padre tratado como desecho humano, se le acumula los sentimientos encontrados. Asume la responsabilidad ideológica en forma de columna de las siguientes generaciones. Nacen en zonas sin derecho a nada, alejados de una posible oportunidad. Son capaces en ofrendar su vida en ese esfuerzo que honre su acción, aprende que las protestas son irrelevantes.

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