domingo, 21 de abril de 2024

 

APELLIDOS

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Imagine que lleva 20 años de casado y su mujer le dice que el hijo, no es hijo biológico suyo, es como para volverse loco o hacerle al loco, pero esto ha venido sucediendo por generaciones, hasta que el santoral cristiano diversificó tanto las onomásticas que ya no hubo manera y el apellidarse tuvo que y depender de los oficios, o la toponimia o, quién sabe, del puro capricho. En cualquier caso, la sucesión del apellido ha sido cosa de hombre a hombre, de macho a hembra. Pero siempre el hombre por delante, considerándose un cataclismo la desaparición del apellido en el caso de procrear solamente hijas (general Álvarez (Mexicano), quien tuvo cinco hijas).

Tuvieron que ser los franceses, los primeros en romper tan masculina tradición y, aunque pasando por un complicado proceso legal, aquí ya se acabó eso de transmitir con obligada prioridad a los hijos el apellido paterno. En adelante, a la hora de apellidar, tanto vale el del padre como el de la madre. Se permitirá a ambos que escojan entre el paterno, el materno o, si vienen mal dadas y no hay acuerdo, los dos, en el orden que elijan, con un guion entre ambos. Ah, y esto vale tanto para los que firmaron acta de matrimonio como para los que viven como pareja sin papeles quedando fuera el dicho de que papelito habla.

No des ideas compadre.-Quizás esté equivocado, pero no me suena que entre las reivindicaciones feministas haya destacado el derecho a trasladar a los hijos prioritariamente el apellido de la madre, salvo, claro está, en el caso de madres solteras en donde el papa no se hizo responsable. Es evidente que, en este país y en todos, eso de apellidar a los hijos dejando claro que lo son de su padre viene desde tiempo inmemorial y que a diferencia de los EEUU, la mujer al casarse toma el de su marido y fin finito final, todo mundo contento. Pero aquí es de vida o muerte que Osuna se escriba con “S”, Jiménez con “J”, López con “Z”, los García con “G” sin importar de quien sean hijos, lo importante es que están en casa y llevan el apellido de quien mantiene.

¿De dónde vienen los apellidos? En la antigüedad, no existían los apellidos. Tomemos la Biblia, por ejemplo: A los personajes del Antiguo y Nuevo Testamento se les conocía por su nombre: Abraham, Moisés, Pedro, Juan, Mateo, Jesús, María y José.  No había tal cosa como Abraham Pérez, Mateo Delgado o José García.  (Cuidado: Iscariote no era el apellido del traidor Judas, ni Tadeo el del santo; eran sobrenombres, apodos). Con el tiempo, las comunidades se poblaban cada vez más y más, y de momento surgían las dudas: -Llévale este mensaje a Juan. -¿Cuál Juan?- preguntaba el mensajero. -Pues Juan, el de la bajada al rio- explicaba para distinguirlo del otro Juan, el del monte, del Valle, rio, arroyo etc.

En este caso, los apellidos del Monte, del rio, del valle, del arroyo, tan comunes hoy día, surgieron como resultado del lugar donde vivían estas personas.  Estos se llaman apellidos topónimos, porque la toponimia estudia la procedencia de los nombres propios de un lugar.  En esa misma categoría están los apellidos Arroyo, Canales, Costa, Cuevas, Peña, Prado, Rivera (que hacen referencia a algún accidente geográfico) y Ávila, Burgos, Logroño, Madrid, Toledo (que provienen de una ciudad en España).

Otros apellidos se originan de alguna peculiaridad arquitectónica con la que se relacionaba una persona.  Si tu antepasado vivía cerca de varias torres, o a pasos de unas fuentes, o detrás de una iglesia, o al cruzar un puente, o era dueño de varios palacios, pues ahora entiendes el porqué de los apellidos Torres, Fuentes, Iglesia, Puente y Palacios.

Es posible que hayas tenido algún ancestro que tuviese algo que ver con la flora y la fauna.  Quizás criaba corderos, cosechaba manzanas o tenía una finca de ganado.  De ahí los apellidos Cordero, Manzanero y Toro. Los oficios o profesiones del pasado también han producido muchos de los apellidos de hoy día.  ¿Conoces a algún Labrador, Pastor, Monje, Herrero, Criado o Vaquero? 

Pues ya sabes a qué se dedicaban sus antepasados durante la Edad Media. Otra manera de crear apellidos era a base de alguna característica física, o un rasgo de su personalidad o de un estado civil.  Si no era casado, entonces era Soltero; si no era gordo, era Delgado; si no tenía cabello, era Calvo; si su pelo no era castaño, era Rubio; si no era blanco, era Moreno; si tenía buen sentido del humor, era Alegre; si era educado, era Cortés.

Quizás la procedencia más curiosa es la de los apellidos que terminan en (Ez), como Rodríguez, Martínez, Jiménez, González, entre otros muchos que abundan entre nosotros.  El origen es muy sencillo (Ez)  significa hijo de.  Por lo tanto, si tu apellido es González es porque tuviste algún antepasado que era hijo de un Gonzalo.  De la misma manera, Rodríguez era hijo de Rodrigo, Martínez de Martín, Jiménez de Jimeno, Sánchez de Sancho, Álvarez de Álvaro, Benítez de Benito, Domínguez de Domingo, Hernández de Hernando, López de Lope, Ramírez de Ramiro, Velázquez de Velasco, y así por el estilo.

Así mismo ocurre en otros idiomas: Johnson es hijo de John en inglés (John-son); MacArthur es hijo de Arthur en escocés; Martini es hijo de Martin en italiano. Ya ves: es así como, poco a poco, durante la Edad Media, comienzan a surgir los apellidos.  La finalidad era, pues, diferenciar una persona de la otra.  Con el tiempo, estos apellidos tomaron un carácter hereditario y pasaron de generación en generación con el propósito de identificar no solo personas, sino familias. ¿Cuáles son tus apellidos? 

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