FILOSOFIA EDUCATIVA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Lo cierto es que la
capacidad de filosofar es el rasgo más genuinamente humano y que, por tanto,
nos distingue del resto de las especies que habitan el planeta. ¿Se han
detenido a pensar qué sería del mundo sin la Filosofía y sin los filósofos?
¿Qué sería del ser humano sin pensamiento? ¿En, que entre tenería mis locas
neuronas? Los antropólogos siempre han considerado que el ser humano surge en
la faz de la Tierra cuando elabora su primer pensamiento… o quizás habría que
decir su primera pregunta: ¿Quién soy yo?
Y frente a la primera
pregunta viene el primer atrevimiento, fruto de la búsqueda permanente y
constante de la verdad. Ya no acepta las explicaciones mágicas y sobrenaturales,
intuye que tiene sus propias reglas, mecanismos… ese fue el principio. Ese fue
el fascinante paso del mito al logos: la fuente del Pensamiento que ha
posibilitado el progreso de la humanidad, no sólo tecnológico o científico,
sino también ético y moral. Llegados a este punto debemos preguntarnos lo
siguiente: ¿Qué importancia tiene la Filosofía en nuestra sociedad? La
respuesta es desesperanzadora: “Ninguna”.
Con esto no niego la
existencia de personas preocupadas por la reflexión y la búsqueda de la verdad…
pero debemos reconocer que no son la mayoría. El sistema educativo trata las
asignaturas filosóficas como un simple relleno que nadie se toma en serio, los
valores morales se han perdido… suponiendo que alguna vez han existido en otro
sitio que no sean los libros o en un discurso de buenas intenciones de un
candidato en campaña. No es posible, ni en el plano de lo hipotético, tener una
sociedad desarrollada, fundamentada en principios y con ciudadanos críticos si
no se incentiva el atrevimiento de pensar, pensar y pensar…en forma crítica, razonada
y sustentada.
Tomemos en serio el
pensamiento filosófico o nos quedaremos eternamente en el ámbito de los mitos
o, peor aún: gobernados por sofistas. A raíz de mi contacto con las aulas
universitarias, los programas de los diversos medios de comunicación y demás he
percibido que en la sociedad es más importante lo que se dice que lo que se
hace. Esto, lógicamente, tiene relación con los valores morales que tiene
nuestra sociedad.
Valores que las personas
asumimos mediante un proceso de socialización mediante la educación formal e
informal: padres, familiares, medios de comunicación, centros educativos, etc.…
Y llegamos al punto donde se perdona más fácil la corrupción que una mala
palabra. No me malinterpreten: yo soy un defensor de la cortesía, de la
corrección en las formas, del protocolo, del respeto, etc.… pero mi reflexión
pretende llegar un poco más lejos. ¿Quién ofende más? ¿Ofende más quien
interrumpe a un gobernante en un discurso o un gobernante que incumple sus
propias leyes?
El respeto es, como otras
muchas cuestiones de esta vida, algo subjetivo. Por eso resulta difícil
estandarizar las relaciones humanas: lo que me ofende a mí no ofende a los
demás y viceversa. Voy a compartir con usted, amigo lector, algunas de las
cosas que me pueden llegar a ofender (depende en gran medida de las
circunstancias, si la luna está llena, claro y como me haya levantado).
Que me tomen por idiota:
Eso no siempre me molesta… para ser sincero he de confesar que eso incluso me
divierte mucho porque salen a flote las carencias de quienes me toman por tal.
Que invadan mi privacidad: La vida privada, como indica su nombre, es privada…
quien cometa el error de creer que forma parte de mi privacidad puede llevarse
una desagradable sorpresa. La prepotencia gratuita: Si alguien presume de
alguna cualidad lo mínimo que debe hacer es ser coherente y demostrar con su
conducta que realmente esa cualidad forma parte de su persona… de no ser así
esa persona sale en una décima de segundo de mi vida.
La humillación primaria: Me refiero a la
humillación sobre los defectos físicos, psíquicos o de personas que, por una u
otra razón, están en una posición de inferioridad social. Es una bajeza y
alguien así no formará parte de mi vida. El uso de autoridad para imponer un
criterio: Eso sólo me demuestra la ausencia de argumentaciones sostenibles por
la razón. El marketing de los agoreros sectarios: Ya soy mayorcito para tener
algunas cosas claras… así que no me hagan perder mi tiempo que, como mínimo, es
tan valioso como el de quien me va pidiendo conversión.
Los impulsivos, y
cefalópodos: ¿Qué quieren que les diga? Quizás los dos se caracterizan por
falta de solidez, escasa actividad neuronal y pocos aportes a quienes les
rodean… Quizás este sea el menos profundo de mis artículos… pero a veces
necesitamos un poco de banalidad en nuestras vidas. Lo peor que puede
sucedernos con la corrupción es acostumbrarnos a ella y asumirla como algo
normal en la vida de los seres humanos.
Llegados a este punto de
degradación moral sólo quedan dos caminos: optar por la filosofía canina o por
la cultura del amor. ¿A qué denomino filosofía canina? A la vida simple, fácil,
a la lucha por la consecución de las necesidades básicas y de los más básicos
instintos… sin ver más allá, sin reflexionar, sin trascender. ¿A qué denomino
cultura del amor? A plantearse la
aspiración de una vida superior, a tener la capacidad de pensar en algo más que
no sea uno mismo: el prójimo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario