EDUCACIÓN EN LA FAMILIA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Amor con amor se paga
reza un viejo proverbio. Pero es un refrán que cada vez es menos cierto. Y no
es porque nuestros hijos nos quieran menos, sean más malos o más egoístas, sino
porque la vida de hoy exige atender más lo urgente que lo importante. Estamos
perdiendo demasiados principios y valores en el seno de nuestra sociedad como
para que el sacrificio y la generosidad sean valores en alza. A mí, de pequeño,
me enseñaron a ganarme a mis padres, y hoy estoy aprendiendo todavía a ganarme
a mis hijos. No sé si mis hijos pretenderán o harán algo para ganarme algún
día.
Por si acaso, mi mujer y
yo vamos a procurar preparar el futuro de manera que no tengamos que depender
nunca de los hijos. Lo hacemos por ellos, para que no tengan que hipotecar sus
vidas cuidando de nosotros. Hemos de pensar que bastante tendrán con sacar
adelante a sus hijos en el mundo tan desgraciado que les estamos dejando. Por
ello, creo que la gente de cualquier edad es consciente de que la salida es
caminar hacia adelante, adecuándose a los cambios.
No importa tanto si las
personas de edad llegarán a poder contar con sus hijos para vivir con ellos,
sino lo que importa es que las personas mayores, aún en edades avanzadas, como
una prueba última de amor a los hijos, eviten ser una carga para ellos. Damos
por hecho que los niños aprenden a compartir el cariño, el esfuerzo, la ayuda
mutua y la solidaridad.
Por otro lado, y de
manera totalmente gratuita, pensamos que a ningún hijo le gustaría ver
envejecer a sus padres pasando penurias físicas y económicas, sobre todo si se
le ha educado en la generosidad y en la solidaridad, y se da el caso que ambas
virtudes las ha asumido como valores propios. ¿Es eso cierto o tan sólo es
producto de nuestros deseos? ¿El sistema de valores sobre el que basamos la
educación de nuestros hijos plantea que la generosidad es una virtud
primordial? ¿Con el ejemplo que les damos como padres pensamos que se están
fortaleciendo los vínculos inter generacionales?
Personalmente, considero
que somos demasiado optimistas si respondemos a estas dos últimas preguntas
afirmativamente. Los datos apuntan a todo lo contrario, pues los vínculos inter
generacionales se van debilitando a pasos agigantados y los actuales hijos se
olvidan de sus padres, rara vez los visitan y mucho menos los apoyan
económicamente. Sin embargo, también es cierto que no todos. Así, mientras en
algunos países, entre los que nos encontramos nosotros, los jóvenes permanecen
largo tiempo viviendo en el hogar de los padres, en otros países como Alemania
e Inglaterra acostumbran a abandonar los hogares paternos una vez son mayores
de edad.
Ignoro qué será lo mejor, pero intuyo que, en
cualquier caso, el ejemplo que hayamos dado a nuestros hijos al cuidar de
nuestros padres, sus abuelos, cuando estaban ya mayores, servirá, pero mi
intuición puede equivocarse y, por ello, fríamente he de pensar que no será
tanto como pensamos.
Las relaciones sociales se han deshumanizado
tremendamente, por lo que aquello que más podría contribuir a que nuestros
jóvenes familiares fueran más solidarios con las personas mayores de edad de su
familia, padres y tíos principalmente, cada vez tiene menos fuerza. Me refiero
también a los que sólo tienen sobrinos o hijos que no criaron por estar
separados o divorciados, y que son un grupo social cada vez más numeroso.
Hemos de tener en cuenta
que el envejecimiento de la población también entraña cambios muy importantes
en la composición de las familias. En efecto, el descenso de la fecundidad y el
aumento de la longevidad hacen que no sea muy extraño encontrarse con familias
que cuenten con cuatro generaciones -donde existen bisabuelos- que conviven a
la vez.
Si en 1960 un tercio de
los que tenían 50 años contaba todavía con, al menos, uno de sus padres vivo,
actualmente podemos decir que está afectando a casi al doble, al 60%. Antes,
los padres permanecían viviendo con los hijos durante prácticamente toda la
vida. Generalmente era una de las hijas la que se casaba y se quedaba en casa
de los padres, y así los atendía durante todo el resto de la vida hasta que la
muerte se los llevara.
Hoy en día asistimos a
unos cambios antagónicos que nos presentan, por una parte, una mayor
desafección de los hijos con respecto a los padres, pero, por la otra, quizás
debido al costo de la vida y a la falta de empleo, los jóvenes permanecen más
en el domicilio de los padres. ¿Positivo o negativo? ¿Viven en su casa, pero no
conviven con ellos? A lo largo de los últimos dos siglos, la familia se ha
mantenido como una institución sólida que ofrecía, voluntaria y de forma
natural, el sostenimiento a sus miembros más débiles y frágiles, aunque, a
veces como un clan, ahogara a las aspiraciones individuales de sus miembros.
Las relaciones se basaban en el calor familiar y la intimidad.
Los servicios ofrecidos por las familias eran
más flexibles y de una mayor calidad que la de los servicios públicos. Sin
embargo, debido a factores relacionados con la dedicación al trabajo, las
familias dejan el cuidado de sus mayores abandonados a su suerte. ¿Cómo podrían
las familias contribuir a paliar los problemas que origina el envejecimiento de
la sociedad? Por otro lado, el índice de divorcios está creciendo cada día más
y sin que se le conozca límite por ahora. Cuando un padre o madre, ya con cierta
edad, tiene necesidad de apoyo y ayuda, en general se recurre a los hijos. Sin
embargo, lo típico es que este apoyo suela venir asumido por una sola persona
y, en concreto, suele ser una hija la que se encarga de ellos. La soledad, el
abandono, el aumento en la esperanza de vida son factores que condicionan.
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