martes, 23 de abril de 2024

 


HUMANIZAR LA EDUCACIÓN

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Hace ya muchos años, un alumno que me seguía con gran fidelidad, me hizo, una pregunta que, a un mismo tiempo, me halagó (Vanidoso el niño y le lanzan aire) y me desconcertó: "Usted, con lo que ha estudiado, y vale, ¿qué hace aquí, enseñando?". Lo más doloroso fue que la pregunta no provenía de físicos o ingenieros, sino de estudiantes de último año de Magisterio y, por tanto, de próximos profesores.” Me quedaba claro que antes de terminar la carrera ya la despreciaba”, incluso admitió que estaba a fuerzas estudiando porque su madre le exigió que estudiara, pero que él, en realidad deseaba estudiar Arquitectura.

Un caso más reciente, trabajando en una Universidad Privada, dedicada a formar maestros. El padre de un alumno de Educación Especial, un caso de síndrome de Down, vino a gestionar una petición. El padre, creyendo plena y meritoriamente en su hijo, llegó a confiarme sus expectativas máximas, lo que le enaltecía y demostraba que era un padre ideal. Pero lo hizo de un modo que transmitía su valoración de la acción educativa. Literalmente, y en la discreción de una conversación privada sin la presencia de su hijo, me confesó: "Ya sé que Jon (nombre ficticio) nunca podrá ser médico o abogado, pero aspiro a que mi hijo haga un trabajo sencillo, algo como lo que hacen ustedes, los Maestros, califíquelo bien que yo me encargo en acomodarlo.

La docencia no ha encontrado aún la estima profesional y social que merece entre nosotros, comenzando por el propio profesorado. Si un futuro docente no cree que ejerce un puesto crítico para el futuro, probablemente no merezca ser educador, si un estudiante, no es parte del sentimiento social, no es digno en llamarse maestro. Si una familia no considera trascendental la labor del profesorado, posiblemente esté limitando la educación de sus hijos. Vivimos en un mundo acelerado. Un mundo en que el ayer es ayer y poco tiene que ver con el hoy.

La revolución tecnológica tiene como una de sus características la de la imprevisibilidad. De ahí que los grandes pre editores de la ciencia no siempre acierten sobre cuáles van a ser los inventos masivos que se van a hacer indispensables, mucho menos lo ajustes en materia educativa. Tampoco los sociólogos suelen acertar con los acontecimientos sociales, mucho menos los estudiantes para maestros saben para dando vamos. Hasta hace bien poco tiempo se pasaba de la sujeción del trabajo -maldición bíblica- a la muerte casi sin espacio de tiempo intermedio para pensar si se hacían bien o mal las cosas (Trabajo físico, sin prestar atención al espiritual).

Posteriormente llego la jubilación que era el anuncio del fin, siendo que anteriormente la carrera de maestro era para morir iguales. Hoy no, la jubilación, y no digamos ya la prejubilación, están cada día más distantes del momento del fallecimiento, igualmente a las maestras ya no se les exige que se mantengan señoritas (Se exigía en su contrato de trabajo, que se mantuvieran señoritas y solteras).

 La esperanza de vida camina, aumentando, de forma imparable y además con un alto nivel de buena salud y de posibilidad de vida activa, siendo el único inconveniente caer en manos de un médico impreparado quien termine por enfermarte y darte muerte llenándote de medicinas que acaban con los riñones, el estómago, el hígado etc. La distancia entre la edad de la jubilación media y el fallecimiento ronda los 30 años, lo que implica un importante cambio sociológico al aparecer un segmento de edad para el que no están previstas sus actividades más allá de las de índole negativa que suponen no trabajar asalariadamente.

 La sociedad no contaba con ello y no está preparada para hacerle frente; los maestros tampoco y, por lo general, no nos hemos preparado para ese tiempo tan importante. Hay guarderías, escuelas, centros de deportes, universidades, discotecas... para los jóvenes. Hay centros de trabajo, de ocio, de cultura... para los hombres y mujeres en activo. Pero para los jubilados, no existe actualmente un solo lugar que cuente con lo mínimo necesario, sobre todo que a esa edad los hijos y los nietos lo menos que quieren es cargar con la molestia de un anciano.

Vivimos en unas ciudades no pensadas para ellos en las que su desgana y a veces su depresión, se exterioriza por algunos como capataces de obras virtuales, agarrados a las vallas.

A los jubilados les espera un cambio brusco en su posición social y en los emolumentos que perciben, tan solo el jubilarse significa perder el 70% de sus ingresos. Les espera un deambular por unas calles despersonalizadas y asirse a pasar la tarde en locales, o plazuelas para la tercera edad abarrotados con bancas incomodas de acero y poco imaginativas, cuando no tediosamente delante del televisor. Se podría decir que el tiempo de la jubilación no se plantea como un colofón digno a la vida sino como una espera a que llegue lo inevitable.

 No quiero decir que no se hagan cosas para los jubilados, por los mismos jubilados; pero en importante medida se carece, colectiva e individualmente, de apoyos, quehaceres, metas, ilusiones... Hay que aspirar, en esos tiempos en que las obligaciones decaen, a sacar jugo a la vida y, aprovechándonos de una buena salud, lograr que sea de aceptable calidad. Al conjunto de los jubilados les ha llegado la hora de recibir después de un tiempo de aportar. Y no hay que olvidar que la tercera edad joven o la joven tercera edad necesitan también de guarderías, pues están empezando a vivir, necesitan de Médicos Geriatras, psicólogos, Nutriólogos, Licenciados en educación Física etc.

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