HUMANIZAR LA EDUCACIÓN
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Hace ya muchos años, un alumno que me seguía con
gran fidelidad, me hizo, una pregunta que, a un mismo tiempo, me halagó
(Vanidoso el niño y le lanzan aire) y me desconcertó: "Usted, con lo que
ha estudiado, y vale, ¿qué hace aquí, enseñando?". Lo más doloroso fue que
la pregunta no provenía de físicos o ingenieros, sino de estudiantes de último
año de Magisterio y, por tanto, de próximos profesores.” Me quedaba claro que
antes de terminar la carrera ya la despreciaba”, incluso admitió que estaba a
fuerzas estudiando porque su madre le exigió que estudiara, pero que él, en
realidad deseaba estudiar Arquitectura.
Un caso más reciente, trabajando en una Universidad
Privada, dedicada a formar maestros. El padre de un alumno de Educación
Especial, un caso de síndrome de Down, vino a gestionar una petición. El padre,
creyendo plena y meritoriamente en su hijo, llegó a confiarme sus expectativas
máximas, lo que le enaltecía y demostraba que era un padre ideal. Pero lo hizo
de un modo que transmitía su valoración de la acción educativa. Literalmente, y
en la discreción de una conversación privada sin la presencia de su hijo, me
confesó: "Ya sé que Jon (nombre ficticio) nunca podrá ser médico o
abogado, pero aspiro a que mi hijo haga un trabajo sencillo, algo como lo que
hacen ustedes, los Maestros, califíquelo bien que yo me encargo en acomodarlo.
La docencia no ha encontrado aún la estima
profesional y social que merece entre nosotros, comenzando por el propio
profesorado. Si un futuro docente no cree que ejerce un puesto crítico para el
futuro, probablemente no merezca ser educador, si un estudiante, no es parte del
sentimiento social, no es digno en llamarse maestro. Si una familia no
considera trascendental la labor del profesorado, posiblemente esté limitando
la educación de sus hijos. Vivimos en un mundo acelerado. Un mundo en que el
ayer es ayer y poco tiene que ver con el hoy.
La revolución tecnológica tiene como una de sus
características la de la imprevisibilidad. De ahí que los grandes pre editores
de la ciencia no siempre acierten sobre cuáles van a ser los inventos masivos
que se van a hacer indispensables, mucho menos lo ajustes en materia educativa.
Tampoco los sociólogos suelen acertar con los acontecimientos sociales, mucho
menos los estudiantes para maestros saben para dando vamos. Hasta hace bien
poco tiempo se pasaba de la sujeción del trabajo -maldición bíblica- a la
muerte casi sin espacio de tiempo intermedio para pensar si se hacían bien o
mal las cosas (Trabajo físico, sin prestar atención al espiritual).
Posteriormente llego la jubilación que era el
anuncio del fin, siendo que anteriormente la carrera de maestro era para morir
iguales. Hoy no, la jubilación, y no digamos ya la prejubilación, están cada
día más distantes del momento del fallecimiento, igualmente a las maestras ya
no se les exige que se mantengan señoritas (Se exigía en su contrato de
trabajo, que se mantuvieran señoritas y solteras).
La esperanza
de vida camina, aumentando, de forma imparable y además con un alto nivel de
buena salud y de posibilidad de vida activa, siendo el único inconveniente caer
en manos de un médico impreparado quien termine por enfermarte y darte muerte
llenándote de medicinas que acaban con los riñones, el estómago, el hígado etc.
La distancia entre la edad de la jubilación media y el fallecimiento ronda los
30 años, lo que implica un importante cambio sociológico al aparecer un
segmento de edad para el que no están previstas sus actividades más allá de las
de índole negativa que suponen no trabajar asalariadamente.
La sociedad
no contaba con ello y no está preparada para hacerle frente; los maestros tampoco
y, por lo general, no nos hemos preparado para ese tiempo tan importante. Hay
guarderías, escuelas, centros de deportes, universidades, discotecas... para
los jóvenes. Hay centros de trabajo, de ocio, de cultura... para los hombres y
mujeres en activo. Pero para los jubilados, no existe actualmente un solo lugar
que cuente con lo mínimo necesario, sobre todo que a esa edad los hijos y los
nietos lo menos que quieren es cargar con la molestia de un anciano.
Vivimos en unas ciudades no pensadas para ellos en
las que su desgana y a veces su depresión, se exterioriza por algunos como
capataces de obras virtuales, agarrados a las vallas.
A los jubilados les espera un cambio brusco en su
posición social y en los emolumentos que perciben, tan solo el jubilarse
significa perder el 70% de sus ingresos. Les espera un deambular por unas
calles despersonalizadas y asirse a pasar la tarde en locales, o plazuelas para
la tercera edad abarrotados con bancas incomodas de acero y poco imaginativas,
cuando no tediosamente delante del televisor. Se podría decir que el tiempo de
la jubilación no se plantea como un colofón digno a la vida sino como una
espera a que llegue lo inevitable.
No quiero
decir que no se hagan cosas para los jubilados, por los mismos jubilados; pero en
importante medida se carece, colectiva e individualmente, de apoyos,
quehaceres, metas, ilusiones... Hay que aspirar, en esos tiempos en que las
obligaciones decaen, a sacar jugo a la vida y, aprovechándonos de una buena
salud, lograr que sea de aceptable calidad. Al conjunto de los jubilados les ha
llegado la hora de recibir después de un tiempo de aportar. Y no hay que
olvidar que la tercera edad joven o la joven tercera edad necesitan también de
guarderías, pues están empezando a vivir, necesitan de Médicos Geriatras,
psicólogos, Nutriólogos, Licenciados en educación Física etc.

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