jueves, 25 de abril de 2024

 CALIFICACIONES ESCOLARES

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México. 

Cuando me dicen ¿Qué piensas de la educación? siempre contesto: Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción.  Hubo un tiempo en que las buenas calificaciones escolares no eran tan importantes. Tenía importancia no repetir el año o la materia; se consideraban mejores las calificaciones altas que las bajas; se hacían chistes sobre las mínimas para aprobar ("de panzazo"); pero tener medianas calificaciones era normal, y hasta se veía con desconfianza a los obsesionados con sacar las máximas. 

Dedicar los años escolares únicamente a sacar dieses parecía una especie de mutilación de la vida. Educarse es aprender muchas cosas, de muchas maneras: viéndolas, haciéndolas, estudiándolas. No puede reducirse al macheteo. 

Pero, en la práctica, la educación dejó de ser importante por sí misma. Se redujo al proceso de obtener calificación de pase para obtener oportunidades de empleo. En el mundo burocrático (del Estado, las empresas, las instituciones), las oportunidades dependen de los títulos, que excluyen automáticamente a quien no cumpla ciertos requisitos. Nada garantiza que cumplirlos sea suficiente (pasado el filtro previo, puede haber muchos otros, válidos, prejuiciados o corruptos). Pero las credenciales mínimas tienen que cumplirse, aunque exijan, por ejemplo, once años de escolaridad para barrendero.

En la llamada educación superior, que venden títulos para entrar al mundo del trabajo, la demanda masiva de credenciales (que se van devaluando, a medida que mucha gente las tiene) crea nichos de mercado para los que buscan distinguirse del montón, en tres direcciones: prolongar la escolaridad (pasar de la licenciatura a la Maestría, y de la Maestría al Doctorado), buscar certificaciones más acreditadas (credenciales de instituciones más costosas, que pocos puedan pagar) y, desde luego, subir las calificaciones.

Sacar las mejores calificaciones dejó de ser una obsesión psicológica para volverse una necesidad en el mundo del trabajo. Ya no basta con el título, hay que buscar un promedio lo más cercano al diez. Teóricamente, esta presión debería favorecer el aprendizaje, o cuando menos el macheteo; pero tiene otra salida: las calificaciones negociadas. La presión por el diez se vuelve una presión contra el maestro: Me tienes que subir la calificación. No voy a permitir que arruines mi promedio, si no le pones diez a mi hijo lo saco del colegio.

Siempre hubo presiones en los casos límite (pasar o no, de panzazo), y con métodos feos (la adulación, el llanto del alumno o la familia, los servicios amistosos y hasta sexuales, el agradecimiento o la intimidación de una familia poderosa). Pero la importancia en el mercado de las buenas calificaciones ha extendido la presión más allá de los casos límite.

Hay porros que, con pistola en mano, sacan buenas calificaciones. No menos impresionante es que un maestro se burle del increíble diez de promedio que supuestamente obtuvo un líder estudiantil y, al mismo tiempo, lo justifique: Yo haría lo mismo. ¿Qué se puede hacer con esa gente? Darles el diez, para que se vayan y no volver a verlos.

En las instituciones privadas más costosas se ha creado una pistola moderna, que rebasa estos métodos primitivos con soluciones de mercado: se pide a los alumnos calificar a los maestros, y esto puede terminar en el despido, porque una institución de calidad total está para servir a sus clientes, atender a sus necesidades y adivinar sus deseos. O puede terminar en situaciones chuscas: maestros de rodillas ante el Niño de Papi, con toda clase de audiovisuales para que no se aburra, y exaltados discursos narcisistas: Esta es una institución de excelencia. Ustedes son la Excelencia que se hará cargo del país.

Pero las instituciones pueden ser menos inocentes. Un grupo de muchachos talentosos, de excelentes familias, le exigen buenas calificaciones a un maestro, que no entiende el concepto de que los clientes siempre tienen la razón. Ante su terquedad, le ponen malas calificaciones y lo denuncian con cualquier pretexto ante la institución. Afortunadamente, las autoridades sí entienden, y lo sustituyen.

 El nuevo maestro, naturalmente, llegará a sabiendas de que no hay mejor combinación que la de los alumnos satisfechos, maestros satisfechos y autoridades satisfechas, todos hablando bien de todos. En un caso extremo, el maestro no sólo acepta que está en el mercado, sino cuál es su línea de productos y cómo debe optimizar las ventas, al fijar precios. ¿Quieres un diez? Te cuesta tanto. ¿Quieres un nueve? Te sale más barato. Una solución todavía más avanzada sería la subasta de títulos y calificaciones. 

Como se sabe, hubo títulos nobiliarios europeos (perfectamente válidos) que los soberanos otorgaban a cambio de cantidades razonables. Si las más nobles instituciones mexicanas otorgaran títulos profesionales y dieses al mejor postor, sus perennes problemas financieros quedarían resueltos. (Si existe una actitud en la vida que no conduce a nada bueno esa es sin lugar a dudas la de creerse dueño de la verdad).

Quizá el futuro de la educación (de la verdadera educación) está en la enseñanza libre de materias sueltas no acreditables, que vayan interesando a lo largo de la vida. Pero como nadie va a parar la demanda insaciable de credenciales (la supuesta educación), lo menos que se debe hacer es romper el conflicto de intereses de los vendedores de educación, que son jueces y parte del proceso.


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