domingo, 21 de abril de 2024

 

EDUCACIÓN EN LA FAMILIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Amor con amor se paga reza un viejo proverbio. Pero es un refrán que cada vez es menos cierto. Y no es porque nuestros hijos nos quieran menos, sean más malos o más egoístas, sino porque la vida de hoy exige atender más lo urgente que lo importante. Estamos perdiendo demasiados principios y valores en el seno de nuestra sociedad como para que el sacrificio y la generosidad sean valores en alza. A mí, de pequeño, me enseñaron a ganarme a mis padres, y hoy estoy aprendiendo todavía a ganarme a mis hijos. No sé si mis hijos pretenderán o harán algo para ganarme algún día.

Por si acaso, mi mujer y yo vamos a procurar preparar el futuro de manera que no tengamos que depender nunca de los hijos. Lo hacemos por ellos, para que no tengan que hipotecar sus vidas cuidando de nosotros. Hemos de pensar que bastante tendrán con sacar adelante a sus hijos en el mundo tan desgraciado que les estamos dejando. Por ello, creo que la gente de cualquier edad es consciente de que la salida es caminar hacia adelante, adecuándose a los cambios.

No importa tanto si las personas de edad llegarán a poder contar con sus hijos para vivir con ellos, sino lo que importa es que las personas mayores, aún en edades avanzadas, como una prueba última de amor a los hijos, eviten ser una carga para ellos. Damos por hecho que los niños aprenden a compartir el cariño, el esfuerzo, la ayuda mutua y la solidaridad.

Por otro lado, y de manera totalmente gratuita, pensamos que a ningún hijo le gustaría ver envejecer a sus padres pasando penurias físicas y económicas, sobre todo si se le ha educado en la generosidad y en la solidaridad, y se da el caso que ambas virtudes las ha asumido como valores propios. ¿Es eso cierto o tan sólo es producto de nuestros deseos? ¿El sistema de valores sobre el que basamos la educación de nuestros hijos plantea que la generosidad es una virtud primordial? ¿Con el ejemplo que les damos como padres pensamos que se están fortaleciendo los vínculos inter generacionales?

Personalmente, considero que somos demasiado optimistas si respondemos a estas dos últimas preguntas afirmativamente. Los datos apuntan a todo lo contrario, pues los vínculos inter generacionales se van debilitando a pasos agigantados y los actuales hijos se olvidan de sus padres, rara vez los visitan y mucho menos los apoyan económicamente. Sin embargo, también es cierto que no todos. Así, mientras en algunos países, entre los que nos encontramos nosotros, los jóvenes permanecen largo tiempo viviendo en el hogar de los padres, en otros países como Alemania e Inglaterra acostumbran a abandonar los hogares paternos una vez son mayores de edad.

 Ignoro qué será lo mejor, pero intuyo que, en cualquier caso, el ejemplo que hayamos dado a nuestros hijos al cuidar de nuestros padres, sus abuelos, cuando estaban ya mayores, servirá, pero mi intuición puede equivocarse y, por ello, fríamente he de pensar que no será tanto como pensamos.

 Las relaciones sociales se han deshumanizado tremendamente, por lo que aquello que más podría contribuir a que nuestros jóvenes familiares fueran más solidarios con las personas mayores de edad de su familia, padres y tíos principalmente, cada vez tiene menos fuerza. Me refiero también a los que sólo tienen sobrinos o hijos que no criaron por estar separados o divorciados, y que son un grupo social cada vez más numeroso.

Hemos de tener en cuenta que el envejecimiento de la población también entraña cambios muy importantes en la composición de las familias. En efecto, el descenso de la fecundidad y el aumento de la longevidad hacen que no sea muy extraño encontrarse con familias que cuenten con cuatro generaciones -donde existen bisabuelos- que conviven a la vez.

Si en 1960 un tercio de los que tenían 50 años contaba todavía con, al menos, uno de sus padres vivo, actualmente podemos decir que está afectando a casi al doble, al 60%. Antes, los padres permanecían viviendo con los hijos durante prácticamente toda la vida. Generalmente era una de las hijas la que se casaba y se quedaba en casa de los padres, y así los atendía durante todo el resto de la vida hasta que la muerte se los llevara.

Hoy en día asistimos a unos cambios antagónicos que nos presentan, por una parte, una mayor desafección de los hijos con respecto a los padres, pero, por la otra, quizás debido al costo de la vida y a la falta de empleo, los jóvenes permanecen más en el domicilio de los padres. ¿Positivo o negativo? ¿Viven en su casa, pero no conviven con ellos? A lo largo de los últimos dos siglos, la familia se ha mantenido como una institución sólida que ofrecía, voluntaria y de forma natural, el sostenimiento a sus miembros más débiles y frágiles, aunque, a veces como un clan, ahogara a las aspiraciones individuales de sus miembros. Las relaciones se basaban en el calor familiar y la intimidad.

 Los servicios ofrecidos por las familias eran más flexibles y de una mayor calidad que la de los servicios públicos. Sin embargo, debido a factores relacionados con la dedicación al trabajo, las familias dejan el cuidado de sus mayores abandonados a su suerte. ¿Cómo podrían las familias contribuir a paliar los problemas que origina el envejecimiento de la sociedad? Por otro lado, el índice de divorcios está creciendo cada día más y sin que se le conozca límite por ahora. Cuando un padre o madre, ya con cierta edad, tiene necesidad de apoyo y ayuda, en general se recurre a los hijos. Sin embargo, lo típico es que este apoyo suela venir asumido por una sola persona y, en concreto, suele ser una hija la que se encarga de ellos. La soledad, el abandono, el aumento en la esperanza de vida son factores que condicionan.

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