VALORES EN LAS
UNIVERSIDADES
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
“la educación es la base
de la libertad”. (Simón Bolívar) Con educación y trabajo, al progreso (Antonio
Toledo Corro)- Evidentemente no es referirme a una educación que únicamente
propiciara instrucción e información, sino a algo que es mucho más que eso.
Educar consiste en hacer despertar las potencialidades creativas del ser
humano; en ayudarle a dotarse de capacidades propias, forjando en él, actitudes
de tolerancia y entendimiento, que le permitan o ayuden a desarrollar su propio
yo en relación y con respeto a los demás.
En consecuencia, deberíamos convenir en que la
actuación educativa, independientemente del nivel en que se desarrolla
(infantil; primaria; secundaria, bachillerato o superior), debiera tener presente,
lo anterior. Para el desempeño de esta
función, la institución universitaria ha de actuar a través de la conservación,
creación y transmisión del saber en los niveles más elevados del mismo.
Y ha de hacerlo planteándose una actuación
integral en la que los valores de libertad, tolerancia y participación cívica
se sitúen en la esencia misma de aquélla, conjugando la equidad con la
excelencia para, de esa forma, mostrarse abierta a los miembros de todos los
grupos sociales y económicos. En un
momento en el que quizás, más claramente que nunca, la enseñanza superior
aparece como un potente motor del desarrollo económico, la institución
universitaria en tanto en cuanto depositaria, creadora y transmisora de la
experiencia cultural y científica acumulada por la humanidad, ha de concebir su
actuación preguntándose, desde el compromiso de su propia autonomía, ¿cómo
puede contribuir a resolver algunos de los problemas que tiene planteados la
humanidad? No en vano es ella quien, mayoritariamente, forma a los dirigentes
intelectuales, políticos y docentes.
En consecuencia se hace
imprescindible que, al tiempo que se incrementa el potencial de investigación
al más alto nivel, éste se proponga su aplicación a la resolución de los
problemas acuciantes del desarrollo humano, procurando una visión globalizadora
de la humanidad que permita afrontar el largo plazo, sobre la base de una
cooperación crecientemente fraguada en la superación de las necesidades
científicas y culturales que, tanto los países desarrollados como aquellos que
no lo son, tienen planteadas.
Dado que esta función se
lleva a cabo a través del conocimiento se hace conveniente, yo diría que
inexcusable, que ese reto de globalidad se aborde desde una visión más acorde
con la complejidad de aquél. En este sentido, convendría tener muy presente que
el actual encasillamiento de saberes compartimentados genera dificultades
crecientes para la articulación de unos con otros.
Ello no hace sino poner
en entredicho el conocimiento mismo, pues impide su organización y su puesta en
relación y en contexto, lo que lo hace derivar en meras utilizaciones técnicas
que, al ser consideradas individualmente, dificultan que crezca la sabiduría, y
atentan, en parte, contra el principio y los valores anteriormente señalados.
Ello nos debe llevar a revisar la híper/especialización que, a mi modo de ver,
se está adueñando del quehacer universitario, y que en la mayor parte de los
casos produce enfoques altamente reduccionistas que lejos de aportar solución
alguna agrandan, aún más, los problemas que de manera global la humanidad tiene
planteados.
Esta tendencia hacia la
híper-especialización fragmenta de tal manera los problemas que provoca la
aparición de una cierta atrofia de las capacidades de comprensión y de reflexión
sobre la Multi/dimensional en el corto y, más especialmente, en el largo plazo.
Se produce así la
paradoja de que cuanto más multidimensionales se vuelven los problemas, mayor
es la incapacidad para tener en cuenta dicha Multi/dimensional. Conviene a este
respecto tener presente la reflexión que ya en su día se hacía Pascal, cuando
afirmaba que, dado que todas las cosas son causadas y causantes, resulta
imposible conocer las partes sin conocer el todo, igual que conocer el todo sin
conocer particularmente las partes.
Por ello sería bueno que,
en la revisión que se propugna, se tuviera en cuenta que, a menudo, un todo es
más que el conjunto de partes que lo componen, a fin de que la unión y la
síntesis no permanezcan subdesarrolladas frente a la separación y acumulación
sin nexo. ¿Quiere esto decir que las distintas disciplinas no están
justificadas? No. Las disciplinas están justificadas intelectualmente siempre y
cuando reconozcan la existencia de conexiones y solidaridades, es decir, cuando
no sólo no ocultan, sino que muestran las realidades globales.
Pero hoy quizás convenga
resaltar el riesgo, a mi entender, muy presente de que la hiper/especialización
derive en cosificación del objeto estudiado, haciendo olvidar que aquél es una
parte extraída y dando pie a que las conexiones y solidaridades con el universo
del que forma parte sean relegadas o dejadas de lado.
Es decir, que, frente a
las virtudes de la especialización, en tanto en cuanto categoría organizadora
en el seno del conocimiento científico, hoy, en muchos casos, observamos la
proliferación del riesgo híper-especializado que pervierte a aquélla al
concebir las disciplinas como autosuficientes y hacer surgir un espíritu de
propiedad, que tiende a prohibir cualquier incursión ajena en su parcela de
saber.
Esta situación provoca y
ensancha enormemente la ruptura cultural en dos bloques: por un lado el de la
llamada cultura de las humanidades que aparece así privado de los logros
científicos sobre el mundo y sobre la vida que debieran alimentar sus grandes
interrogantes; por otro, el de la denominada cultura científica, que al verse
privada de la reflexión humanística sobre los problemas generales y globales,
pasa a experimentar una fuerte incapacidad para pensarse ella misma y para
afrontar los problemas sociales y humanos que plantea.
El resultado que así se
alcanza es el de dos mundos que se ven desde sí mismos y no en relación. Así,
el mundo “técnico/científico” ve en la cultura de las humanidades un lujo
estético; y el mundo de las “humanidades” ve a la ciencia como un agregado de
saberes abstractos y, en muchos casos, amenazadores.
Todo ello trae como
consecuencia que el conocimiento se confunda con la información que
proporcionan parcelas de saber dispersas y carentes de la necesaria organización
y contextualización que definen aquél. Esto hace aumentar la incapacidad de
percepción global y el desconocimiento provocado por la compartimentación
excesiva de saberes, lo que hace que tal como se señaló anteriormente, conduzca
a nuevas utilizaciones técnicas de los mismos.
A su vez, ello establece una visión de las
diferentes responsabilidades que se muestran así, igualmente, compartí/mentalizadas,
lo que produce una afectación directa a la necesaria solidaridad que requiere
el tratamiento de la práctica totalidad de los problemas vitales que nos
afectan. Ello propicia una especie de apropiación indebida de dichos problemas
por parte de los llamados especialistas, dando así pie a grandes disfunciones
derivadas del rechazo implícito a la complejidad y provocando importante
déficit democráticos, como consecuencia de hacer aparecer la política con una
componente de exageración mucho más técnica y, en consecuencia, mucho más
alejada de la ciudadanía quien, en esas condiciones, aparece mucho más expuesta
a la manipulación mediática.
Se debilita así la
solidaridad como consecuencia de la dificultad de acceso a un conocimiento
reservado a los expertos y que hace cada vez más imperceptible el lazo orgánico
entre los conciudadanos. El ciudadano asiste así a un creciente despojo del
saber que no se ve compensado por la aparente divulgación mediática del mismo,
sino que la profundiza.
La Universidad no debe y no puede seguir ajena
a la progresión de esta tendencia; debe reflexionar, críticamente sobre la mejor
forma de combatirla; y ha de hacerlo haciendo un uso responsable de su
autonomía y procurando que la adaptación a las exigencias que la sociedad le
plantea, propicien una reciprocidad positiva, en donde complementariedad y
antagonismo generen como resultado una cultura superadora de esa disyunción.
El tiempo presente y futuro está ya exigiendo
de toda una mayor capacidad de autonomía y de juicio, es decir, una mayor
soberanía personal. Esta mayor soberanía personal ha de ir necesariamente
acompañada del reforzamiento de la responsabilidad personal a través de la
participación cívica y, por tanto, en constante referencia con los demás. Será
así como iremos desbrozando el camino que nos vaya permitiendo a todos, ser y
sentirnos ciudadanos del mundo.
A esa función es a la que
deben procurar responder las distintas instituciones educativas. Ello convierte
así a la educación en el vehículo más adecuado para el desarrollo material,
cultural y social, y como consecuencia en un requisito imprescindible para la
paz. Hoy, como siempre, sigue resultando más oportuno que nunca reclamar para
la educación, entendida como tal y no como nueva superposición de saberes, el
mayor protagonismo en la necesaria emancipación frente a la pobreza y el
fanatismo.
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