domingo, 21 de abril de 2024

 

PERCEPCIÓN DE LA EDUCACIÓN

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

¿Quién todavía cree?  Que si sus hijos son tontos porque no acaban el bachillerato. Lo que sucede es que le han salido tontos, o que son vagos de remate, o incluso ¿por qué no, caraduras manipuladores en un siglo de culpas por parejas rotas? Si algo merece la pena reconsiderar en el seno de nuestro desarrollo, no es otra cosa que la Educación, un sector en el que nos hemos totalmente despistado. ¿Despistado?, rotundamente SÍ.

En primer lugar, conviene recordar que la verdadera educación, es integral y señala el camino de reconocerse en la esencia, y desde ella, desplegar el neutro observador, manteniendo la atención cotidiana en la presencia. ¿Quién dijo eso de: “¿No educamos a nuestros hijos por lo que les decimos, sino por lo que somos”?  tal vez quien lo pronunció insinuaba que la educación no solo comienza en el momento de nacer los hijos, sino también en el momento de nacer los padres o educadores.

Eso conduce a pensar que una cosa es educar, que como se ha señalado hace referencia a un gran puente entre la personalidad superficial y la conciencia profunda, y otra es instruir, que no es otra cosa que el formateo de esa compleja maquinita llamada “mente pensante”, que fabrica pensamientos y emociones, y que parece programable por un sinnúmero de condicionamientos analizables, entre ellos, la información impresa en el disco duro de la memoria vivencial y genética.

Y si bien la instrucción o programación del educando es clave en el formateo de condicionamientos y conductas, la educación es sagrada, entendiendo por “sagrado” todo aquello que nos lleva a una verdad más profunda. Por otra parte, ¿se ha dado usted cuenta de que en la educación actual todavía coletea el modelo patriarcal de enseñanza? Por modelo patriarcal se entiende esa manera de concebir la existencia, primando al padre neocortex, y dejando apretadamente soterrados, no solo al cerebro femenino o límbico sino también, al cerebro instintivo del niño o rinoencefálico.

 Este paradigma patriarcal está arraigado tras miles de años en los que uno de sus exponentes más representativos lo conformó ese Jehová amenazante, juzgador y generador del “virus culpa”.

Un paradigma que se instaló en los inconscientes occidentales, dejando entre otras cosas un culto a la información, un ligero desprecio hacia las emociones, y un destierro de la figura creativa del niño interior que, directamente, molestaba por no ser productivo. ¿Y en que se manifiesta tal programa patriarcal en el modelo educativo predominante? De entrada, el término alumno, no viene a decir otra cosa que alguien “sin luz”, como bien indica su etimología a lumen. Un nombre nacido de esa concepción en la que existe un personaje que sabe y un desgraciadillo que no.

Es por ello que la función del profesor es verter su torrente de predicación desde el altar, mientras el alumno toma apuntes como loco para pasar el examen, no vaya a ser que pierda un año que tanto dinero cuesta a los padres. El fracaso de este despiste supone preparar psico/cuerpos ciudadanos hacia un buen puesto que les permita salir de casa con la pareja de rigor, obtener una hipoteca y cambiar cada cuatro años de coche.

 Todo un éxito, sobre todo si el esforzado alumno ha estado varios años enfermo, preparando una oposición y repitiendo cual loro todo el acervo que sus responsabilidades oficiales conllevarán en el glorioso futuro de funcionario reconocido. ¿Dónde se quedó la vocación? Es por estas y por otras muchas razones que la educación debe reconocerse en su verdadero significado sagrado.

Y si en los tiempos actuales, las religiones se han quedado cortas para una gran parte de los ciudadanos racionales, la espiritualidad por el contrario debe recuperarse como patrimonio del corazón humano, una espiritualidad como vivencia más allá de la adhesión a doctrinas y creencias particulares. La nueva didáctica debe trascender la actual “educación para el tener” y orientarse hacia una “educación para ser”

 Un camino que también proponga el silencio y el cultivo de la virtud y los valores, una educación en la que, no solo se alfabetice e instruya al educando, sino que se le permita el acceso a la historia y fundamento de las diversas religiones del planeta.

Pensemos en una educación en la que el propio educador haya hecho un gran trabajo en el sí mismo, un educador que haya alcanzado una maduración en el propio ego y un nivel profundo de conciencia. Una educación que integre el acompañamiento psicológico para identificar y aceptar la sombra, y la identificación de los propios sentimientos.

Otorguemos al educador el delicado puesto de suscitar el interés del educando, motivando a la investigación, más que programando sus mentes para los exámenes. Veamos un mundo en el que el educador y el educando cultivan la espiritualidad como música de fondo en el camino del vivir. ¿Prefiere qué su hijo gane su pan bien adormilado o que despierte y entre en el Gran Juego?

 NIÑOS. No importa a qué lugar del mundo vayas, no importa cuántas lenguas sean habladas, y no importa cuántas veces las culturas y los gobiernos entren en conflicto, la risa de un niño es universalmente levantadora de ánimos. El regocijo de los adultos puede ser variadamente celoso, inseguro, sádico, cruel o absurdo, pero el sonido de un niño jugando evoca el ideal de un acto simple y puro.

Ahí no hay conceptos, ni ideologías –sólo el inocente placer de la vida. Como adultos nos detenemos demasiado en nuestras lloriqueadas complejidades, nuestras ansiedades existenciales, y nuestras preocupaciones con las responsabilidades. Escuchamos la alegría de un niño y podríamos suspirar por nuestra perdida niñez. Aunque no podamos caber en nuestras viejas ropas y volvernos jóvenes otra vez, podemos confortarnos con el optimismo de los niños. Su júbilo puede alegrarnos a todos.

Demasiado frecuentemente nos apura que nuestros niños crezcan. Es mucho mejor para ellos el vivir completamente cada año de sus vidas. Dejémoslos aprender qué es apropiado a su momento, dejémoslos jugar. Y cuando su niñez se acabe en la adolescencia, ayudémoslos a una suave transición. Entonces su risa continuará resonando con ánimo y esperanza para todos nosotros.

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