FRACASO
ESCOLAR
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN
ANTONIO
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
El
fracaso escolar es un fenómeno complejo al que contribuye un cúmulo de factores
que se articulan a lo largo de la trayectoria escolar y que finalmente terminan
con la deserción/exclusión del alumno, del sistema educativo. Como todo proceso
social, se configura a partir de prácticas sociales que resultan
alternativamente los docentes, los alumnos y sus familias.
Para
los docentes la “carencia” se traduce en incapacidad para acceder de manera
exitosa al conocimiento escolar que desea impartir la escuela y, en este
sentido, los alumnos aparecen como responsables de su fracaso, idea que se
recupera tanto en el discurso de los padres, como en el de los alumnos. La
imposibilidad de ajustarse a los bienes culturales que imparte la escuela y es
que el maestro espera siempre un niño, bien alimentado, próximo en
conocimientos, valores y normas “Satanizan a los inquietos, Santifican a los
que permanecen quietecito”.
Las representaciones de los profesores sobre
las prácticas educativas permiten advertir que el proceso de interacción
profesor/alumno se realiza a partir de una realidad construida por el profesor
y otra imaginada por el alumno: el profesor construye un alumno ideal, que
posee todas las características deseadas y corresponde a todas las buenas
expectativas, pero de hecho, imparte sus conocimientos e interacciona con el
alumno vago (inquieto) al cual él rechaza, al presentarle contradicciones y
falta de control. Al mismo tiempo, los estudiantes organizan, también, una
imagen del profesor ideal que los conducirá, a través de la educación, hacia el
progreso económico y social.
Mientras
que el deseo del alumno ideal alimenta la práctica del profesor y hace negar
las posibilidades reales, el alumno alimenta el sueño de poder del profesor,
valorando y legitimando sus prácticas con la expectativa de que así podrá
alcanzar las mismas expectativas de vida. Contexto social. -la pertenencia de
los alumnos a sectores sociales de escasos recursos, y modelos atípicos de
organización familiar, determinarían en ellos, ese desinterés por la educación
que los lleva, en algunos casos, a fracasar y, en otros, a “desertar” del
sistema educativo para responder a cuestiones de orden económico y laboral.
Para
la percepción de los maestros, el éxito y el fracaso escolar se da como
resultado de las distintas posibilidades de apropiación del capital cultural y
deriva de causas naturales (el bajo nivel de inteligencia del alumno) o
vinculadas con la voluntad del individuo (pertenencia a un medio socio-familiar
que no valora adecuadamente la educación). Es a partir de tales ideas que se
organiza una práctica educativa devaluada: menos conocimientos, menos
exigencias, menos disposición para enseñar, con la intención de adecuarla a las
características de la población escolar: “no se puede ir más allá”, “hay que
conformarse”, “en relación a lo que ellos pueden dar”.
Como
contrapartida, los alumnos configuran la representación de sí mismos a partir
de tales distinciones, las dificultades que surgen en las distintas materias se
adjudican a un déficit cognitivo del alumno mismo, la referencia a las
estrategias de enseñanza que se emplean aparecen muy en un segundo plano: “es
por falta de voluntad mía”; “es por mí, a veces es por el profesor... pero no,
es por mí”; “cuando estoy en la escuela y me toman el examen no puedo
concentrarme, me pongo nervioso, por eso repruebo”.
Este
reconocimiento de su propio fracaso constituye una experiencia negativa que
daña su autoestima y perturba el proceso de construcción de su identidad (tarea
evolutiva central en la etapa de la adolescencia que atraviesan estos alumnos).
El
proceso de construcción de la imagen de sí mismo y su propio rendimiento se
organiza desde la mirada del otro, en este caso el docente, que lo reconoce y
lo define, en tanto figura con autoridad que establece, según su propio
criterio, los parámetros del saber y no saber. “Así su ser es un ser percibido,
un ser condenado a ser definido en su verdad por la percepción de los demás”
Este juego de representaciones y auto-imágenes deriva en un proceso de
culpabilización/victimización que contribuye a consolidar y reproducir el
proceso de fracaso/exclusión.
En
este proceso, cuando la causalidad es interna, es decir derivada de la conducta
y las características personales, el sujeto aparece responsable “culpable” de
la situación por la que atraviesa. El contra ataque es el discurso
justificatorio de la escuela como institución: cuando se destaca la causalidad
externa (o social) derivada de la situación, el individuo aparece adoptando un
rol pasivo “victimización del docente” ante las circunstancias, presentándose
como agente y no como actor.
De este modo, se advierte una circularidad en
las argumentaciones que termina haciendo al objeto sujeto (responsabilización)
y al sujeto objeto (victimización) y tiene importantes consecuencias en la
normalización del alumno frente a una situación contradictoria al tiempo que
refuerza prácticas reproductivitas y excluyentes.
En cualquier caso, la escuela deviene un
elemento neutro, que desconoce el juego de relaciones sociales y su incidencia
en los procesos de enseñanza/aprendizaje. Desde este planteamiento, los
docentes aparecen alejados de toda posibilidad de realizar una práctica
pedagógica crítica y transformadora, de ahí la circularidad de las culpas sin
responsabilidad.
Pero,
este proceso de culpabilización/victimización al que recurren los docentes
debería ser interpretado como un mecanismo de defensa colectivo en respuesta a
las condiciones de trabajo desfavorables en las que se desempeñan “Aulas de
cartón, falta de agua, calor etc.,” Por lo tanto, es necesario considerar la
cuestión del fracaso atendiendo a la dinámica social interna de las
instituciones educativas, pero también al contexto en las que ellas se
insertan. Son las instituciones las que justamente instituyen mecanismos de
producción discursiva que funcionan en su interior y es allí donde es posible
comprender cabalmente su sentido.
En definitiva, las escuelas no pueden ser
analizadas como instituciones separadas del contexto socio/económico en el que
están situadas, sino que son sitios políticos involucrados en la construcción y
control del discurso. Los valores del sentido común y las creencias que guían y
estructuran las prácticas en el salón de clase no son universales a priori sino
construcciones sociales basadas en supuestos normativos y políticas
específicas.
Además,
se llama la atención acerca de la importancia de la dinámica institucional,
porque los enfoques centrados en la organización escolar y el pensamiento del
profesor presentan semejanzas conocedoras ya que al centrar la atención en lo
específico (la escuela) o lo individual (el profesor) pierden de vista lo
social e histórico. Finalmente, el otro tema que se presenta a la reflexión es
la necesidad de reconocer a la escuela en tanto construcción histórica de la
modernidad y por lo tanto contingente.
Esta
escuela estuvo sujeta y destinada a un profesor que ahora no existe ante la
educación evaluativa moderna.
Actualmente nos enfrentamos a otra escuela “Desconocida” la que se
configura como consecuencia de los procesos de globalización y creciente
empobrecimiento y exclusión de la población y en la que se verifican
idealizaciones diferentes y estrategias distintas de gobernabilidad, orientada
también hacia la producción de nuevos sujetos y nuevas identidades sociales,
pero en la que la educación deja de ser un derecho destinado a compensar
desventajas, para convertirse en un bien de consumo, obtenido en niveles
compatibles con el poder de compra de los clientes. “Aprender a ser esclavo con
características definidas de acuerdo a un criterio empresarial”
Pero
este modelo también es una construcción histórica y por lo tanto contingente;
en consecuencia, los cuestionamientos que se hacen desde las posiciones
modernas y estructuralistas no deben basarse en la nostalgia de la escuela que
ya no tenemos, sino que deben ser la ocasión de pensar en una nueva escuela que
renueve la perspectiva crítica en educación.
Odio
en la escuela. - Albert Einstein hablaba sobre la existencia de "una pulsión
a odiar y aniquilar", que conduce a los hombres a la guerra. Sigmund Freud
corroboró y profundizó esta teoría, desde la investigación psicoanalítica, con
la existencia de dos clases de "pulsiones" en el ser humano: la
pulsión de vida, que está relacionada con aquellas personas que quieren
conservar la vida, la paz, el bienestar y el amor y la pulsión de muerte, en
donde se quiere destruir y matar. Freud se refería a que ambas pulsiones están
presentes en la vida psíquica de todos los seres humanos y la diferencia está
vinculada, a las experiencias de cada individuo.
En
ese sentido, en la vida, estas pulsiones son indispensables, ya que con ambas
interactuamos, aunque siempre una va a prevalecer y se va a arraigar en el
comportamiento del ser humano, por estas pulsiones, los seres humanos
encuentran una gratificación y orgullo al ser exhortados a la guerra, pues con
esto se responde afirmativamente al placer de agredir y destruir. El himno
nacional mexicano es el más claro exponente y los desfiles su placer. Todos los
seres humanos poseen estas dos pasiones, la de vida y la de muerte: rabia,
rencor, asesinato y hasta suicidio, como se reflejó en el pasado, y revivimos
constantemente en el presente.
Recordemos
la actuación de los "kamikazes" japoneses (pilotos suicidas de la
segunda guerra mundial) o en la experiencia más reciente con los atentados
terroristas, en Nueva York y Washington. ¿Por qué tanto odio, por qué tanto
rencor? Sentimientos o emociones tan fuertes
como el odio, no aparecen porque sí, no se odia porque simplemente se tienen
ganas de odiar, la escuela es promotora de esta acción. Así como el estar
triste tiene una razón, el estar feliz también la tiene.
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