domingo, 21 de abril de 2024

 

FILOSOFIA EDUCATIVA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Lo cierto es que la capacidad de filosofar es el rasgo más genuinamente humano y que, por tanto, nos distingue del resto de las especies que habitan el planeta. ¿Se han detenido a pensar qué sería del mundo sin la Filosofía y sin los filósofos? ¿Qué sería del ser humano sin pensamiento? ¿En, que entre tenería mis locas neuronas? Los antropólogos siempre han considerado que el ser humano surge en la faz de la Tierra cuando elabora su primer pensamiento… o quizás habría que decir su primera pregunta: ¿Quién soy yo?

Y frente a la primera pregunta viene el primer atrevimiento, fruto de la búsqueda permanente y constante de la verdad. Ya no acepta las explicaciones mágicas y sobrenaturales, intuye que tiene sus propias reglas, mecanismos… ese fue el principio. Ese fue el fascinante paso del mito al logos: la fuente del Pensamiento que ha posibilitado el progreso de la humanidad, no sólo tecnológico o científico, sino también ético y moral. Llegados a este punto debemos preguntarnos lo siguiente: ¿Qué importancia tiene la Filosofía en nuestra sociedad? La respuesta es desesperanzadora: “Ninguna”.

Con esto no niego la existencia de personas preocupadas por la reflexión y la búsqueda de la verdad… pero debemos reconocer que no son la mayoría. El sistema educativo trata las asignaturas filosóficas como un simple relleno que nadie se toma en serio, los valores morales se han perdido… suponiendo que alguna vez han existido en otro sitio que no sean los libros o en un discurso de buenas intenciones de un candidato en campaña. No es posible, ni en el plano de lo hipotético, tener una sociedad desarrollada, fundamentada en principios y con ciudadanos críticos si no se incentiva el atrevimiento de pensar, pensar y pensar…en forma crítica, razonada y sustentada.

Tomemos en serio el pensamiento filosófico o nos quedaremos eternamente en el ámbito de los mitos o, peor aún: gobernados por sofistas. A raíz de mi contacto con las aulas universitarias, los programas de los diversos medios de comunicación y demás he percibido que en la sociedad es más importante lo que se dice que lo que se hace. Esto, lógicamente, tiene relación con los valores morales que tiene nuestra sociedad.

Valores que las personas asumimos mediante un proceso de socialización mediante la educación formal e informal: padres, familiares, medios de comunicación, centros educativos, etc.… Y llegamos al punto donde se perdona más fácil la corrupción que una mala palabra. No me malinterpreten: yo soy un defensor de la cortesía, de la corrección en las formas, del protocolo, del respeto, etc.… pero mi reflexión pretende llegar un poco más lejos. ¿Quién ofende más? ¿Ofende más quien interrumpe a un gobernante en un discurso o un gobernante que incumple sus propias leyes?

El respeto es, como otras muchas cuestiones de esta vida, algo subjetivo. Por eso resulta difícil estandarizar las relaciones humanas: lo que me ofende a mí no ofende a los demás y viceversa. Voy a compartir con usted, amigo lector, algunas de las cosas que me pueden llegar a ofender (depende en gran medida de las circunstancias, si la luna está llena, claro y como me haya levantado).

Que me tomen por idiota: Eso no siempre me molesta… para ser sincero he de confesar que eso incluso me divierte mucho porque salen a flote las carencias de quienes me toman por tal. Que invadan mi privacidad: La vida privada, como indica su nombre, es privada… quien cometa el error de creer que forma parte de mi privacidad puede llevarse una desagradable sorpresa. La prepotencia gratuita: Si alguien presume de alguna cualidad lo mínimo que debe hacer es ser coherente y demostrar con su conducta que realmente esa cualidad forma parte de su persona… de no ser así esa persona sale en una décima de segundo de mi vida.

 La humillación primaria: Me refiero a la humillación sobre los defectos físicos, psíquicos o de personas que, por una u otra razón, están en una posición de inferioridad social. Es una bajeza y alguien así no formará parte de mi vida. El uso de autoridad para imponer un criterio: Eso sólo me demuestra la ausencia de argumentaciones sostenibles por la razón. El marketing de los agoreros sectarios: Ya soy mayorcito para tener algunas cosas claras… así que no me hagan perder mi tiempo que, como mínimo, es tan valioso como el de quien me va pidiendo conversión.

Los impulsivos, y cefalópodos: ¿Qué quieren que les diga? Quizás los dos se caracterizan por falta de solidez, escasa actividad neuronal y pocos aportes a quienes les rodean… Quizás este sea el menos profundo de mis artículos… pero a veces necesitamos un poco de banalidad en nuestras vidas. Lo peor que puede sucedernos con la corrupción es acostumbrarnos a ella y asumirla como algo normal en la vida de los seres humanos.

Llegados a este punto de degradación moral sólo quedan dos caminos: optar por la filosofía canina o por la cultura del amor. ¿A qué denomino filosofía canina? A la vida simple, fácil, a la lucha por la consecución de las necesidades básicas y de los más básicos instintos… sin ver más allá, sin reflexionar, sin trascender. ¿A qué denomino cultura del amor?  A plantearse la aspiración de una vida superior, a tener la capacidad de pensar en algo más que no sea uno mismo: el prójimo.

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