domingo, 21 de abril de 2024

 

LAZARO CARDENAS DEL RIO

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

No hay duda de que Lázaro Cárdenas fue el ex presidente más respetado de todos. Incluso, después de muerto. Y por ende, su compañera, doña Amalia, prolongó ese estatus de respeto y de dignidad durante su vida. Para algunos, su larga vida fue posible gracias a esa laxitud espiritual que la hizo sortear con donaire los peores momentos que le tocó encarar. Una a una, fueron muriendo las Primeras Damas que le sucedieron: doña Soledad de Ávila Camacho en 1955; doña Beatriz de Alemán en 1983; doña María de Ruiz Cortines, en 1973; doña Eva Sámano de López Mateos, en 1969; doña Guadalupe de Díaz Ordaz, en 1972, y más recientemente, doña Carmen Romano. Se dice que las comparaciones son odiosas.

 Y lo son, creo yo, cuando se hacen con un sentido peyorativo hacia alguien. No así en el referente de una personalidad fuera de serie, como la de doña Amalia. Como decía, ella no fue acosada por las malas famas. Todo lo que le rodeaba inspiraba respeto. Incluso, de ella se hablaba con cierta devoción en sectores de la derecha. Y de su esposo, el ex presidente, lo menos que se ha dicho es que fue un estadista completo. Fundamentalmente, doña Amalia vivió una larguísima viudez fortalecida por el enorme recuerdo de su marido. Algo que muy pocas ex primeras damas pudieron o pueden presumir.

 El caso más conocido por las nuevas generaciones fue el de doña Carmen Romano, cuyo marido fue incapaz de vivir una vejez con dignidad. Pocas ex primeras damas se escaparon de la maledicencia popular. Incluso, en círculos políticos y periodísticos. ¿Cuántas historias no se tejieron en torno a doña Beatriz Izaguirre, la segunda esposa de don Adolfo Ruiz Cortines? En este caso, los papeles se invirtieron: mientras él fue un presidente austero y frugal en su vida personal, ella hizo negocios y llevó una vida de frivolidad. Otras primeras damas fueron personas dignas, pero agobiadas por los escándalos amorosos de sus maridos. Tal fue el caso de doña Beatriz de Alemán, que soportó en silencio los amoríos del presidente.

 Los más notorios -por conocidos- los que sostuvo con la poetisa Pita Amor, con María Félix y con una exuberante modelo brasileña. Famosas fueron las infidelidades de don Adolfo López Mateos. Doña Eva, su esposa, jamás le reprochó nada y soportó con estoicismo hasta el hecho de que su marido mantuviera una relación muy íntima con una joven estudiante universitaria a quien, se dijo, desposó sabrá Dios cómo. Todo esto no trascendió hasta mucho tiempo después de su muerte. Ciertamente son escasísimos los presidentes que se han salvado de dicha fama. Díaz Ordaz, que no era precisamente un dechado de galanura, protagonizó un célebre romance con "La Tigresa" Irma Serrano. Una relación que no estuvo desprovista de episodios tormentosos, como cuando La Tigresa llegó a Los Pinos acompañada de un mariachi a darle "gallo" a su amado don Gustavo.

Tuvieron que intervenir las guardias presidenciales para cortarles el paso a la señora y a los mariachis. Todo esto precipitó la enfermedad de doña Guadalupe Borja, que terminó con su vida. Se dice que el poder seduce y que trae como accesorio inevitable una propensión del mandatario a tener relaciones extramaritales. Es posible. Pero no menos cierto es que, apenas ungido un candidato presidencial, la corte que le rodea pone a su disposición la tentación de la carne. Luis Echeverría le fue fiel a doña Esther Zuno, pero por ejemplo El matrimonio Salinas-Occelli terminó en divorcio. El de López Portillo-Romano, también. Es larga la lista de mala fama o líos de faldas por los presidentes de México.

Simon Bolívar.- Ningún héroe ha sido tan desfigurado por el nacionalismo patriota como Simón Bolívar. Para empezar, Bolívar no nació pobre sino rico, y con orgullo no convocó a la guerra en busca de fortuna, sino de trascendencia y de gloria. Sus antepasados habían sido jugosamente recompensados por la Corona Española gracias a distintos servicios. La infancia del Libertador -como la de Jefferson o Washington- fue abanicada por esclavos como correspondía a los venezolanos de su época y condición social. ….Es totalmente falso ese proto marxismo que intentan vendernos los seguidores de los ideales bolivarianos. De inicio, el problema racial obsesionaba a Bolívar.

 Quería evitar, a toda costa, la guerra de clases y de colores. Ni en su condición ni en su filosofía política tenía la idea de acabar con los ricos y poderosos. Su gesta nace, sobre todo, de la ideología de los criollos, es decir, de los hijos emprendedores de la España imperial en las colonias. Por otro lado, Bolívar no fue antecesor de ningún tipo de antiimperialismo contemporáneo. Su batalla contra España no era una lucha contra lo extranjero, ni contra Europa, pues a ese mundo debía todo aquello por lo cual combatía. Aun cuando el colonialismo español era un residuo de una época anterior a las ideas libertarias de la Ilustración que se resistía a ceder al paso de los tiempos, el levantamiento de los independentistas fue, en su caso, un gesto de reconocimiento a las reformas liberales españolas a manos de Fernando VII (quien luego retornaría al absolutismo) amenazadas por el imperialismo francés de Napoleón.

Hasta en su campaña militar fue Bolívar un deudor de Europa y de España. Sus ejércitos estaban llenos de mercenarios europeos, como lo demuestra la famosa Legión Británica que participó en tantas de sus batallas y en no pocas de sus hazañas, mientras buena parte del patriotismo población autóctona peleaba del lado de la Corona española, especialmente en Venezuela y Perú.

No sólo eso. Su fascinación por Estados Unidos y su Constitución tras su viaje a Boston, Filadelfia, Columbia y Charleston en 1806, se plasmaría en su credo. Los independentistas, para acabar pronto, eran partidarios de lazos estrechos con Gran Bretaña y Estados Unidos. Se olvida con frecuencia que Bolívar celebró, junto con la mayoría de los independentistas latinoamericanos, la Doctrina Monroe de 1823 como una salvaguarda contra el peligro de nuevas intervenciones europeas en las Américas.

El que Estados Unidos fuera la primera potencia extranjera que reconociera a las juntas revolucionarias en plena ebullición, tendría la eterna gratitud de Bolívar y los suyos. Por si esto fuera poco, no sólo en lo político Bolívar y sus compañeros eran partidarios de lo extranjero, sino también en lo económico. Ahí donde establecían su dominio, una de las primeras medidas era abrir los puertos al mercado mundial. Bolívar, evidentemente, tenía poco que ver con el marxismo si sumamos la opinión que el propio Marx tenía del Libertador en una carta a Engels, con cierto tono racista y ardor pasional: "Es absurdo ver a este canalla cobarde, miserable, ordinario, puesto por las nubes como si fuera Napoleón". Si Bolívar creía en todo lo anterior, y si en el famoso discurso de Angostura alertaba contra el peligro de depositar demasiada autoridad en un solo hombre, ¿en qué se parecen, pues, los ideales de Simón Bolívar y de Hugo Chávez? En nada.

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