ADOLESCENCIA “DIVINO TESORO”
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Pero esa energía,
¿adónde va a parar? Los adultos no podemos ignorar ¿en qué anda? esta enorme
población juvenil que tenemos en nuestro país. Algunos les llaman “recurso”
otros “El futuro”. Yo apuntaría a las personas, a las comunidades, a sus
razones, a su imaginación, a sus aportes y a su simple y bella existencia. Ya
es bueno que estén aquí. No sé si la expresión “recurso humano” o “mano de
obra” da a entender ese valor intrínseco.
El Papa decía antes de renunciar que “La
incertidumbre y la fragilidad que caracterizan a tantos jóvenes a menudo les
empujan a la marginalidad y les hace casi invisibles y ausentes en los procesos
culturales e históricos de las sociedades”. Yo también me pregunto por los
nuestros, ¿se sentirán queridos, apreciados, acogidos? La mayoría habla de
vivir el momento, pero la intensidad de esto depende en gran medida de las
oportunidades que les damos y de nuestro ejemplo, porque, de lo contrario, todo
lo que critican de nosotros lo reproducen en un triste espectáculo de
superficialidad, prepotencia y egoísmo.
Cuando digo
ejemplo, me refiero a que viendo en nosotros un enorme deseo de vivir, de
aportar, de construir, viendo en nosotros una apertura sana hacia la realidad,
ellos despierten y no tengan miedo de relacionarse con todo lo que les ocurre.
Los jóvenes cuando tienen la oportunidad en ser escuchados “Piden cosas” y los
adultos terminamos dándoles discursos huecos llenos de cursilería o con
promesas incumplibles.
Ojalá y les
estimulemos a ser protagonistas, sin quitarnos de encima nuestro rol, que es
guiarlos sobre la base de nuestra experiencia. Para eso estamos nosotros, no
para fingir ser adolescentes para entrar “en onda, ni ser cuates de nuestros
hijos”, no para esconder nuestros errores, para parecer lo que no somos, sino
para guiarlos basándonos en lo que ya hemos experimentado antes.
Muchos de nosotros
recordamos la ingratitud social, otros conocemos la historia de nuestro país,
muchos compartimos la fe, la mayoría practicamos nuestras tradiciones. Todo
ello es una herencia valiosa que podemos y debemos entregarles. Ellos decidirán
qué hacer con ella. Pero ¿será que les estamos tomando en serio? De no hacerlo,
sus deseos de belleza, de justicia, de igualdad se van taponando con cinismo,
con actitudes destructivas. Einstein decía: “Si buscas resultados distintos, no
hagas siempre lo mismo”.
La esperanza es
una certeza basada en un acontecimiento ya dado en otras circunstancias. Por
ejemplo, cuando se enferma un niño y su madre no tiene dinero ni para la
consulta, de pronto aparece la ayuda esperada. Cuántas cosas de estas pasamos
en familia.
En la misma
historia de todos hay anécdotas de ese tipo, en las que imprevistos cambiaron
el rumbo a nuestro favor. Esperanza, mañana volverá a ocurrir lo imprevisto,
como aquellas veces en que la positividad de la vida se hizo sentir. ¿Quién
tiene esperanza? El que puede rememorar con apertura. ¿Quién puede esperar el
tiempo apropiado para cada cosa y así disfrutar más de la vida? Quien cree.
Espera quien cree
en esta positividad de la vida. Si reducimos nuestra esperanza al cumplimiento
de un proyecto político o financiero es posible que quedemos defraudados. Pero
no es la vida la que engaña. Es más bien un proceso de autoengaño, de
desproporción entre lo que pedimos a un olmo y lo que este es capaz de darnos.
A los adolescentes y a los niños vale la pena educarlos en la espera. Los
sicólogos hoy insisten en la necesidad de que los padres estén atentos en no cubrir
de inmediato todos los pedidos de los niños.
Una personita que
no está habituada a esperar: los dulces del cumpleaños, el turno en la fila, la
palabra en la conversación, es un futuro adolescente que quiere tragarse la
vida de un sorbo y luego quedar "indispuesto" internamente. ¿Cuántas
culpas y desórdenes sicológicos de adultos tienen que ver con no haber sabido
esperar el momento? De qué sirve ser eficiente sacando cuentas o terminar
múltiples proyectos laborales en la semana si al final del día llegamos
derrotados por que invertimos toda nuestra energía en elementos externos y no
en nosotros mismos. Yo soy de los que se consume en tareas repetitivas como si
dedicara toda una vida a estar sacando agua de una noria y tratar de llenar un
balde con múltiples pozos.
Pierdo la
paciencia y me exijo ir más rápido, me enojo con las distracciones que llamamos
vida...
Es cierto que hay
que ser responsables con lo que nos toco hacer pero eso también incluye ser más
consecuentes con el tiempo que tenemos. Invertirlo en lo que nos hace realmente
felices.
Recordar mis
veintes años me alegra porque a pesar de carecer de camino mi alma estaba
intacta, llena, era fácil alegrarla, no perdía de vista lo bueno del día por
temas que son secundarios, ni consumía odio tan fácilmente y, en resumen, a
pesar de no tener nada material o profesional de lo que poseo hoy día invertía
mas en lo que realmente es valioso y hace hacía que mi vida fuese más que
satisfactoria.
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