domingo, 25 de junio de 2023

 

¡YO, SOY DE SAN IGNACIO!

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Aprender, es conocer.- Aprender de cada una de las personas que conocemos. Un buen principio seria el pensar que nosotros estamos equivocados antes de descalificar al que expone sin darle la oportunidad de escuchar y razonar sus argumentos.- Buscar la verdad y no solo esperar que el otro asuma que tenemos la verdad o la razón. Mirar siempre más allá de nuestra verdad, escarbar los motivos, sentimientos que se encuentren detrás de cada conducta, actitud, opinión, intentar entendernos antes de que al otro lo critiquemos. Doblegar a quien nos platica y criticarlo es para sentirnos mejor en nuestro ego pero eso nos hace empequeñecer. El encontrar los puntos de acuerdo en los desacuerdos es crecer juntos.

Si, te quieres mucho, no seas tú punto de referencia, no te tongas en el centro de la vida y opiniones de los demás, ni te reías de lo inesperado o inexperto que se nutre. Si, lo haces; estas mostrando tus debilidades, te estás viendo como una persona inmadura, poco sincera, cargada de traumas que cuenta las cosas según su propio “Yo” Una persona arrogante será señalada por su errores de conducta ante los demás y no la valoraran como mejor persona, mucho menos le justificaran un error por el contrario estarán atentos a que lo cometa para hacérselo dar a conocer.- Juzgar es miserable, demuestra heridas profundas y quien lo recibe le deja resacas, dolor interno, cicatrices imborrables que no si irán sino que con el tiempo brotaran con mayor fuerza.

Ese “Yo” soy de San Ignacio nos ha permitido fortalecer la idea de que mucha gente esta del mismo lado pasando el puente del ese río. Nos hace sentir que somos una comunidad unida. Ese pequeño ¡Soy! Es lo grande y significativo he incomprensible de gente que nos pudimos haber conocido o conocimos o nuestros ancestros fueron amigos o conocidos en esa tierra que los vio nacer. Es parte de una superioridad moral que define la manera de implicarnos, relacionarnos y es lo que deberíamos hacer por ese algo superficial que nos define en seres únicos nacidos en un rincón del universo. El darnos el saludo, la mano es la esperanza que se puede vivir de manera diferente. Es un algo que guarda los prejuicios para cambiar los puntos de vista y se da ese espacio para convivir juntos haciendo más grande nuestro pueblo y sociedad.

Todos estamos aquí y no hay nada por inventar, ni tenemos nada que nos haga especiales al resto del mundo, solo le pusimos ganas para saludarnos, conocernos y apoyarnos. En ese espacio de convivencia se fortalece el espíritu al compartir tareas comunes. Valorar a nuestros semejantes en su espacio, tiempo, trabajo, descanso compartiendo auto críticas que impliquen el mejorarnos, en eso gira la grandeza de nuestro pueblo, la personalidad de su gente muy acorde con los valores que se defienden.

El ser humano parte de un “Yo, soy de San Ignacio” en un lugar que conoce y con el aprendizaje, enseñanza y experiencia lo vuelve diferente. El pueblo construye debido a que enmascara las cosas que nos construyen y desarrollan para volvernos activos en nuestra propia sedición. En ella tomamos los valores, las responsabilidades, las del lugar, sus gentes de las que nos alejamos, o nos trasferimos concentrándola en la vida común que asumiremos. El nacer en San Ignacio, nos dota de ciertas herramientas para luchar, para sortear trampas.

La familia, los estudios, experiencias nos llevan de la mano para aprender a salir mejor librados he ir cada vez un poco más de ella. Nos vamos inventando de lo que tenemos para vernos convertidos en especiales en lo que somos pero no tenemos nada más allá que el resto, solo pusimos ciertos adornos que hace nos miren diferentes al resto. Las neuronas permanecen atentas a las largas pláticas que tenemos con ellas y con nuestros sentidos en ese intercambio con las personas que compartimos ese espacio.

A nuestros sentidos los paseamos por sus calles y montes para que nos ayuden a resolver los conflictos cotidianos. El nacido en San Ignacio, lleva la música por dentro, ella nos da trascendencia de gustarla, dar deleite, armonía, equilibrio a los sentidos para que en esa lucha interna seamos lo mejor en una simple platica o en un juego físico o de palabras. Conforme vamos avanzando y nos identificamos con nosotros mismos, nos vamos quitando de encima las etiquetas que sin duda nos mal aconsejan a que planteemos lo que desconocemos y lo asumamos como verdad.

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