¡YO, SOY DE
SAN IGNACIO!
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Aprender, es
conocer.- Aprender de cada una de las personas que conocemos. Un buen principio
seria el pensar que nosotros estamos equivocados antes de descalificar al que
expone sin darle la oportunidad de escuchar y razonar sus argumentos.- Buscar
la verdad y no solo esperar que el otro asuma que tenemos la verdad o la razón.
Mirar siempre más allá de nuestra verdad, escarbar los motivos, sentimientos
que se encuentren detrás de cada conducta, actitud, opinión, intentar
entendernos antes de que al otro lo critiquemos. Doblegar a quien nos platica y
criticarlo es para sentirnos mejor en nuestro ego pero eso nos hace
empequeñecer. El encontrar los puntos de acuerdo en los desacuerdos es crecer
juntos.
Si, te
quieres mucho, no seas tú punto de referencia, no te tongas en el centro de la
vida y opiniones de los demás, ni te reías de lo inesperado o inexperto que se
nutre. Si, lo haces; estas mostrando tus debilidades, te estás viendo como una
persona inmadura, poco sincera, cargada de traumas que cuenta las cosas según
su propio “Yo” Una persona arrogante será señalada por su errores de conducta
ante los demás y no la valoraran como mejor persona, mucho menos le
justificaran un error por el contrario estarán atentos a que lo cometa para
hacérselo dar a conocer.- Juzgar es miserable, demuestra heridas profundas y
quien lo recibe le deja resacas, dolor interno, cicatrices imborrables que no
si irán sino que con el tiempo brotaran con mayor fuerza.
Ese “Yo” soy
de San Ignacio nos ha permitido fortalecer la idea de que mucha gente esta del
mismo lado pasando el puente del ese río. Nos hace sentir que somos una
comunidad unida. Ese pequeño ¡Soy! Es lo grande y significativo he
incomprensible de gente que nos pudimos haber conocido o conocimos o nuestros
ancestros fueron amigos o conocidos en esa tierra que los vio nacer. Es parte
de una superioridad moral que define la manera de implicarnos, relacionarnos y
es lo que deberíamos hacer por ese algo superficial que nos define en seres
únicos nacidos en un rincón del universo. El darnos el saludo, la mano es la
esperanza que se puede vivir de manera diferente. Es un algo que guarda los
prejuicios para cambiar los puntos de vista y se da ese espacio para convivir
juntos haciendo más grande nuestro pueblo y sociedad.
Todos estamos
aquí y no hay nada por inventar, ni tenemos nada que nos haga especiales al
resto del mundo, solo le pusimos ganas para saludarnos, conocernos y apoyarnos.
En ese espacio de convivencia se fortalece el espíritu al compartir tareas
comunes. Valorar a nuestros semejantes en su espacio, tiempo, trabajo, descanso
compartiendo auto críticas que impliquen el mejorarnos, en eso gira la grandeza
de nuestro pueblo, la personalidad de su gente muy acorde con los valores que
se defienden.
El ser humano
parte de un “Yo, soy de San Ignacio” en un lugar que conoce y con el
aprendizaje, enseñanza y experiencia lo vuelve diferente. El pueblo construye
debido a que enmascara las cosas que nos construyen y desarrollan para
volvernos activos en nuestra propia sedición. En ella tomamos los valores, las
responsabilidades, las del lugar, sus gentes de las que nos alejamos, o nos
trasferimos concentrándola en la vida común que asumiremos. El nacer en San
Ignacio, nos dota de ciertas herramientas para luchar, para sortear trampas.
La familia,
los estudios, experiencias nos llevan de la mano para aprender a salir mejor
librados he ir cada vez un poco más de ella. Nos vamos inventando de lo que
tenemos para vernos convertidos en especiales en lo que somos pero no tenemos
nada más allá que el resto, solo pusimos ciertos adornos que hace nos miren
diferentes al resto. Las neuronas permanecen atentas a las largas pláticas que
tenemos con ellas y con nuestros sentidos en ese intercambio con las personas
que compartimos ese espacio.
A nuestros
sentidos los paseamos por sus calles y montes para que nos ayuden a resolver
los conflictos cotidianos. El nacido en San Ignacio, lleva la música por
dentro, ella nos da trascendencia de gustarla, dar deleite, armonía, equilibrio
a los sentidos para que en esa lucha interna seamos lo mejor en una simple
platica o en un juego físico o de palabras. Conforme vamos avanzando y nos
identificamos con nosotros mismos, nos vamos quitando de encima las etiquetas
que sin duda nos mal aconsejan a que planteemos lo que desconocemos y lo
asumamos como verdad.
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