jueves, 29 de junio de 2023

 

CUENTO (Muerte y recuerdo)

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

 

Más allá de la locura, la angustia y la ansiedad siempre hay que dejar abierta la puerta a la esperanza y la ilusión. Entonces acabaremos comprobando que, como las matas en flor, también florecerá para nosotros una nueva primavera”

Había muerto y ella, sentada frente a su foto trataba de acomodar los recuerdos mientras balbuceaba como si el aun estuviera presente: Si amor, estoy escuchando tu canción… ya acabe de entonarla y sigo repitiéndola desde mi corazón. Tu mi amor, me brindaste tu corazón, tu comprensión, tu apoyo y lo único que pediste fue eso; si amor versos teñidos de sentimientos indescifrables “Los que te adornaban, precioso hombre”

Muchas ocasiones tratando de quedar bien pensé ante tu actitud ponerte apodos pero calle y  jamás pronuncie por miedo al rechazo uno solo… que idiota al no haberte dicho cada día ese amor que con el paso del tiempo iba creciendo mas y mas en mi pecho, pero al transmitirlo se convertía en hielo en una espesa niebla de una sensación escalofriante que me impedía actuar, que idiota amor; que idiota fui, al no confesarte cada día ese sentimiento refulgente en mi pecho cada vez que te veía, que idiota fui amor; ahora solo te ofrezco estas letras ignorando si aun en ese sitio a donde te marchaste la escritura es igual a la de los seres que posemos signos vitales, solo espero la leas algún día, la dejo allí junto al lugar donde ahora yace tu cuerpo; ese cuerpo que tantas veces como rayos de sol despejo mis días opacos. ¡Adiós amor!

Mi carta está hecha de silencio, de las palabras amorosas que nadie jamás dijo por temor a una cruel burla, ya no me importa gritarlo frente a los seres que me rodean ya no me importa nada, porque en mi mente ahora solo debo hacerme a la idea de que tu ya estás muerto. Y que mis pensamientos se ahoguen en la absurda y honda pena de la rutina diaria.

Te cansaste de luchar, y es que finalmente comprendí que solo yo estaba luchando por salvarte y tú te dejabas morir, tenias miedo a vivir… Ya me habían agotado las noches en vela, los sufrimientos diarios al verte postrado en la cama sin poder siquiera pasar bocado solo, sentía que ya no valía la pena seguir insistiendo contra ese absurdo remolino de desamor por la vida que mostrabas…No… ¿Por qué debía soportarlo? no era mi obligación, sino la tuya, no era mi deber perseverar, sino el tuyo, pero asumí que lo deseabas pero la debilidad te había derrotado ¡Tu, un hombre tan valiente, te doblaste ante la muerte!…

Pero sentía el amor, sentía que ese corazón se te quería escapar del cuerpo…De igual forma sentía miedo, no lo niego y pensé varias ocasiones en ¿Huir y dejarte morir solo? ¡Jamás! ¿Por cobardía? no era lo que quería hacer; por lo tanto ahí continuaba postrado junto a tu cama con la esperanza de que Dios no quisiera de último momento llevarte y me dejara disfrutar de tus encantos, un segundo, un minuto, lo que fuera.

Un día.- ¡No más! grito tu alma un día en medio de mi cansancio, en medio del confuso ritual de sentimientos encontrados que debatían el corazón y la conciencia; estaba cansado, no quería seguir maldiciendo mi mala suerte y mendigando un poco de amor por parte tuya hacia la vida…¿ Como sucedían las cosas?

Ella se levanto del oscuro rincón de la habitación matrimonial, al pasar por la mesa de noche golpeo un mueble con una furia que le carcomía el alma; al llegar a la sala no lo halló, estando ahí la realidad que tanto ella misma en su dolor negaba se aclaro en su mente... Cayo desalentada y con  un hilo en la boca y lágrimas en los ojos se sentó en aquel sofá a contemplar su imagen. Solo el recuerdo de su amor quedaba, era lo único de él que mantenía vivo.

Pidió a Dios que los relojes se pararan y  nadie sabe exactamente como, ni cuándo. Lo que sí se sabe con certeza, es que un día todos los relojes del mundo dejaron de funcionar, y el tiempo dejó de ser tiempo para ella. Solo aquella mujer, miraba hacia el retrato con lágrimas en los ojos. “Su querido esposo había muerto, dejo de existir” Se dijeron muchas cosas en la calle. Que era un complot organizado por los mismos relojes (vaya uno a saber porqué), que el fin del mundo se estaba acercando y ya no importaba la hora pues el final estaba muy cerca.

Que era brujería, magia, vudú… No había pila ni batería que los hiciera funcionar. Por más cuerda que se le diera, seguían totalmente reacios a dar la hora. Se intento con los relojes de arena, pero al darles vuelta para que la arena empiece a caer, esta se quedaba petrificada en la parte de arriba desafiando a las leyes de la gravedad, como si alguna fuerza sobrenatural se lo impidiera, y hasta se intentó con los relojes de sol, pero estos ya no producían sombra. Habían parado los relojes en señal de luto por aquella alma que lloraba el amor perdido y que tanto llanto derramara.

Las personas se dijeron que el hecho de que los relojes pararan era un problema sin solución, pero la raza humana (aunque le tome su tiempo) se adapta a cualquier tipo de cambio. Y decidieron vivir sin relojes, sin hora, con el tiempo fluyendo a sus anchas, sin preocuparse tanto por la puntualidad y olvidándose de las fastidiosas horas pico y de la palabra amor. Pero cuando ya se habían acostumbrado a la nueva vida (mucho más relajada que la anterior, por cierto), se dieron cuenta de las graves consecuencias de la ausencia de los relojes los cuales se habían puesto en huelga por ver como en esta vida por culpa de ellos se perdía el amor. Las personas horrorizadas observaban como los bebes nacían tresmesinos, o en algunos casos pasaban más de 10 meses dentro de la panza de su madre, y debían sacarlos muertos. Los niños despertaban siendo viejos de un día para otro, los ancianos ya no envejecían, la comida se ponía rancia repentinamente, los frutos maduraban y al siguiente instante se pudrían, y por la mañana era primavera, por la tarde el invierno más frío, y cuando anochecía (si tenían suerte) los visitaba un verano muy cálido.

Habían descubierto que el tiempo solo es tiempo, porque lo dictan los relojes, los relojes que marcan los sentimientos del corazón “El amor”. Sin ellos, que son los que lo adecuan, ajustan, amoldan, y le dan un sentido para que nos sea útil, el tiempo deja de ser tiempo, y se transforma en una serie de eventos momentos y situaciones sin sentido, desacomodadas, deformadas... Las personas ignoraban porque motivo cada raza o civilización de la que tenían conocimiento, desde la más antigua nacida en el alba de los tiempos, hasta la nuestra, tenía su propio medidor de tiempo y que nadie era capaz de parar su marcha inexorable.

No ha existido raza, pueblo o civilización que no lo haya tenido. Cuando el fin de la raza humana estaba llegando a su punto culminante, cuando ya quedaban muy pocos sobrevivientes a la revolución temporal, repentinamente, los relojes comenzaron a funcionar…

La arena caía marcando un nuevo inicio del tiempo, los segunderos corrían como quien comienza su labor después de mucho tiempo de descanso, y los relojes de sol proyectaban su sombra más nítida que nunca. ¡Aquel ser, lloroso volvió a conocer el amor! y esto permitió que la raza humana sobreviviera. Con el tiempo y la ayuda de los relojes (benditos sean), pudieron reorganizar sus vidas hasta ser normales. Eso sí, aprendieron una lección muy importante. Y ahora cada ser humano lleva consigo un reloj, o dos como para no perder nunca el sagrado don de saber la hora cuando el amor acaba o cuando comienza, y cada pueblo, civilización y raza adora como a un dios a los relojes, reuniéndose frente a grandes monumentos o capillas en honor a ellos, y rezando para que nunca más nos castiguen, para que nunca más nos falten.

La mujer aquella miro el reloj viejo que había quedado parado justamente a la hora que su esposo murió, recordando que ese reloj se lo había sido su regalo en día que dio a luz a su primera hija la cual llamo “Perla” por lo hermoso de sus ojos.

Volvió el silencio y en el sigilo de la sala se hecho andar nuevamente la maquinaria oxidada, había aprendido a sentir por que miles de años de experiencia brindando sus servicios a los humanos le habían enseñado a conmoverse con el dolor o la felicidad de sus muchos amores, y es que curiosamente habían varias razones por las cuales podíamos ver a este ser humano solitario así hundido en su melancolía; el abandono a su persona, la desventura de no poder moverse como en aquellos primeros años de su existencia y la posible idea de ir a parar a uno de esos lugares en los cuales se sufría la pena de muerte injustificada en un rincón olvidado.

Era muy entristecedor verla en tan impotentes circunstancias y reconocer en sus ojos que ninguna de esas situaciones la preocupaba, solo una idea la llenaba de profundo temor. “Los recuerdos” llegaban a su mente tan frescos como si estuvieran hechos de un trozo hermoso de presente. Sentada en aquel sofá, se preguntaba ¿Por qué te fuiste dejándome? Que sensación de impotencia tenia ahora que no podía nadie contestarle y su inconsciente renegaba porque en vida, no fue capaz de confesarle el profundo amor que él había despertado en ella y ahora que sentía en su corazón el valor para decírselo su cuerpo no respondía a su voluntad, una lagrima se derramo de su mirada, se conformo entonces solo con imaginar el rostro de su amado con profundo encantamiento y espero que el corazón se detuviera junto al profundo dolor de no haber vivido su sueño de amarlo siempre y compartir con él todos sus momentos en aquella sala tan pequeña llamada vida.

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