UN PUEBLO SIN
PUENTE
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Mi madre era
una persona muy católica, de niño me hizo creer en Dios, en los Santos, los
domingos hacia que asistiera a misa, me unió a seguir la pasión de Cristo,
aprendí el catecismo de memoria, me unía a las procesiones de semana Santa.
Eran mis creencias, creía en los milagros. Me bañaron con agua bendita en el
bautizo, me liberaron de los demonios en la primera comunión, tenía como tarea
principal todas las tardes ir con la maestra Fela a repetir las oraciones que
me aprendía de memoria en casa. Rece mucho cuando a mi pequeño hermano Oscar le
dio apendicitis y tuvieron que llevarlo a la ciudad de Culiacán para ser
operado.
Una tarde
noche mientras llovía comenzó Oscar a sentir un fuerte dolor en el estómago que
lo doblaba y sus lágrimas salían sin control permaneciendo doblado sobre su
pequeño cuerpo. Fue hasta el día siguiente cuando mi padre decidió aventurarse
a cruzar el rio en una pequeña lancha de remos para tratar en conseguir un auto
que los llevara con su hijo a la ciudad. (Mi madre se encontraba en Culiacán,
visitando a mi abuela Rosa) El río estaba medio crecido por las intensas
lluvias en los últimos días, las gentes permanecían en sus casas por miedo
aventurase a cruzarlo.
Recuerdo que
yo lo acompañe hasta el otro lado del río y desde ahí, lo despedí deseando no
sin la congoja que mi hermano no muriera como lo había pronosticado el
encargado de curar enfermos en el pueblo (Raúl Vega) quien le hizo la
recomendación a mi padre que lo llevara urgente para que lo operaran del
apéndices o de lo contrario moriría si se le reventaba. El río estaba hondo,
seguía saliendo con la ayuda de los arroyos, el día lluvioso y recuerdo lo
cruzamos en una lancha mientras Oscar, se retorcía de dolor. Fue operado de
inmediato en Culiacán y gracias a esa operación a los días regreso al pueblo
sano en salud. A los años me platico mi madre que su hermana Soledad (La tía
Chole), la ayudo para llevarlo con un Doctor de apellido Aragón quien fue el
que lo salvo.
Yo para ese
entonces para quería mucho a mi tía, y a su esposo Parra pero al enterarme de
lo que hizo por mi hermano la adore mucho más. Mi padre decía que fue un
milagro que llegara vivo y que un señor se prestara para llevarlo en su
camioneta a la ciudad en ese día tan difícil para salir de viaje. Bien que recuerdo
que tuvieron que apresurarse antes de que creciera el arroyo de Tacuitapa lo
que hubiera significado no poder salir y quedar entrampado entre el Cantón y el
pueblo en medio de la lluvia.
Esa noche me
quede solo en casa, los rayos tronaban como un grito desesperado de llamamiento
a la muerte, no podía dormir, el miedo se apoderaba de mi tierno subconsciente,
la lluvia caía intensa, el pueblo estaba en completo silencio y solo la luz de
esos rayos inquietaban a sus moradores, mientras en mi cama abrazaba a mis
perros con la intención en que calmaran mi miedo.
Muchos años
después, mi hermano Oscar Manuel se accidento en Culiacán y coincidentemente
quien ayudo para que fuera trasladado a Toluca en calidad de emergencia fue mi
primo Luis Alfonso Parra Torróntegui, hijo de mi tía Soledad, desgraciadamente
en esta ocasión no tuvo un final feliz y como siempre me llegó tarde la noticia
sobre los hechos suscitados en Culiacán, debido a que me concentre en ir a
Toluca a la sala de cuidados intensivos, debido a que en ese momento me
encontraba en Cuautitlán y mi amigo Jaime Humberto Ojeda López me consiguió un
raite que me llevara a Toluca en medio de esa noche.
Su muerte
nubla mi entendimiento, el problema se hallaba allí, alrededor de esas cosas
que suceden cuando menos las esperas, en donde se van los que quieres y nadie
te garantiza que esto parara. Las ves convertidas en un manojo de sentimientos
que en cualquier momento estallan en llanto, son instantes en que se borran las
creencias y llegas a la conclusión que los imposibles existen en ese delgado
hilo entre las cosas que tenemos, las creemos son nuestras y lo pequeño que
somos.
Al
reconstruir esta experiencia con sus rasgos los vas convirtiendo en esa regla
en la que la imaginación marca la simpatía mezclada con el dolor en la medida
que lo recuerdas en la trágica consecuencia de tu socialización. Con el paso de
los años, el rio siguió creciendo cada temporada de lluvias, la gente se
resguardaba en sus casas en necesidad de cuidarse, nuevos seres humanos continuaron
naciendo y el mundo siguió su marcha.
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