CUENTO
DE PANCHITA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Ocuparse
y no preocuparse, es un estilo en el vestirse. No siempre la gente contestara
con una sonrisa, pero el intento vale su peso en oro, ya saldrá esa sonrisa y
la persona agobiada abandonara el preocuparse un menos poco o su rostro se mostrará
agradable por ese instante. No todo lo que la hace feliz a la otra persona, le
hace a usted por lo menos no hay que ser crueles imponiéndoles la felicidad
para que contesten con una agradable sonrisa contagiándola de feliz y
vacunándola contra la amargura. En ciertos momentos de la vida ocupábamos
desahogarnos, llorar, gritar de felicidad sin poner tope o que alguien nos
detenga. Siempre está por “Allí” alguien dispuesto a ser convertido en paño de
lágrimas para escuchar y dar consejo. En la felicidad sobra escuchante, en la
prosperidad amigos, en la pobreza nadie se acuerda que existes.
En
¿los amores? Tal vez no este del todo cuerdo por recordarla, mencionar su
nombre en mis sueños. Esa que de joven nunca quiso saber de mí, pero el
extrañarla con sus pláticas, llega en los sueños, no tiene ganas de marcharse
para siempre y jamás regresar. Fue dura con todos, a nadie quería, los usaba,
decía ser feliz, anhelaba la gloria económica en la vida. Se rodeaba de amigas
semejante a ella, se veían felices los fines de semana briagas en los centros
de baile ¿Extraña alegría, felicidad? No hay plazo que no se cumpla, ni vicio que
no destruya, ni un minuto antes, ni uno después, así la vida cobra todo exceso.
Una joven etiquetada de egoísta con
desequilibrio emocional, equivocada en sus valoraciones de libertad por las
costumbres. Al final del día sola, inquieta en una lucha constante, desesperada
por que la vieran triunfadora, feliz, encubriendo sus defectos, alimentando los
demonios, desoyendo consejos, rompiendo esquemas establecidos al creerse libre
por tomar decisiones juzgadas por los varones como malas, desafiando a las demás
mujeres acomodadas en la costumbre. Expresaba tener sueños por cumplir a costa
de lo que fuera o estuviera a su alcance, a costa de su propio cuerpo. Asentaba
tener carácter fuerte pero no se respetaba, rompía con toda regla establecida
de sana convivencia.
Por
mí parte acepte los desprecios, continúe viéndola, respete sus locuras, la deje
ser tal cual ella deseaba: A cambio me decía era su amigo de confesiones. La
quería en silencio y no deseaba entrar en conflicto por hacerla cambiar de
actitud. - Ella era feliz en esa forma, y, deje lo fuera. Si no me quiere con
amor cuando menos estar cerca. Así, acepte la relación con tal de no separarme,
por una migaja de felicidad. Dolía verla sufrir en cada descalabro, ellos la
tomaban y soltaban después de su uso, una y otra vez. En la soledad confesaba
que no era feliz, lloraba, renegaba en que nadie la quería por la forma en que
se comportaba. Le pasaba el mal rato y, volvía a ser la misma. Cerraba el
llanto y soltaba la carcajada, argumentando. - No, soy la mujer correcta, pero
si la que hace de su vida un principio de libertad, no he encontrado el hombre correcto,
pero caerá, ya lo veraz. -Esos ojos que se comerán los guanos tarde que
temprano, lo verán.
Extraña
forma de reaccionar a los conflictos del amor, no puedo imaginar una noche ser
besada, acariciada y por la mañana despreciada asumiendo ese asunto con una
sonrisa. Ante ello evoco los momentos de su llanto cuando tiernamente me
abrazaba ¿Extrañarla? si tenía ganas de entrar en su alma y borrar el dolor para
que no llorara y siguiéramos juntos abrazados. Creí saber mucho acerca del
amor. No sabía lo suficiente como para no equivocarme. Sin duda, era evidente
que tenía que aprender que, en eso, buscando refugio en las experiencias,
aunque veces no sirven de mucho. Vuelves a caer una y otra vez en los mismos
juegos y, trampas.
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