jueves, 29 de junio de 2023

 

CUENTO (El del carrito)

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Durante toda la noche el retirado militar, se dejó arrastrar por la desesperación. En los pocos momentos en que el sueño le quitó la conciencia se vio atormentado por retazos de pesadillas. Con dos enormes ojeras, el pelo desarreglado y las manos temblorosas, se enfrentaba al nuevo día. Maite, su mujer, le sirvió el desayuno a disgusto, torciendo el rostro en un mohín de fastidio demostrando la contrariedad de la noche anterior, cuando airadamente le señalo un engaño matrimonial y ella lo negó rotundamente. La violencia de su mujer, sus nervios maltrechos, la falta de sueño, los ataques, lo hacían sentirse aun más mal de lo que se encontraba.

El café, humeante, le trajo al cuerpo un alivio momentáneo. Apenas despertó, las cosas tomaron de pronto una relevancia inusitada, la luz de un nuevo día, el paso solitario de una cucaracha junto a sus zapatos, la forma del humo que subía del café, todo parecía vivo y reclamaba su cruda atención. Todo le traía a su espíritu una extraña inquietud. Se tomó todo el café, sorbo a sorbo mientras le quemaba la lengua, pero no desayuno nada. No tenía hambre.

Tampoco tenía ganas de hablar. –Discute, decía su mujer, esto todavía no termina ¡Con que soy una cualquiera y se acuesta con el primero que encuentra, contéstame! - Mañana se termina - dijo él con expresión rencorosa -. Mañana…ya lo veras. Fue a la ventana y miro hacia la calle, su mirada fue en busca de la vecina joven que siempre le coqueteaba. Suspiro con alivio, cuando logro posar la mirada sobre su silueta que se dibujaba a lo lejos, luego su mirada volvió a moverse. “Como siempre, ahí está”, pensó mientras miraba el carrito destartalado, parado frente a su casa. Desvío los ojos nuevamente hacia su inalcanzable conquista y sintió que entre él y la chamaca un volcán estaba a punto de hacer erupción que sucedería una afinidad de destinos. Salió a la calle, miro hacia el carrito cuyo chofer, un hombre joven de bigotes, no le alzó la cara en señal de saludo. La enemistad áspera de su mujer y la indiferencia del chofer del carrito confirmaron sus presentimientos de que algo andaba mal y olía a cuernos. -pensó. -suspirando con desaliento.

Su boca reseca de la cual salía un vaho a vino y los ojos hinchados lograron distinguir los pájaros, bulliciosos, que se agitaban felices, y él se sentía ajeno a esa alegría, a ese movimiento, a ese nacer palpitante de la naturaleza, parte por la cruda y otra por la traición que se gesto a sus espaldas. Sus pasos eran lentos como el andar de las carretas de bueyes que venían de los campos, cargadas de leña. Sentía que los cuernos pesaban más de lo acostumbrado, el mundo se le echaba encima. Avanzaba con desconfianza, temeroso de percibir la reacción del entorno.

Ahora comprendía, los muchos años de engaños en los que había vivido vestido del ropaje de matrimonio feliz, el día de hoy se sentía desnudo cuando la gente volteaba a verlo. “Desconfíen de la mujer abnegada, de la recatada, la que no quiebra un plato” Le aconsejo su padre, años atrás, pero este se olvido del sermón de la montaña y lo considero una verbigracia que se lo atribuía a una generación en decadencia.

Ahora sabía que esas palabras le llegaban tarde, le atacaban, taladraban el cerebro y cargaban una amenaza desquiciante. Ya no había lugar para confiar, para estar seguro que las cosas no eran lo que se pensaban.

Cruzó la calle a paso lento, se detuvo frente a la iglesia la cual por casualidad era en donde años atrás se jurarán amor eterno. Volteo hacia atrás y diviso el modesto carrito, empezó nuevamente andar, sintiendo la presencia cochina llena de burla y consuelo en su espalda de la gente.

De adentro del carrito se escapó el ruido apagado de una carcajada, al menos así le pareció. Un escalofrío le recorrió la espalda como agua hirviente. Luego, tieso, inmovilizado, desvió la mirada hacia el carrito. Sentado tras el volante un hombre joven de bigote sonreía. El escudriñó de reojo el parabrisas. Estremecido vio el perfil sonriente de su rival en amores.

Cerró los ojos un instante y apretó las manos para reprimir el temblor. Contra esa insolencia no podía luchar “Un joven varonil y en su propia casa, en su corral le cantaba a su gallina”. Comprobó, con horror, que ya no tenía poder, ya no amedrentaba a nadie, había perdido el coraje para luchar de hombre a hombre por el amor de una mujer. Cualquiera pisoteaba su orgullo, se cagaba en dignidad, pero le faltaba valor. Un escalofrío le hormigueó en la espalda.

Ahora se daba cuenta de algunas cosas. Ahí estaba su rival, altivo sobre su achacosa resistencia. Ante sus ojos impotentes esa valentía cobraba una dimensión descomunal. El tiempo había pasado muy rápido, no tenía forma de defender sus intereses, entendía que no existía perspectiva de triunfo. Despreciaba lo romántico, lo falso de las frases hechas, el ¡te amo! de ese profundo desprecio emanaba toda su cobardía. No por nada era parte de una generación en decadencia. Siguió caminando. El coraje le revolvía los intestinos, le helaba la sangre.

Le hacía imaginar que las personas lo tenían vigilado y esperaban el momento oportuno para reírse a sus espaldas. El coraje se mezclaba al odio y juntos apuntaban a la figura del “sancho del vehículo” sintió un mareo, se metió a su oficina y se dejo caer sobre el sofá. Estuvo unos minutos acosado por las náuseas. Una vez repuesto del mareo, se fue a asomar a la ventana del balcón.

El vehículo seguía en el mismo lugar, su figura adquiría rasgos caricaturescos. El mismo sillón recibía sus nalgas con una dureza de madera quemada. En la debacle de su espíritu una idea cruzó su mente. Tenía que matar al Sancho. Era el fin para él, pero también lo sería para el abusivo inmundo.

Abrió el cajón de su escritorio y sacó un revólver. Era un Smith and Wesson, calibre 38, con seis balas. Lo contempló un momento y se lo metió en la cintura. Allí esperó con los ojos entrecerrados, saboreando la agonía cruenta de su enemigo en amores. En su mente se desarrollaba la situación. El amante, con los seis disparos en el pecho, yacía recostado tras el volante. La sangre les salía a borbotones. El olor de la sangre, enrarecían el aire. De detrás aparecía, su mujer, corriendo aterrorizada, y desde la iglesia cruzaba la calle gritándole, para recriminarle su locura. El horror de los demás sería su consuelo.

Una hora estuvo así, jugando con su imaginación. Cuando su acto de venganza imaginario ya no le trajo alivio, se propuso actuar. Fue hasta la ventana y miró hacia la calle. El carrito estaba aún allí, sucio, destartalado. Acariciando el revólver en su cintura bajó la escalera hasta la planta baja. Salió a la calle en el preciso momento en que la misa de las doce terminaba. El Sancho miraba lánguidamente, apoyándose la nuca con las dos manos. Cuando lo vio venir con la pistola en la mano. Su instinto le dio la voz de alerta, se enderezó en el asiento y accionó las llaves del encendido.

El vehículo se sacudió entero y el Sancho se desatendió que dos viejecitas cruzaban la calle y por poco las hace puré de huesos. Aceleró a fondo, el vehiculó rugió cual carro de 8 cilindros, saliendo como alma que lleva el diablo “Quemando aceite”. El se quedó inmóvil en medio de la calle. Se sentía aniquilado por no lograr su objetivo, le molestaba sobremanera lo sucedido. Su venganza, su postrer desquite contra todo lo que más odiaba, no se iba a realizar. El condenado Sancho había huido.

Cerró los ojos, frustrado, y echó a caminar. Mientras pasaba junto a la puerta de su casa, sintió un dulce cansancio que le subía por los huesos y un vacío que le amedrentaba los pensamientos. En el torbellino de ese fugaz alivio extrajo el revólver de su cintura y, aún caminando, lo alcanzo su hija quien preocupada le pregunto que, si su novio logro platicar con él, para que le diera permiso de visitarla. Y lo raro, es que salió como alma que lleva el diablo en su vehículo ¿Papa, de que platicaron y porque le sacaste el revólver, si es un buen muchacho?

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