CUENTO
(El del carrito)
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Durante
toda la noche el retirado militar, se dejó arrastrar por la desesperación. En
los pocos momentos en que el sueño le quitó la conciencia se vio atormentado
por retazos de pesadillas. Con dos enormes ojeras, el pelo desarreglado y las
manos temblorosas, se enfrentaba al nuevo día. Maite, su mujer, le sirvió el
desayuno a disgusto, torciendo el rostro en un mohín de fastidio demostrando la
contrariedad de la noche anterior, cuando airadamente le señalo un engaño
matrimonial y ella lo negó rotundamente. La violencia de su mujer, sus nervios
maltrechos, la falta de sueño, los ataques, lo hacían sentirse aun más mal de
lo que se encontraba.
El
café, humeante, le trajo al cuerpo un alivio momentáneo. Apenas despertó, las
cosas tomaron de pronto una relevancia inusitada, la luz de un nuevo día, el
paso solitario de una cucaracha junto a sus zapatos, la forma del humo que
subía del café, todo parecía vivo y reclamaba su cruda atención. Todo le traía
a su espíritu una extraña inquietud. Se tomó todo el café, sorbo a sorbo
mientras le quemaba la lengua, pero no desayuno nada. No tenía hambre.
Tampoco
tenía ganas de hablar. –Discute, decía su mujer, esto todavía no termina ¡Con
que soy una cualquiera y se acuesta con el primero que encuentra, contéstame! -
Mañana se termina - dijo él con expresión rencorosa -. Mañana…ya lo veras. Fue
a la ventana y miro hacia la calle, su mirada fue en busca de la vecina joven
que siempre le coqueteaba. Suspiro con alivio, cuando logro posar la mirada
sobre su silueta que se dibujaba a lo lejos, luego su mirada volvió a moverse.
“Como siempre, ahí está”, pensó mientras miraba el carrito destartalado, parado
frente a su casa. Desvío los ojos nuevamente hacia su inalcanzable conquista y
sintió que entre él y la chamaca un volcán estaba a punto de hacer erupción que
sucedería una afinidad de destinos. Salió a la calle, miro hacia el carrito
cuyo chofer, un hombre joven de bigotes, no le alzó la cara en señal de saludo.
La enemistad áspera de su mujer y la indiferencia del chofer del carrito
confirmaron sus presentimientos de que algo andaba mal y olía a cuernos. -pensó.
-suspirando con desaliento.
Su
boca reseca de la cual salía un vaho a vino y los ojos hinchados lograron
distinguir los pájaros, bulliciosos, que se agitaban felices, y él se sentía
ajeno a esa alegría, a ese movimiento, a ese nacer palpitante de la naturaleza,
parte por la cruda y otra por la traición que se gesto a sus espaldas. Sus
pasos eran lentos como el andar de las carretas de bueyes que venían de los
campos, cargadas de leña. Sentía que los cuernos pesaban más de lo
acostumbrado, el mundo se le echaba encima. Avanzaba con desconfianza, temeroso
de percibir la reacción del entorno.
Ahora
comprendía, los muchos años de engaños en los que había vivido vestido del
ropaje de matrimonio feliz, el día de hoy se sentía desnudo cuando la gente
volteaba a verlo. “Desconfíen de la mujer abnegada, de la recatada, la que no
quiebra un plato” Le aconsejo su padre, años atrás, pero este se olvido del
sermón de la montaña y lo considero una verbigracia que se lo atribuía a una
generación en decadencia.
Ahora
sabía que esas palabras le llegaban tarde, le atacaban, taladraban el cerebro y
cargaban una amenaza desquiciante. Ya no había lugar para confiar, para estar
seguro que las cosas no eran lo que se pensaban.
Cruzó
la calle a paso lento, se detuvo frente a la iglesia la cual por casualidad era
en donde años atrás se jurarán amor eterno. Volteo hacia atrás y diviso el
modesto carrito, empezó nuevamente andar, sintiendo la presencia cochina llena
de burla y consuelo en su espalda de la gente.
De
adentro del carrito se escapó el ruido apagado de una carcajada, al menos así
le pareció. Un escalofrío le recorrió la espalda como agua hirviente. Luego,
tieso, inmovilizado, desvió la mirada hacia el carrito. Sentado tras el volante
un hombre joven de bigote sonreía. El escudriñó de reojo el parabrisas.
Estremecido vio el perfil sonriente de su rival en amores.
Cerró
los ojos un instante y apretó las manos para reprimir el temblor. Contra esa
insolencia no podía luchar “Un joven varonil y en su propia casa, en su corral
le cantaba a su gallina”. Comprobó, con horror, que ya no tenía poder, ya no
amedrentaba a nadie, había perdido el coraje para luchar de hombre a hombre por
el amor de una mujer. Cualquiera pisoteaba su orgullo, se cagaba en dignidad,
pero le faltaba valor. Un escalofrío le hormigueó en la espalda.
Ahora
se daba cuenta de algunas cosas. Ahí estaba su rival, altivo sobre su achacosa
resistencia. Ante sus ojos impotentes esa valentía cobraba una dimensión
descomunal. El tiempo había pasado muy rápido, no tenía forma de defender sus intereses,
entendía que no existía perspectiva de triunfo. Despreciaba lo romántico, lo
falso de las frases hechas, el ¡te amo! de ese profundo desprecio emanaba toda
su cobardía. No por nada era parte de una generación en decadencia. Siguió
caminando. El coraje le revolvía los intestinos, le helaba la sangre.
Le
hacía imaginar que las personas lo tenían vigilado y esperaban el momento
oportuno para reírse a sus espaldas. El coraje se mezclaba al odio y juntos
apuntaban a la figura del “sancho del vehículo” sintió un mareo, se metió a su
oficina y se dejo caer sobre el sofá. Estuvo unos minutos acosado por las
náuseas. Una vez repuesto del mareo, se fue a asomar a la ventana del balcón.
El
vehículo seguía en el mismo lugar, su figura adquiría rasgos caricaturescos. El
mismo sillón recibía sus nalgas con una dureza de madera quemada. En la debacle
de su espíritu una idea cruzó su mente. Tenía que matar al Sancho. Era el fin
para él, pero también lo sería para el abusivo inmundo.
Abrió
el cajón de su escritorio y sacó un revólver. Era un Smith and Wesson, calibre
38, con seis balas. Lo contempló un momento y se lo metió en la cintura. Allí
esperó con los ojos entrecerrados, saboreando la agonía cruenta de su enemigo
en amores. En su mente se desarrollaba la situación. El amante, con los seis
disparos en el pecho, yacía recostado tras el volante. La sangre les salía a
borbotones. El olor de la sangre, enrarecían el aire. De detrás aparecía, su
mujer, corriendo aterrorizada, y desde la iglesia cruzaba la calle gritándole,
para recriminarle su locura. El horror de los demás sería su consuelo.
Una
hora estuvo así, jugando con su imaginación. Cuando su acto de venganza
imaginario ya no le trajo alivio, se propuso actuar. Fue hasta la ventana y
miró hacia la calle. El carrito estaba aún allí, sucio, destartalado.
Acariciando el revólver en su cintura bajó la escalera hasta la planta baja.
Salió a la calle en el preciso momento en que la misa de las doce terminaba. El
Sancho miraba lánguidamente, apoyándose la nuca con las dos manos. Cuando lo
vio venir con la pistola en la mano. Su instinto le dio la voz de alerta, se
enderezó en el asiento y accionó las llaves del encendido.
El
vehículo se sacudió entero y el Sancho se desatendió que dos viejecitas
cruzaban la calle y por poco las hace puré de huesos. Aceleró a fondo, el
vehiculó rugió cual carro de 8 cilindros, saliendo como alma que lleva el
diablo “Quemando aceite”. El se quedó inmóvil en medio de la calle. Se sentía
aniquilado por no lograr su objetivo, le molestaba sobremanera lo sucedido. Su
venganza, su postrer desquite contra todo lo que más odiaba, no se iba a
realizar. El condenado Sancho había huido.
Cerró
los ojos, frustrado, y echó a caminar. Mientras pasaba junto a la puerta de su
casa, sintió un dulce cansancio que le subía por los huesos y un vacío que le
amedrentaba los pensamientos. En el torbellino de ese fugaz alivio extrajo el
revólver de su cintura y, aún caminando, lo alcanzo su hija quien preocupada le
pregunto que, si su novio logro platicar con él, para que le diera permiso de
visitarla. Y lo raro, es que salió como alma que lleva el diablo en su vehículo
¿Papa, de que platicaron y porque le sacaste el revólver, si es un buen
muchacho?
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