EDAD
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
A
veces pensamos que somos muy jóvenes para preocuparnos por vida espiritual y
salvación. Es común que oigamos frases del tipo: “Cuando sea viejo yo pensaré
en la eternidad. “Ahora necesito
distraerme y aprovechar la vida, porque la juventud se pasa rápido”. También ya
oímos declaraciones como “el día de hoy estoy viejo” Ya nada puedo hacer. Si no
he sido capaz de pensar en mí juventud, ¿qué importa ahora qué estoy en el fin
de la vida?” En ambos los casos las personas están equivocadas. No hay tiempo
determinado para buscar la dicha. Lo mejor es hacerlo lo más temprano posible
para que el tiempo de alegría sea mayor. Pero se, por un motivo cualquiera,
perdemos la oportunidad de una vida bella en los primeros años de nuestra vida,
el mejor para hacer es disfrutar las bendiciones que la familia nos profesan
que tienen para nosotros y por el tiempo que nos queda para vivir. Dios
concedió, tanto a los jóvenes como a los de edad, el talento para ser feliz.
Cristo es nuestra dicha, nuestra razón de vivir, el camino seguro para la
realización de todos nuestros ideales. Siempre será tiempo oportuno para que
busquemos la realización de nuestros sueños y para que encontremos la verdadera
felicidad.
Melancolía:
Es un instante de fuga presente que evade cruzar los recuerdos como si fuera un
rio con aguas embravecidas después de varias tormentas. Es instante de cosas presentes las cuales no atrevemos a
tocar prefiriendo mantenerlas alejadas, seguras para que no escapen por la boca
y oído ajeno la escuche. Quisiera como los pájaros remontar el vuelo cantando y
sonriendo para llenar de aire fresco los sentidos y en ese vuelo desde lo alto
poder escuchar más allá de los propios sentidos la imaginaria dicha placentera
que produce la libertad. Poder cruzar ríos, selvas acompañado de la imaginación
situándome sobre la montaña antes que verme en el fango de la arena cosquillosa
que cala el pie aprisionado y se convierte en polvo en época de secas. Estoy,
aquí y ahora bajo el manto de las estrellas de invierno bajo la brisa de un
amanecer en un espacio donde surgen las preguntas y son nulas sus respuestas,
tal vez por poco tiempo tan corto como dura ingerir un vaso de agua, la imagen
en un espejo, el fondo de un recuerdo. Un vaso de agua que atraviesa la
garganta, baja por el esófago sin saciar la sed, un aire helado que penetra los
pulmones.
Surgen
las preguntas caprichosas, regresan al ser para ser rescatadas del rincón a
veces agresivas arrancando desde lo profundo un malestar, una ausencia con
sabor a dolor en otras cariñosas ambas sin poder quitarse de la cabeza. En un
tiempo servían para curar las heridas, otras empapan el alma de congoja, ambas
caén arrulladas por sentimientos inexplicables, unas claras otras oscuras en
ese vaivén en sentimientos por los que transita la vida la cual va y viene,
escapa, y se deja atrapar irremediablemente para vivir y compartir lo distinto
entre seres. Una nostálgica queda atrapada dentro, luego otra se despide, se va
sin que sepamos para donde ni el porqué, en la lectura que inicia como aventura
entre el cruce de miradas, el viento suspirante y su momento que no se sabe si
estas o no estás siendo.
El
vaso de agua en amor no es capaz en calmar una sed cuando se sabe que estas en
el desierto incierto de su relación, en su ritmo galopante y desgastante. En
ese ocaso de los años y sus repercusiones anteriores. Ya no es fácil volar y
atravesar el rio, ni volar sobre las montañas. En ese corto espacio, decides no
soltar la única rama que sostiene un inevitable arrastre rio abajo. Ser joven
es hermoso en plumaje podías detener el rio con las manos alimentando la sed en
cualquier ojo de agua sin temor a fracasar. La vida siguió sobre las vías del
tiempo sin que supieras para en donde te llevaba o cuando pararía, mientras su
pasajero se dedicaba a tejer sueños. Lo hacía no con las manos sino con el
corazón.
Dejabas
que el tiempo hiciera su parte, especulando que jamás llegaría el tiempo en que
se cuestionara la misma pregunta que cuando joven evadía, era selectiva, audaz,
intrépida, sabia conquistar con una sola mirada.- Los ojos se empezaron a
secar, las decisiones a escasear, los momentos en espacios muertos y su cuerpo
empezó a gritar, no ser capaz en correr, en caminar firme. El recuerdo, el
vuelo y el poder añorado que la juventud provee. Hoy escucha la respiración interna de un alma
que desea reencontrarse con la vida eterna, en su pasado y presente apretando
las manos para que el tiempo no se lleve los últimos años como los abrazos de
sus gentes que se fueron.
Es
en ese instante cuando comprende lo que la vida se ha encargado en darle,
quitarle, la lucha ganada y perdida. Deja en ser y pasa a ser parte del
silencio del espacio, su horizonte que fue juzgando y despareciendo entre lo
que contenías y fue quedando. Volar sobre esos aires en absoluta libertad
dándose cuenta de lo que existe, lo que conoció, valió la pena, el presente,
estar en paz, alegre sintiendo lo que se le está dando para ser sentido, y
tratar de evitarlo, se estará resistiendo a lo que ya es, dejando en ser. Eso
que lo abraza todo para volver a ser la niña (o) que no estaba en conflictos
con lo que hoy está viviendo.
Esa
resistencia a lo que ya se es, se fue, es en última instancia lo que produce
todo sufrimiento. Y no tiene nada de
malo. Si es lo que ya hay, vivámoslo, respetémoslo. Es nuestro proceso. Para
los jóvenes las veredas son de ida y vuelta, para los adultos su camino no tiene vuelta. A los
ancianos les queda poco tiempo. Es cuando deseamos poder voltear la cara hacia
otro lado deseando escapar al destino.
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