VICTORIA
LARRAÑAGA MANJARREZ
MDH RAMÓN
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
SAN IGNACIO,
SINALOA.- Un día por la mañana me encontré con la sorpresa en casa de mi tía
Victoria que tenía un cachorrito (Perrito), lo comencé acariciar y ella termino
por regalármelo (Lo bautice como el capitán). ¿Cómo fue mi tía Victoria? Una de
sus expresiones “Despabílate muchacho”. La tía Victoria: Una persona hecha en
el esfuerzo de la vida cuya fuerza de voluntad es impensable. De joven se
rumoraba era una mujer muy bella y parte de su hermosura se notaba a pesar de
los años transcurridos.
Su situación
financiera no era muy buena pero jamás le exigió o pidió nada a nadie, su
temperamento tranquilo, discreta, un rostro erguido. Los mejores años habían
pasado pero se conservaba con perfil firme, mirada sincera, ojos hermosos
profundos sobre todo cuando sonreía abiertamente.
Se levantaba
muy temprano haciendo cosas.- En repartir caricias era “Seca” muy poco
afectuosa. Estaba convencida que cuando se enojaba no había indio que quedara
con penacho. Las relaciones con el mundo social siempre fueron casi nulas
(Mujer de su casa, volcada a la familia, habituada a su vida intima). Un porte
distinguido, agradecida con la vida a pesar en que había sufrido más de lo
lógico ante su realidad emocional. Una mujer virtuosa.- De su casa como si la
calle no existiera.
Cuando
sonreía sus ojos se convertían en puntillos de satisfacción. Una tía que no
dejaba en orgullecerme porque era fuerte, decidida, bien formada, pómulos
alzados, manos toscas, pestañas grandes, siempre interesada por el bienestar de
sus hijos, hermanos y su padre.- Acostumbrada a la vida dura la que enfrentaba
con rostro grato. Por más dura que fuera la vida la aceptaba tranquilamente.-
Persona justa, única con sus momentos malos, su mundo, familia y su historia.
Una mujer armoniosa, diestra, callada, fina en sus facciones, ese algo que
algunas personas traen y que las hace bellas a los ojos de los demás. Un mal la
aquejaba en sus últimos años en sus articulaciones, un síntoma de dolencia que
no terminaba en dejarla dormir.
Su casa tenía
sus defectos, estaba mal orientada al sol (Toda la mañana le pegaba de frente y
por la tarde hacia mismo al pasillo principal. A ella le gustaba en cierta
época del año pintar la fachada. El piso de la casa era ladrillo rojo y el
techo de tejas sostenida con carrizos amarrados, al frente una escalinata.
Vivía rodeada de sus hijas, unas vacas, gallinas en el corral trasero. En la
tía Victoria.- No existían pensamientos melancólicos a pesar en que los años la
fueron envejeciendo acompañados de las tristezas por perdida de seres muy
cercanos y queridos para ella. Era frecuente ver las gallinas encima de las
hornillas o picoteando en los pasillos.- Una mujer que a pesar en que los años
pasaban ella pensaba que no valía la pena el verse preocupada.
EL CAPITÁN
(Nombre del perro que me regala la tía).- Hay un lugar en el monte que me
espera: Deseo darme un respiro y acudir a visitarlo. Un terreno en la sierra en
un monte casi perdido, es como un rincón olvidado en el que un día vi morir a
mi perro “El capitán” enfrentándose a un puma. Cuando sueño valoro en que las
ideas se apoderan de un espacio vacío el cual se debe llenar, ordenar las ideas
y quedarnos con lo bueno. Los sueños causan un caos emocional y nos hacen
caminar entre arenas movedizas, incertidumbres sentimentales, entre demonios y
deseos. Nos presenta la vida, las inquietudes que nos aquejan. Son cosas que
cuesta el desprendernos y ciertas personas aseguran encontrarle sentido a sus
sueños.
Mientras
dormía el “Capitán” ladraba para que despertara y le ayudara. En un perro que
me mató cuando niño un puma en la sierra. Mi perro “El capitán” Aullaba, su
gruñido presagiaba lo peor a su físico. Lo escuchaba y luchaba porque de mi
boca saliera el consuelo gutural, pero el perro no se calmaba, seguía aullando,
quejándose.
El monte
estaba silencioso solo se escuchaba su lamento intentando que me presentara en
su ayuda. Yo intentaba salvarlo, sacarlo del lugar pero tenía miedo al puma. El
viento y el frio de la mañana aquella estaban presentes. Por fin me atreví:
Agarre un palo seco y gritándole al puma me pare frente al mismo. Se me quedo
mirando a los ojos como tratando en adivinar hasta donde estaba dispuesto a
llegar, inmediatamente se perdió entre la maleza, deje en divisarlo y me
acerque al perro quien me recibió con gusto “Agradecido”, lamia mis manos.
Lo abrace
para que se sintiera seguro, mejor, supiera que lo peor ya había pasado. Lo
abrace y brotaron lagrimas de mis ojos sabiendo que la bestia aquella estaba a
punto de matarlo, lloraba por recuperarlo al saber que estaba a salvo. Lo seguí
abrazando durante todo el sueño. Bajamos el cerro, el iba herido de sus patas,
yo lo llevaba cargado entre mis brazos, el me besaba, yo, lo abrazaba
acariciándole la cabeza. Lo volví abrazar hasta el amanecer (Almohada). Cuando
desperté, ya no estaba, se había marchado al lugar desde donde vino a visitarme
(Lugar en que lo enterré) después de esa batalla en la murió y, yo, lo mire
morir con valentía.
Desperté y me
sentía mejor, había vuelto mi amigo inseparable y, aunque solo fue un sueño por
esta noche me hizo recordar los días aquellos en los que lo único que contaba
era correr por los montes. Un sueño que logro arrancar una sonrisa olvidada.
Una noche en la cual volví a vivir la escena en que mi amigo entrego su vida
cuando yo era incapaz en luchar cuerpo a cuerpo con la bestia. Hoy, su camino y
el mío se han vuelto a cruzar a través en una noche vivida hace años y aún no
termina en perderse para siempre.
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