ENTRE SUEÑOS Y NOSTALGIAS
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Mirar al pasado es lograr visualizar el lugar en donde te
encuentras parado de aquellos sueños que iniciaste cuando niño. El pasado nos
puede dar todo o quitarnos el futuro. Dar la confianza en las personas de las
cuales te vas rodeando o perder esa confianza y ser receloso, cauteloso por
ello el pasado se convierte en la llave o en el obstáculo para que ese sueño
infantil se concrete. El pasado te muestra la razón de lo que eres y de lo que
estas hecho. Al arribar a la secundaria tenía 12 años, no estaba dañado, en mi
casa familiar la pasaba bien.
Cursando la secundaria me llego la primera parte de la
pubertad y con ella tuve la tentación de que nadie me quisiera porque hasta mis
padres estaban alejados en el pueblo. Experimenté los reclamos de los maestros
tratando en guiarme y que aclara las ideas. En ese momento, en ratos estaba
molesto con el mundo y a la vez no estaba enojado con el mundo, simplemente no
sabía si estaba herido, no sabía si mi mamá y mi papá, mi abuelo y mi abuela
estaban enojados conmigo, no escuchaba a los maestros porque nadie me
escuchaba.
Contaba con amigos a la hora de clases pero al salir quedaba
solo sin tener un lugar a donde ir, me había distanciado de todo lo que me
hacía feliz. Un púberto entre respetuoso en ratos y grosero en otros, con la
máxima en la cabeza de si me respetas te respeto y no busques ayudarme que no
lo necesito. Los maestros trataban en protegerme, sentía su amor en cambio las
llamadas de atención me hacían odiarlos, sentía dolor.
Admito que al principio quería regresar a casa, no me hacía
feliz ese distanciamiento y a la vez no existía ninguna razón para que
abandonara la secundaria. Al fin daba un descanso a la inquietud y me
tranquilizaba con la idea que ese era mi destino. El llegar a la ciudad uno se
topa con edificios, calles llenas de carros, camiones que emiten humo
contaminante, gente gritando a viva voz para vender sus mercancías, otros
megáfonos en boca. Mientras cientos de personas corren por las banquetas, otros
van lentos a su destino por la escasea energía de sus cuerpos consumidos por
los años.
El calor los hace buscar las sombras ante la falta de árboles
aprovechan las marquesinas de los negocios.
Para cualquier dirección que mires veras aglomeraciones
humanas y en ese panorama no falta a la vista un pordiosero tirado en un cartón
que le sirve de casa, cama con una lata vacía extendiendo el brazo en busca le
regale una moneda. Estas son las cosas de las que me di cuenta cuando por
primera vez mi mama me llevo a la ciudad de Culiacán a visitar a la abuela.
Observaba los alrededores de la casa de su hermana Soledad y
veía un edificio de departamentos cuyos moradores llamaban hogar. Un espacio
pequeño con 30 o 40 departamentos en la esquina de juan José Ríos y la calle
Obregón. A la mente me vino la pregunta ¿Cómo podían vivir en ese espacio tanta
gente? Me dije: Es difícil que duerman y cualquier cosa que hagan, el otro se
entera, no hay privacidad. Veía sus ventanas cerradas en lo alto. Todos se
despiertan y quieren bañarse al mismo tiempo para ir al trabajo, a la escuela.
Así inicie a conociendo la vida cotidiana de la gente en la
ciudad, la cual se adapta y aplica su comportamiento ante la pérdida de su
espacio y cuya situación con el tiempo se fue agravando llevándolos a
situaciones negativas. Por las noches en la colonia Rosales (Donde vivía mi
abuela) La gente parecía no dormía, el tiempo se iba rápido, la gente se
encontraba en el súper de la equina de Zapata y Aldama en la colonia a Rosales
y nadie se saludaba o se daba los buenos días. Se quejaban si llovía por los
lodazales que se hacían por la calle Aldama todo el cerro de enfrente o, si
salía el sol y los traía acalorados.
Lo extraño es que cuando íbamos al centro de la ciudad, la
gente caminaba rápido, eran como robots sin expresión alguna, sin emociones
reflejadas mucho menos el saludo. Comencé a sentarme en la plazuela junto a la
catedral para observar sistemáticamente como era su día, su actitud, actividad
tratando desde ese punto de vista agregarle sus problemas aún más serios a la
vida.
Admito que por ser un niño no entendía los comportamientos
mostrados por la gente debido a que venía de un pueblo cuya gente no se cansaba
caminando rápido y gustaba su gente en sentarse en las banquetas a platicar
tomándose una taza de café de olla calentado en las hornillas. Aquí, en la
ciudad la gente llevaba el alma en vilo de un lugar a otro.
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