jueves, 15 de junio de 2023

 

CIUDAD UTOPICA

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

 


Quiero vivir en una ciudad en donde no exista la maldad, el odio. Una ciudad en donde todos seamos felices y nos apoyemos, respetemos. Una ciudad donde pueda salir a la calle y saber que regresare a casa con bien, en donde se pueda vivir libremente sin miedos, adonde prevalezca la armonía con todos los seres humanos, y que nuestros gobernantes se desvivan para hacernos día a día la vida más, fácil, placentera y que no nos falte absolutamente nada. Una ciudad en la cual los gobernantes por los cuales votamos continúen tan simpáticos y saludadores como cuando andaban en campaña y nos invitaron a votar por ellos.

Gobernantes que cuando candidatos pensamos eran los mejores y harían todo lo que prometieron, para no defraudarnos. Una ciudad en donde la convivencia sea lo más importante, en donde los vecinos nos saludemos sin voltearnos la cara por el simple hecho de que “Usted es de un partido político” ¡No, no puede ser! Que un día nos saludemos con una sonrisa y en época de campaña nos volteemos la cara.

Un México con sed de sangre, de muerte de caudillos de palabras que solo aceitan mas los descontentos de una guerra simbólica sostenida día a día en las páginas de la prensa y en las exhortaciones de la plaza pública.

La palabra, esa misma que aparece evocada con total poder sobre la exacerbación de las muchedumbres "La irresponsable voz de los líderes", agitada desde "el micrófono" La violencia real, siempre precedida por la violencia simbólica de una palabra destructora en la que el Otro no logra restituir ninguna imagen distinta a la de la muerte de su pueblo, ese mundillo de barbarie y de rapiña que sobrevive al fragor de las campañas políticas en medio de candentes señalamientos en busca de que el pueblo obedezca la voz de mando de su nuevo amo, aun cuando esa voz sea una orden de sacrificio “Abróchense el cinturón, que los seguiremos abrochando” La voz del líder que grita desea sacrificarse por su pueblo.

Al mismo tiempo la expresión de una ruptura, tan profunda como la continuidad que guarda la destrucción con la lucha centenaria entre los partidos alcanzó a inaugurar renovados escenarios en las arenas del poder.

Sus llamados al pueblo, bien bajo la forma de una invitación a la confrontación contra la oligarquía, bien bajo la imagen de una convocación a las resonantes marchas, lograron construir una ciudadanía en donde el pueblo se pudo ver por primera vez a sí mismo haciendo parte de una fractura diferente a la contenida en la lucha entre tricolores y azules, asomó una identidad más allá de las filiaciones partidistas y sus sempiternos odios: el pueblo, no sólo posee una entidad que lo diferencia y lo enfrenta a la oligarquía, sino que lo vuelve agente de un posible cambio. En verdad, como se dijo antes, los Mexicos se volvieron “Muchos y diferentes colores” y sus partidos políticos han abandonado el llamado al pueblo para privilegiar las consignas. Empero, y pese al cambio en los contenidos de sus discursos, la imagen del pueblo movilizado siguió operando en la escena pública.

Un México en el cual, ya no existirían cárceles, ya no habría gente que se dedique a robar, noticieros aburridos, “Decente”, ¡Sin odios! Vivir en una sociedad así, permitiría se solucionen todos los problemas, desaparecerían los conflictos religiosos, se abrazarían judíos, musulmanes y católicos “Homofóbicos, travestis, lesbianas”. Sin embargo sigo preocupado al ver las noticias en la televisión que los crímenes no disminuyen, los bancos obtienen grandes ganancias, el fondo monetario internacional endeuda más a los países y esclaviza a los ciudadanos, la desocupación creció alarmantemente a nivel mundial, día a día son más los médicos cardiólogos, psiquiatras y psicólogos que se han quedado sin trabajo y ya muchísimas fuentes de empleo cerraron “Calles llenas de locales que mantienen el letrero de se vende o se renta”.

Enciendo la televisión y escucho que los impuestos aumentaron, los problemas sociales están más intensos, aumento el agua, el gas, la luz, predial, pasaje en urbanos, los frijoles, que otras personas murieron sin saber ni siquiera quienes son. Decido apagar la televisión y me pongo a pensar... ¿por qué no se podrá vivir en ese mundo que soñé cuando niño lleno de fantasías y buenos propósitos? Me subo al carro, enciendo la radio y escucho más de lo mismo. Cambio de frecuencia y encuentro locutores los cuales sin ningún signo de decencia desprecian las buenas y sanas costumbres en nombre de la libertad de expresión destrozan el lenguaje y lo vuelven corriente, degradativo, ramplón con temas centrales cargados de inmoralidad y no es que sea mocho, sino da nostalgia el recordar a los locutores con un nivel cultural envidiable con el que anteriormente se manejaba la radio. Ahora cualquier simple, corriente con desbordamiento en pasiones sexuales está transmitiendo a cualquier hora del día. Y dice cada pende

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