CIUDAD
UTOPICA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Quiero vivir en una ciudad en donde no exista la
maldad, el odio. Una ciudad en donde todos seamos felices y nos apoyemos,
respetemos. Una ciudad donde pueda salir a la calle y saber que regresare a
casa con bien, en donde se pueda vivir libremente sin miedos, adonde prevalezca
la armonía con todos los seres humanos, y que nuestros gobernantes se desvivan
para hacernos día a día la vida más, fácil, placentera y que no nos falte
absolutamente nada. Una ciudad en la cual los gobernantes por los cuales
votamos continúen tan simpáticos y saludadores como cuando andaban en campaña y
nos invitaron a votar por ellos.
Gobernantes que cuando candidatos pensamos eran
los mejores y harían todo lo que prometieron, para no defraudarnos. Una ciudad
en donde la convivencia sea lo más importante, en donde los vecinos nos
saludemos sin voltearnos la cara por el simple hecho de que “Usted es de un
partido político” ¡No, no puede ser! Que un día nos saludemos con una sonrisa y
en época de campaña nos volteemos la cara.
Un México con sed de sangre, de muerte de
caudillos de palabras que solo aceitan mas los descontentos de una guerra
simbólica sostenida día a día en las páginas de la prensa y en las
exhortaciones de la plaza pública.
La palabra, esa misma que aparece evocada con
total poder sobre la exacerbación de las muchedumbres "La irresponsable
voz de los líderes", agitada desde "el micrófono" La violencia
real, siempre precedida por la violencia simbólica de una palabra destructora
en la que el Otro no logra restituir ninguna imagen distinta a la de la muerte
de su pueblo, ese mundillo de barbarie y de rapiña que sobrevive al fragor de
las campañas políticas en medio de candentes señalamientos en busca de que el
pueblo obedezca la voz de mando de su nuevo amo, aun cuando esa voz sea una
orden de sacrificio “Abróchense el cinturón, que los seguiremos abrochando” La voz
del líder que grita desea sacrificarse por su pueblo.
Al mismo tiempo la expresión de una ruptura, tan
profunda como la continuidad que guarda la destrucción con la lucha centenaria
entre los partidos alcanzó a inaugurar renovados escenarios en las arenas del
poder.
Sus llamados al pueblo, bien bajo la forma de
una invitación a la confrontación contra la oligarquía, bien bajo la imagen de
una convocación a las resonantes marchas, lograron construir una ciudadanía en
donde el pueblo se pudo ver por primera vez a sí mismo haciendo parte de una
fractura diferente a la contenida en la lucha entre tricolores y azules, asomó
una identidad más allá de las filiaciones partidistas y sus sempiternos odios:
el pueblo, no sólo posee una entidad que lo diferencia y lo enfrenta a la
oligarquía, sino que lo vuelve agente de un posible cambio. En verdad, como se
dijo antes, los Mexicos se volvieron “Muchos y diferentes colores” y sus
partidos políticos han abandonado el llamado al pueblo para privilegiar las
consignas. Empero, y pese al cambio en los contenidos de sus discursos, la
imagen del pueblo movilizado siguió operando en la escena pública.
Un México en el cual, ya no existirían cárceles,
ya no habría gente que se dedique a robar, noticieros aburridos, “Decente”, ¡Sin
odios! Vivir en una sociedad así, permitiría se solucionen todos los problemas,
desaparecerían los conflictos religiosos, se abrazarían judíos, musulmanes y
católicos “Homofóbicos, travestis, lesbianas”. Sin embargo sigo preocupado al
ver las noticias en la televisión que los crímenes no disminuyen, los bancos
obtienen grandes ganancias, el fondo monetario internacional endeuda más a los
países y esclaviza a los ciudadanos, la desocupación creció alarmantemente a
nivel mundial, día a día son más los médicos cardiólogos, psiquiatras y
psicólogos que se han quedado sin trabajo y ya muchísimas fuentes de empleo
cerraron “Calles llenas de locales que mantienen el letrero de se vende o se
renta”.
Enciendo la televisión y escucho que los
impuestos aumentaron, los problemas sociales están más intensos, aumento el
agua, el gas, la luz, predial, pasaje en urbanos, los frijoles, que otras
personas murieron sin saber ni siquiera quienes son. Decido apagar la
televisión y me pongo a pensar... ¿por qué no se podrá vivir en ese mundo que
soñé cuando niño lleno de fantasías y buenos propósitos? Me subo al carro,
enciendo la radio y escucho más de lo mismo. Cambio de frecuencia y encuentro
locutores los cuales sin ningún signo de decencia desprecian las buenas y sanas
costumbres en nombre de la libertad de expresión destrozan el lenguaje y lo
vuelven corriente, degradativo, ramplón con temas centrales cargados de
inmoralidad y no es que sea mocho, sino da nostalgia el recordar a los
locutores con un nivel cultural envidiable con el que anteriormente se manejaba
la radio. Ahora cualquier simple, corriente con desbordamiento en pasiones
sexuales está transmitiendo a cualquier hora del día. Y dice cada pende
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