VICTIMAS Y
VICTIMARIOS
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Las personas que se comportan como víctimas habituales
adoptan un papel o un rol que es todo un montaje de actuación para mostrarse
desvalidas, atropelladas por otros, abandonadas a su cruel destino. A cambio
esperan recibir atenciones, compasión y solidaridad en los juicios que han
establecido contra aquellos a quienes acusan. Ellas deben ganar en este juego y
otros deben perder y ser culpados. Estas víctimas psicológicas tuercen la
realidad hacia un extremo de la vida donde tienden a apropiarse de las
situaciones experimentadas parcialmente en sus relaciones o adaptadas a su
propósito de indefensión aumentándolas exageradamente o interpretándolas como
dirigidas contra ellas por otros.
Es común en la convivencia humana que cometamos
equivocaciones o que afectemos negativamente a otros en nuestras interrelaciones
ya sea por nuestra ignorancia, nuestras limitaciones y quizá por nuestro
egoísmo inconsciente o nuestra irre-flexividad frente a las necesidades del
momento o a las expectativas de quienes están cerca de nosotros. Todos
cometemos errores, algunos imperceptibles y otros enormes; a veces aprendemos
de estos, lo que nos fortalece y nos permite enriquecer la existencia.
He descubierto como una constante con mis amigos
que la mayoría de los comportamientos o acciones que ellos perciben como
dirigidos a causarles daño no tenían ese propósito de parte de quien acusan
como victimario o como culpable. He logrado dialogar con las partes
involucradas y he encontrado que sus actos correspondieron a manifestaciones
inevitables establecidas por las condiciones de sus personalidades y por las
condiciones del momento.
La vida pocas veces se acomoda estrictamente a
nuestros deseos, ideales, esperanzas o exigencias, por lo que atribuir a otros
culpas de lo que nos pasa o repetir que provienen de un azar desventurado
parece un poco arbitrario y selectivo. Probablemente las personas que las
víctimas identifican y rotulan como victimarios tienen también extraordinarias
cualidades y logros, no solo respecto a ellas sino también como atributos
constantes en su historia personal y sea la causa primaria de la agresión o
descalificación.
Las víctimas prefieren enfocarse en sus rasgos
negativos, en sus defectos, o en sus flaquezas para conformar ante sus
allegados una imagen propia de martirizadas y ultrajadas mientras los supuestos
victimarios asumen la de insensibles e injustos. Lo incómodo de este drama es
que va adquiriendo dimensiones desproporcionadas. Las personas que lo ejecutan
escogen el lado oscuro de su emotividad, de su personalidad y también de la de
otros, y se refugian en un sentimentalismo vano y acusador, parecen decir a
quienes las desaíran “ya que no haces lo que exijo de ti o no piensan al igual
que yo, me vengaré haciéndote quedar mal con todo el que quiera oírme”
Ese supuesto sentimentalismo que expresan no es
más que sensiblería o sentimentalismo retorcido, una distorsión de los eventos
atravesados para utilizarlos a su amañamiento y sin contemplar los perjuicios
que causan, algo tan incontenible como que alguien tire una colilla de
cigarrillo prendida en un depósito de gasolina, y que para colmo se quede allí
esperando a ver qué pasará.
Todos podemos ocasionalmente sentirnos víctimas
de algo o alguien, como un hecho aislado, no acumulativo, lo que siempre es una
interpretación. Lo normal es que superemos esa dolorosa percepción y que
sigamos viendo la bondad de la existencia y que si uno habla mal, habrá otros
que hagan lo contrario. Las personas que se enrolan como víctimas suelen ser
rápidas y poco prudentes en sus juicios contra otros a quienes rechazan “Tiran
a destrozar honras”. Por lo común, no corrigen sus desaciertos ni reparan las
injusticias que cometen, atascando de odio sus sentimientos.
Algunas personas pueden representar un “montón
de imperfecciones y fallas” así suelen describirlas quienes se proclaman como
sus víctimas, y la relación con ellas puede ser altamente confusa y violenta
para quienes las estigmatizan o definen así, lo que hace imposible que las
partes involucradas interactúen en armonía por el acoso constante al que son
sometidas. Si efectivamente predomina la expresión negativa, destructiva,
opresora ejercida por uno de los implicados y no por el otro “ Seres
antisociales” los cuales se refugian en sus lamentos y en las intrigas que
buscan la compasión y la complicidad encubridora de quienes les rodean. Si no
logran estos cambios, la relación se tornará cada vez más tormentosa y deberá
ser disuelta.
Las víctimas habitualmente rompen las relaciones
sin establecer las modificaciones necesarias y sin comprender que sus propias acciones
fueron inadecuadas y que contribuyeron a crear las crisis que han percibido
como exclusivas de los demás: ellas hacen un juicio oportunista que las releva
de responsabilidad y las hace aparecer como inocentes a los ojos de quienes han
atendido ingenuamente sus quejas como algo real. Si inician nuevas relaciones,
sus rasgos seguirán presentes y volverán a armar la misma trama; se
involucrarán en un drama igualmente desolador, y muy fructífero para producir
confusión, malestar, es algo así como que se convierten en un imán que atrae
tanto dificultades como personalidades inmaduras con las que fácilmente recrean
sus tragedias.
Es fácil identificar a las víctimas “no son
felices” “Algo las delata siempre cuando hablan” Son adictas a las quejas. Son
disociadoras y llevan su malestar a los ambientes en que se desenvuelven “Iodex
porque desbarata bolitas”. Escogen a un personaje y se ensañan contra él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario