miércoles, 15 de abril de 2026

 

CULIACÁN, Y SUS ACCIDENTES

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Las personas mayores deben estar preparadas para afrontar el fin con serenidad, considerando incluso el viaje final como una escena hermosa; quienes no son mayores deben apreciar aún más su vida. Esta es una lección que aprendí de la vida, de las personas que en cierto momento convivieron conmigo dejando en mi alma un conocimiento que lo transformé en experiencia, y de los libros. Que todos amen la vida, la traten con bondad y alcancen su máximo potencial. Soy de ese tipo de personas que se niegan aceptar la vejez.

No solo planee escribir libros para mantener la mente clara, sino para compartir mis ideas, y experiencia de vida. Pero me llego el momento en que la mente me hizo saber que estaba envejeciendo, y muy a mi pesar, no tuve más remedio que admitirlo. Dedique parte de mi tiempo a investigar sobre la longevidad, en google busque elixires para mi inmortalidad o al menos vivir un poco más de cien años ¿podría realmente prologar mi vida? Compre ungüentos, tome pastillas, busque remedios caseros, sin embargo, todo resulto ser estafas, y me di cuenta porque fui fracasando una y otra vez, perdiendo tanto mi dinero, mi tiempo y parte de mi vida. Reconozco que el tiempo trascurre sin piedad.

Las personas nos vamos quedando primero sordas, enseguida ciegas, a muchas les cae el chahuistle con el Alzheimer, quedando paralizada y postrada en cama. Son muy pocos los hijos que se dan a la tarea de cuidar a sus padres viejos y enfermos. Lo interesante fue que leí varios artículos científicos que coinciden en que “Si solo piensas en el bien y no te preocupas, y te mantienes feliz y alegre todo el día, vivirás con mejor ánimo que si vives de mal humor y la gente prefiere alejarse de ti. Por mi parte de todo ello aprendí “Que siempre debo mantenerme con la idea en que vivo una vida feliz, alejada de preocupaciones, y siempre con ánimos de disfrutarla” Así, que no me comparo con nadie “La longevidad está relacionada con el entorno, la dieta y el ejercicio, pero la clave es una buena actitud mental”

Disfrutemos la vida al máximo Con la edad avanzada nos van abandonando los deseos, los placeres, nos fallan las piernas. Durante esta etapa, las limitaciones se apoderan de la persona, y los deseos internos se reducen significativamente. Nos llega esa etapa de prepararnos para la muerte, y con ella comienza el declive de la movilidad, durante la cual la mente aún se mantiene bastante lúcida. Sin embargo, dado que los movimientos se limitan a la estancia en casa, es necesario comenzar a prepararse seriamente para la muerte. Esto incluye redactar un testamento si se cuenta con bienes, ya que el no hacerlo podría resultar controvertido y engorroso tras el fallecimiento y que deberían haberse dispuesto antes, convocar a los contactos necesarios junto al lecho del fallecido, revelar secretos previamente guardados a los familiares y explicar a los amigos asuntos que solo pueden revelarse después de la muerte.

Después de esto viene la etapa inicial de la muerte, la etapa final o el final de la vida. A veces esta etapa es muy corta, dura sólo unos minutos; otras veces dura mucho tiempo, varios años o incluso más de una década. A la fecha mi audición y vista siguen siendo buenas, mi memoria es regular y rara vez me engañan. Mantengo una rutina diaria de actividades al aire libre; caminar es la forma más placentera, despreocupada y segura de hacer ejercicio.

Me encanta caminar, y es aquí en donde empieza esta historia de Culiacán y sus accidentes:  Salí a caminar, la tarde era soleada, el cielo despejado, se podía respirar un aire fresco, y puro, y me sentía con energías renovadas y con ganas de probar algo nuevo. Así que salí y caminé hacia el centro por las avenidas. Cruce semáforos, y me di la vuelta por el rio en donde me pare un tiempo para observar el hermoso paisaje. Mi trayecto programado seria de un máximo de 3 kilómetros caminando a paso tranquilo, sin esfuerzos.  Mientras daba la vuelta en un semáforo, escuche un golpe sordo y repentino que me sacó de mis pensamientos. Al observar con atención, ¡me di cuenta de que algo andaba mal!

Un auto había chocado contra una bicicleta, derribando a la mujer y a un niño pequeño que yacían en un charco de sangre. El accidente estaba justo delante de mí, e instintivamente corrí hacia él. La mujer mayor edad, con la cabeza cubierta de sangre, debió de quedar aturdida por el impacto. No lloró ni armó un alboroto. Se levantó, recogió al niño, que había caído a más de dos metros de distancia, y lo abrazó. Le temblaban las manos, tenía la mirada vacía, lo besaba mientras el niño seguía con sus ojos cerrados.

Me quedé atónito ante la repentina y horrible escena y le grité al conductor que causó el accidente al ver que aceleraba su auto para irse del lugar. Vi como bajaba su ventanilla, y al asomar su cabeza pude observar que era un chico muy joven de edad con unos audífonos en sus orejas. Varios peatones se arremolinaron en el accidente. Uno grito ¡Llamen a una ambulancia! La anciana se veía desconcertada, daba pasos adelante y hacia atrás sin una coordinación observando ¿Dónde había quedado su bolso? Afortunadamente, una persona amable ya había llamado a la cruz roja, y más de diez personas rodeábamos la escena.

En medio del caos, un joven en motocicleta recogió el bolso de la anciana, y se marchó de inmediato robándoselo. Le grité a todo pulmón ¡Alto, ladrón! ¡Alto, ladrón!, pero el tipo salió quemando llanta en su motocicleta. La ambulancia llegó y confirmó que el niño estaba muerto, y se siento un silencio pesado para dar paso a los desgarradores lamentos de la anciana. Fue así como me entere que era su nieto, y que la acompañaba a vender tamales al centro de la ciudad. Caminé de regreso con un humor terrible, sintiéndome completamente miserable. Al llegar al siguiente semáforo, vi a un grupo de personas reunidas en medio de la calle, señalando y hablando entre sí, causando un atasco.

Me acerqué para ver qué pasaba, y me quedé atónito. Una moto con un chico al volante estaba impactada sobre una barandilla de acero. Sobre el manubrio de la moto se apreciaba el bolso de la anciana robado. Según testigos, el joven en la motocicleta corría a gran velocidad y no respeto el cambio de luz en el semáforo, y chocó de frente contra un auto aventándolo sobre el barandal de acero muriendo al instante. Al regresar de caminar, no tenía ganas de hacer absolutamente nada. Me quede sentado, sintiendo los hechos a los que debemos enfrentarnos en la vida.  Fue cuando pensé en este artículo sobre la vejez y la muerte, pensé más en estar mentalmente preparado para afrontar la muerte. Un niño, y un joven ¿Por qué el patrón de muerte parece ir a contracorriente? La muerte es el destino final de los ancianos, un proceso natural, pero también es el final impredecible de vidas jóvenes e inocentes. La pérdida de vidas de infantes nos llena de profundo dolor.

 

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