domingo, 2 de marzo de 2025

 

AGRADECIDO CON MI ABUELA ROSA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Ex Director “Escuela Normal del Pacifico” Ex Director General “Instituto Pedagógico Hispanoamericano”

 Cuando recuerdo mi infancia, lo primero que me viene a la mente es a mi abuela Rosa Millán Saenz. Y sólo entonces veo a mis padres, abuelo, tías y tíos. En una conversación cualquiera, en uno de esos tantos dias que tuve la oportunidad de convivir con ella, le pregunté qué cuantos nietos tenia. – Sonriendo, me dijo “Muchos” Probablemente fui una de esas personas afortunadas por tener la oportunidad de convivir con ella en su hogar, y en esos dias de infancia me cuidaba. Le volví a preguntar ¿Cuántos nietos tienes abuela? De inmediato ni siquiera puedo contarlos de golpe, los comenzó a contar con los dedos, uno a uno de sus hijos y sus nietos. - Sonriendo le pregunte ¿Y, cuantos bisnietos tienes?

 Se rio, y mostrándose los dedos de sus dos manos, me dijo. - Ya no me alcanzan los dedos. A todos sus hijos los crio para que fueran personas maravillosas. Cuando con mis conversaciones la hacia evocar los rostros de sus hijos se podía observar en mi abuela la calidez de su alma. Una sonrisa tranquila, una persona amable, amorosa. Recuerdo su sonrisa y nunca la olvidaré, ella siempre está conmigo, por dentro.  Había una sonrisa en las comisuras de los labios y una chispa especial en los ojos. Esta sonrisa permaneció hasta que fue muy mayor.

 Con los años su cuerpo se fue haciendo pequeño, flaco, arrugada y encorvada, ¡pero no podría haber sido más dulce y querida por sus hijos y nietos! Nunca escuché de nadie que ella ofendiera o insultara a nadie. No podía ofender, todas sus aspiraciones eran sólo agradar, hacer el bien al prójimo. En la vida, por supuesto, puede pasar cualquier cosa, pero ella nunca ofendió a nadie. Era un corazón bondadoso...

 Este sentimiento de bondad absoluta que te calienta desde dentro... Solo recuerdo un caso en el que ella se ofendió. Estaba viendo la televisión en blanco y negro la corrida de toros, y su nieto Roberto bromeando le pregunto ¿Abuela, te gustan los toros? A lo que ella contestó afirmativamente, y enseguida su nieto respondió “Tienes el mismo gusto que las vacas” Años despues supe que la broma no fue pensada por su nieto Roberto, sino por su nieto Gabriel quien en ese momento estaba cursando la Universidad, y el nieto Roberto su secundaria, y ambos vivían con ella.

 Cuando yo era escolar de primaria, todos los años pasaba todo el verano con ella en su casa en la calle rio Choix, de la colonia Rosales de Culiacán. Recuerdo que cuidaba un jardín con rosales, tenía una parra llena de uvas verdes, y un alto árbol de aguacate.  Por la mañana llegaban mis tíos Alejandro y Ángel Torróntegui Millán, a dejarle un bote de leche recién ordeñada en su rancho “El elefante”, por lo que a ellos los veía todos los dias al amanecer que llegaban sonriendo y haciendo bromas con su mamá, enseguida le daban un beso, y se marchaban en una camioneta. Llegaba el momento en que mi abuela Rosa bajaba un bote de “Milo” de su refrigerador, y me preparaba un vaso grande el cual no solo disfrutaba, sino que me gustaba que me quedara marcado como bigote el chocolate en mi boca. La tienda, estaba a una cuadra en la esquina de Aldama y Bvd Emiliano Zapata, y acompañaba a mi abuela a comprar comestibles.

 Ahí, me compraba un refresco “Jarrito de sabor” Mi abuela, siempre estaba haciendo algo, y no la recuerdo sentada o cansada. A medio dia, la comida estaba servida, solo su nieto Gabriel renegaba por una cosa o por otra sobre la comida, pero al final se la comía toda, y creo que hasta dejaba el plato sin necesidad de ser lavado. - Ella nos dejaba comer primero, y al terminar recogía los platos, los lavaba y se sentaba a comer ella. Un día que no estaba ella en casa me trepe en el árbol de aguacate para cortar unas cuantas bolas. Las revolví con queso fresco, limón, y me senté a disfrutar la suculenta cosecha frente a un televisor blanco y negro que ella tenia en su cuarto.

 He olvidado muchas cosas, pero lo que recuerdo hoy, es como si hubiera sucedido recientemente. Hay muchos momentos de este tipo en la vida, pero algunos se han borrado de la memoria, mientras que otros aparecen por sí solos, como si te estuvieran mostrando un vídeo. Y me duele el alma por la pérdida de ella por lo buena que era conmigo, porque sentí un amor tan cálido y real incapaz de ser descrito.   Tambien recuerdo cuando por las tardes de la mano de mi abuela caminábamos hasta la casa de su hija Soledad desde la colonia Rosales a la calle Juan José Ríos, a una cuadra de la Av. Obregón “Ahí pasábamos la tarde” Ella y su hija sacaban dos sillas a la banqueta, para platicar.

 Mi abuela siempre acudía a visitarla, y ambas, madre e hija se sentaban en la puerta para ver pasar y saludar gente. Nos regresábamos al oscurecer, y a veces su yerno “Parra” nos llevaba en su camioneta de regreso a la colonia en donde vivía mi abuela. También recuerdo que mi abuela me llevaba a la iglesia cerca de la casa de mi Tia. - La casa de mi Tia Soledad, me parecía enorme, y a medida que fui creciendo, se me fue haciendo más normal. Había tres habitaciones en la parte de arriba, al bajar la escalera estaba la cocina, y un patio en donde despues mi tía construyo dos habitaciones (Una arriba de la otra) Junto a la mesa de alimentos estaba un gran refrigerador en donde la tía gustaba en almacenar panelas, y queso fresco.

 En más de una ocasión mientras ella estaba durmiendo la siesta le pique un poco al queso y panela. No es que fuera niño mal educado y no respetara casa ajena, pero me envenan con queso fresco o panela y lo consumo gustoso.  Mi diversión favorita era ir al deportivo “Parque revolución” que estaba cerca de la casa de mi tia, y admirar a mis dos primos (güero y Luis) en como jugaban tan bien el básquet bol. Muchas ocasiones cuando ellos andaban en la universidad estudiando, yo tomaba uno de sus balones y me iba solo a practicar ese deporte, imaginando que jugaba tan bien como ellos.

 Mis tías cuando iban al pueblo se reunían en una casa y se ponían a jugar cartas por las tardes/noche, solo a mi madre no le atraía ese juego, a ella le gustaba la lotería cantada y gritada en donde vas llenado la carta con una semilla se maíz o frijol. La última vez que estuve allí y vi a mi abuela con vida fue cuando ella ya estaba por encima de los 85 años. Me parecía impensable, irreal, verla tan viejita, y recordarla como aquella hermosa mujer que me lleno de tantos recuerdos con sus conversaciones en donde me combinaba el pasado con el presente, y no había ningún sentido de la edad ni del tiempo.  “Su mirada continuaba siendo tierna, amable, cariñosa”

 Una abuela llena de humildad, que jamás se quejó, e intento complacer a cuanto nieto la visitaba, por eso estoy agradecido con Dios por darme una abuela así. Siento su calor en mi alma, lo que significa un pedazo de su espíritu, su amor vive en mi alma. Después de todo, el espíritu de bondad es el espíritu de amor, que me recuerda y conecta. Y esto significa que probablemente nos encontraremos, algún día, en algún lugar más allá de la vida...

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