jueves, 20 de marzo de 2025

 

CICERON, Y EL ARTE DE LA ORATORIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a. C.) Provenía de una clase de gentes que no estaban dotados de poder desde su nacimiento. Para entrar en el Senado, Cicerón utilizó su única arma, que en el mundo antiguo a veces superaba la riqueza y las conexiones personales: la oratoria. Estudió en Grecia y en las escuelas retóricas de Asia Menor, estudió a Demóstenes, Platón y veneró a Pericles y Aristóteles, los mejores retóricos de la Antigüedad. En Roma, observó el trabajo de los actores de teatro y comprendió cómo excitar los sentimientos del público.

 A la edad de 35 años, maestro de la elocuencia política y judicial, Cicerón se había convertido en el primer orador de Roma. Su arte le abrió el camino a la política. Ocupó el cargo de cuestor, luego de edil y pretor. Después de esto, Cicerón ascendió a la cima de la jerarquía republicana formal: el pueblo lo eligió cónsul. En esta función actuó el elocuente Cicerón en el año 63 a. C. el principal asunto político de su vida. Cuando se descubrió la conspiración de Catilina (los aristócratas querían tomar el poder por la fuerza de las armas), Cicerón evitó el golpe con palabras: leyó cuatro discursos en el Senado contra el conspirador y convenció a la asamblea no solo de derrocar a Catilina, sino también de ejecutarlo sin el debido proceso.

 Sin embargo, la estrella política de Cicerón se desvaneció rápidamente. No sólo no logró permanecer en el Senado y en Roma en general (por culpa de César), sino que además tuvo que abandonar la arena política durante mucho tiempo. La república que él defendía cayó. Su programa político -la unidad de las clases- fracasó completamente. Cuando la voz de Cicerón volvió a sonar con fuerza, esta vez contra el déspota Marco Antonio (contra quien el orador leyó unos 20 discursos poderosos), lo eliminó de la forma más brutal: envió asesinos. Un anciano republicano y filósofo fue decapitado.

 Según la leyenda, la esposa de Antonio, Fulvia, clavó alfileres en la lengua de la cabeza cortada de Cicerón, y luego la cabeza fue colgada en los Rostra del Foro. Es cierto que los asesinatos políticos no salvaron a Antonio de un final triste: una derrota política y militar y luego el suicidio. Y si él permaneció en la historia sólo como el amante de Cleopatra, un político desagradable y oponente de Octavio, entonces Cicerón ocupó un lugar mucho más grande en ella. El orador es una parte importante del patrimonio de la cultura romana antigua. Sus discursos son los mejores ejemplos del latín del siglo I. Es decir, sus tratados son un reflejo de la filosofía política y jurídica de la antigua Roma.

 Algunas de las obras de Cicerón son una especie de manual de oratoria. Las más importantes de ellas, “De oratore” (“Sobre el orador”) y “Orator” (“Orador”), las escribió en sus años de ocaso y en ellas plasmó todos sus conocimientos. Las principales enseñanzas y razonamientos de Cicerón se pueden resumir en 10 puntos. 1. El orador debe tener una formación filosófica. Para influir con palabras en el alma de una persona es necesario conocerla, y para ello se necesita la filosofía. Cicerón: “Todo el poder y el arte de la elocuencia deben manifestarse para calmar o excitar las almas de los oyentes”.

El orador deberá tener formación científica: La ciencia es necesaria porque sin conocimiento “la fluidez en las palabras carece de sentido y es ridícula”. Un orador debe conocer la historia para “sacar ejemplos de ella”, y también conocer las leyes, pues “la ignorancia de la ley es una desvergüenza”. Si el tema del discurso está relacionado con otras ciencias, el orador debe consultar con los mejores en ese campo y estudiar el tema de tal manera que parezca que lo entiende mejor que los especialistas.

 Memoria: El orador debe perfeccionar el “tesoro de todo conocimiento”. - El orador debe dominar los tres estilos de discurso: La elocuencia antigua conocía tres estilos: simple (sirve sólo para persuadir), medio (también para el deleite del oyente) y alto (con su ayuda el orador emociona y cautiva al público). Tener un Plan: Según Cicerón, “uno no puede limitarse a un solo estilo”. Un verdadero orador actúa con flexibilidad y siempre elabora un plan: sabe “qué decir, dónde decirlo y cómo decirlo”; Sabe elegir un estilo para cada situación, seleccionar palabras bonitas y disponerlas correctamente en el discurso (por ejemplo, poner los argumentos más fuertes al principio y al final para que se recuerden mejor).

 Técnica retórica: Sólo quien puede calcular la reacción del público a las palabras y su orden puede pronunciar un buen discurso. Incluso el silencio es un recurso compositivo. El orador debe involucrar rápidamente al oyente en la introducción del discurso, presentar todo de forma clara y concisa, argumentar su punto de vista y refutar el contrario, y luego terminar todo con una conclusión emocional. – Actuación: No en vano Cicerón admiraba a Roscio y a otros actores. La verdadera elocuencia también requiere acción, ya que los sentimientos convencen a la gente incluso mejor que los argumentos racionales. Cicerón era muy bueno evocando compasión e ira, pasión y deleite, disgusto y miedo... Era consciente de los gestos, del sonido y el tono de su voz, de la expresión de su rostro.

 Ritmo: El habla es una obra de arte. La innovación de Cicerón fue que introdujo el arte poético en el lenguaje. “Lo agradable de los ritmos”, creía, era tan importante como lo agradable de las palabras. Por ejemplo, puedes repetir una palabra o una construcción sintáctica en una determinada parte del discurso, o mantener un cierto ritmo, o enumerar objetos de forma abrupta, sin conjunciones. De la misma manera, puedes dar ritmo a las “figuras de pensamiento”: pistas, transiciones, ilustraciones, contrastes.

 Risa: Una regla obvia. Un chiste hace que un discurso sea más interesante y convincente. Cicerón sabía cómo hacer reír a la gente hasta llorar. Pero también advirtió que el orador debería usar el humor con moderación y “evitar el humor bufonesco en todas las formas posibles” – Regalo: Sin talento natural no se puede ser orador. Cicerón creía que a aquellos que eran incapaces de elocuencia se les debía decir eso directamente. No hay que interferir en el resto, pero hay que apoyar con todas nuestras fuerzas los talentos especiales.

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